La yihad no termina con una paz entre israelíes y palestinos

19/Mar/2015

Infobae, Federico Gaon

La yihad no termina con una paz entre israelíes y palestinos

Existe una opinión muy difundida alrededor del
globo que consiste en señalar que si el conflicto israelí-palestino terminara
mañana, el leitmotiv de la yihad, la guerra santa contra “los pérfidos judíos”,
siempre presente en el islam radical, perdería su tono para eventualmente
convertirse en un susurro. Esta creencia supone que si los israelíes y
palestinos firman la paz, tanto árabes como musulmanes en general no tardarán
en verse forzados, dadas las circunstancias, a resignarse a convivir con un
Estado judío como vecino. No obstante, si bien esta hipótesis se justifica con
algunos argumentos, vistas las cosas en perspectiva, la misma resulta poco
realista – y hasta algo ilusoria también.
Recientemente el rey Abdalá II de Jordania
suscribió en público a esta idea. El monarca hachemita se dirigió al parlamento
europeo, y advirtió que el conflicto entre israelíes y palestinos sirve como un
grito de guerra para los yihadistas. Si bien admitió que la lucha contra el
extremismo es una tarea que pesa sobre las naciones musulmanas, al final
aseveró que el problema de raíz yacía en el fracaso de la comunidad
internacional para defender los derechos palestinos. “Este fracaso – dijo –
envía un mensaje peligroso”.
Abdalá no es la primera ni será la última
personalidad en dar cabida a esta noción. No hace falta ser un experto para percatarse
que “judíos descendientes de cerdos y monos” y otros clichés del antisemitismo
clásico son piezas inamovibles de la retórica de quienes apelan a la guerra
santa islámica como vehículo hacia la rectitud y corrección de todos los males.
En defensa de la hipótesis, tiene sentido contar con que una vez erguido un
Estado palestino, viviendo en paz con Israel, los yihadistas e islamistas de
corte belicista pierdan legitimidad a la hora de levantar el espíritu de las
masas. Este feliz escenario se vería potenciado por el hecho de que bajo los
auspicios de Arabia Saudita, la Liga Árabe le ofreció a Israel en 2002 el pleno
reconocimiento diplomático de sus miembros (menos Siria), siempre y cuando este
acordara una solución definitiva al problema palestino. El impacto sería
trascendental. Alcanzada una paz avalada por los países árabes, los yihadistas,
al menos en teoría, verían su legitimidad disminuida, y pasarían a representar
la posición errática de grupos transnacionales, y no así aquella de los Estados
musulmanes propiamente establecidos.
Sin embargo, esta línea de análisis presenta
un problema elemental. Pone todo el peso por el fracaso de las negociaciones
sobre Israel, perdiendo de vista que la primicia del conflicto no es
enteramente territorial, pues también es religiosa; especialmente desde el
punto de vista del yihadista convencional. Gracias a la irrupción en escena del
Estado Islámico (ISIS), esta realidad nunca estuvo tan manifiesta como ahora.
Si hay algo que los yihadistas en Mesopotamia demuestran es que Israel,
independientemente de cuanta saliva sea gastada para despotricar en su contra,
no es la única fuente que incita al terrorismo islámico. Lejos de eso, la
guerra del ISIS y sus grupos afiliados se libra contra la cultura misma, contra
el legado de la Antigüedad, contra los ritos y costumbres locales, contra
quienes no tienen la suficiente virtud religiosa, y contra quienes abrazan las
formas modernas y reniegan del dogma.
Comparando el islamismo en sus ramas más
extremas con los totalitarismos del siglo pasado, varios autores emplearon, no
sin controversia, neologismos como “islamofacismo” o “islamoleninismo” para
ponderar las similitudes entre todas estas fórmulas. La comparación se basa en
la identificación de una mentalidad semejante, que se opone a lo “mecánico y
artificial” de la sociedad industrial, clasista y liberal, para elevar el ideal
de un sociedad “orgánica”, romántica, unida por el pasado, y apegada a una
causa nacional – o en este caso religiosa. Identificando dicho patrón común,
IanBuruma y AvishaiMargalit hablan de “occidentalismo”, lo que en esencia es el
sentimiento antioccidental. Así como lo marcan los autores, el occidentalismo
religioso tiene un agravante en relación a otros proyectos totalitarios, y es
que “tiende a proyectarse, mucho más que cualquiera de sus variantes seculares,
en términos maniqueos, como una guerra santa que se libra contra la idea de un
mal absoluto”.
Lo importante a destacar aquí es que para el
antioccidental los problemas suelen comenzar con los judíos, pero nunca
terminan con ellos. Al caso, el nazismo veía a los judíos tanto como
representantes del capitalismo como del comunismo, pero además de plantear su
destrucción física, la locura hitleriana emprendía una campaña que englobaba la
destrucción inexorable de tales sistemas. En tanto estos existieran, siempre
habría judíos envueltos en tinieblas confabulando contra el Reich. Dejando de
lado las distancias, con el extremismo islámico sucede algo muy similar.
Todo quien haya visitado Israel se percatará
que el país constituye un apéndice de Occidente en Medio Oriente. Con una
economía de mercado pujante, un sistema democrático y liberal, el contraste con
sus vecinos árabes es tajante. Siendo estas sus características, para un
yihadista Israel no solo es una calamidad de la peor índole por ser una entidad
soberana judía, sino que además el país representa todos los valores que este
se ha cometido a destruir. Para el islamista, Israel, además de ser un Estado
que ha usurpado tierra islámica, es de lo más abyecto porque corrompe a los
musulmanes con los supuestos valores frívolos y artificiales de la sociedad
moderna, apegados con Occidente.
Dar por entendido que el fenómeno del
yihadismo dejará de existir luego de que israelíes y palestinos convengan una
solución pacífica a sus disputas suena razonable, siempre y cuando se crea que
la matriz del conflicto es territorial. Existen por supuesto controversias de
esta índole, y que de acuerdo a lo pautado históricamente con mediación
estadounidense, esperan ser resueltas mediante intercambios de tierras, a modo
de acomodar a las partes involucradas. Pero eso no es todo, porque el conflicto
esconde una importante faceta religiosa, ciertamente más intangible y difícil
de apreciar que la cuestión territorial, mas no por eso menos importante. En
este sentido, la tan ansiada paz para unos se convierte en la tan odiada
traición para otros.
El yihadismo no finalizará con una paz entre
israelíes y palestinos. Quienes por el lado palestino hayan cedido al compromiso
se convertirán inmediatamente en blancos antes que los propios israelíes.
Análogamente, Estados Unidos y Europa no estarán más seguros frente al
terrorismo islámico, porque al final de cuentas la campaña de los yihadistas va
conducida contra Occidente en su conjunto, sin importar lo que este haga o deje
de hacer. Siempre hay que tener presente que en sus fantasías utópicas, el ISIS
busca impartir un califato a escala global, y no se contentará con retener
soberanía en Medio Oriente.
Los yihadistas no serán apaciguados una vez
solucionado el conflicto israelí-palestino. A estas alturas ha quedo en claro
que las primeras víctimas del extremismo religioso son los propios musulmanes,
y luego, sin falta, los occidentales.
Así como lo dijo el rey jordano, la lucha
contra el extremismo debe pesar sobre las naciones musulmanas. Sin embargo,
poner a Israel como condicionante o catalizador de la insurgencia islámica,
además de no ser preciso, resulta malicioso en aras de comprender la verdad. Es
desconocer el odio a todo Occidente, a sus valores y libertades, inherente en
la mentalidad fundamentalista islámica.