Las calamidades culturales

25/Abr/2012

El País, Uruguay, Editorial

Las calamidades culturales

25-4-2012
EDITORIAL
El jueves pasado Siria firmó un acuerdo con Naciones Unidas para que se estacionen en su territorio los Cascos Azules, ese cuerpo de paz que en este caso intentará controlar el conflicto interno que mantienen los rebeldes con el gobierno sirio. Mientras se gestiona ese desembarco, la lucha prosigue en varias ciudades -incluida la capital, Damasco- con cifras de muertos que crecen desde hace siete meses, integradas casi siempre por civiles. Pero el costo de la guerra siria no debe medirse solamente en vidas humanas, porque los combates y bombardeos también amenazan algunas zonas arqueológicas, que son tesoros de la humanidad y pueden correr el riesgo de ser destruidas por el fragor de los choques armados, sumando así un desastre artístico a la calamidad que ya está en curso.
Porque en Siria se levantan las maravillosas ruinas de la ciudad de Palmira que tienen 2.500 años de antigüedad, así como los monumentales restos grecorromanos de Apamea. Ambos yacimientos se encuentran en zonas donde las autoridades sirias han perdido el control de la situación, y por lo tanto enfrentan el peligro de convertirse en escenario de enfrentamientos cuyas consecuencias son imprevisibles. La alarma internacional no deja de formular llamados a la cordura y a la responsabilidad de los bandos implicados, invocando el valor inestimable de esos lugares históricos, pero los pueblos que se embarcan en una escalada bélica suelen olvidar los irreparables destrozos que dejan a su paso, al margen de la masacre y las penurias derivadas de esa violencia.
No es la primera vez en la historia contemporánea que una guerra amenaza o hace pedazos las reliquias patrimoniales que habían enriquecido a un país durante siglos, y que pueden borrarse del mapa bajo la devastación provocada por una batalla o una invasión. Ocurrió en el conflicto mundial de 1914, cuando un bombardeo destruyó el mercado de paños de la ciudad belga de Ypres, que había sido el edificio civil más grande construido en la Edad Media europea. Pero las destrucciones se multiplicaron a partir de 1939, cuando en la Segunda Guerra Mundial se tiraron bombas incendiarias sobre el puerto medieval de Hamburgo (que era el único testimonio en pie de la Liga Hanseática), que arrasaron el antiguo centro urbano de madera y adobe de Nuremberg, pulverizó la catedral gótica de Coventry y acabó con todas las joyas barrocas del casco histórico de Dresde.
Pero eso no le bastó al hombre, que es un animal dotado de razón y sin embargo a veces incurre en brutales contradicciones. Por un lado se afana en la conservación y mantenimiento de los tesoros del pasado, y por otro lado participa activamente en su destrucción o tolera que se cometa esa barbaridad. En 1936 la Guerra Civil española demolió el Alcázar de Toledo; en 1944 el fuego de los cañones aplastó el monasterio de Montecasino; en 2001 el fanatismo de la secta talibán dinamitó los budas gigantes del desfiladero afgano de Bamiyán; en 2003 las tropas norteamericanas que ocuparon Bagdad permitieron el saqueo del Museo Arqueológico de esa ciudad, además de la Biblioteca Nacional, con lo cual se perdieron miles de piezas de la vieja civilización mesopotámica y muchos cientos de manuscritos inestimables, que pasaron mayormente a venderse en el mercado negro. Los daños de las guerras van más allá de las listas de víctimas mortales.
Aunque parezca un gesto insuficiente, no queda más remedio que perseverar en el esfuerzo por salvar las reliquias que siguen en pie, sensibilizando a la gente sobre el valor que asumen los legados del pasado remoto, que son un bien de todos aunque algunos se empeñen en destrozarlos. La emergencia actual en Siria reclama que la conciencia cultural del mundo sepa defender a Palmira y Apamea, pero también a la asombrosa ciudad de Tombuctú, enclavada en pleno desierto de Sahara, al norte de Mali, porque esas moles de arcilla levantadas hace 800 años están igualmente en peligro ante los enfrentamientos armados que sacuden a ese país, con los combates entre fuerzas del gobierno y sublevados del extremismo islamista. Todos esos riesgos siguen latentes en el mundo de hoy.
No es la primera vez en la historia contemporánea que una guerra amenaza o hace pedazos las reliquias patrimoniales que habían enriquecido a un país durante siglos.