La suerte de los fanáticos

10/Sep/2014

PorIsrael, Mario Satz

La suerte de los fanáticos

La palabra fanático
procede del latín fanum, templo, santuario, de donde el fanaticus era algo así
como el guardián del templo, el fiel de su dios. Pero, y por esos azares del
destino y las superposiciones lingüísticas, existe una palabra árabe de raíz
semejante: fanaa, extinción, eliminación del ego y entrega total a Dios,
vocablo que viene a sumarse al de raíz indoeuropea para que tengamos una idea
aproximada de lo que es un fanático: alguien que, como un zombie, es un muerto
en vida, un irresponsable total de sus actos arrojado a la nada metafísica de
su creencia con una fe ciega e indiferente al pensamiento del prójimo. Un
fanático está dispuesto a todo, ni qué decir al suicidio y a la muerte de
quienes le sirven como escudos humanos. Por ejemplo, Ismail Haniyeh, recién
salido de las catacumbas de su pánico y lustroso como una barracuda, un tipo
tan fanático y ciego que festeja su triunfo de cobarde en medio de las ruinas
de su pueblo, obligando a todos al aplauso general. Pero no es un fanático
cualquiera, como los talibanes y los soldados a sueldo del IS, es un fanático
millonario, que piensa antes en sus bolsillos que en el hambre de los suyos.

Ahora bien,
reconozcámoslo: los fanáticos son gentes de suerte. Enfrentados a los tibios de
conciencia dubitativa, frente a las buenas personas de toda la vida que creen
en la justicia, el diálogo y la equidad, los fanáticos tienen ventaja. No creen
en nada de eso. Su neurosis obsesiva los galvaniza contra cualquier exterioridad
a su cráneo de corcho y cemento de túnel. Carecen de compasión y de empatía,
prisioneros como están de la idea fija. Frente al fanático todo muro es poroso
y todo acuerdo puede violarse en cualquier momento porque así lo determina, en
este caso, su Alláh. Ni que decir tiene que también hay fanáticos del lado
judío, y el cielo nos libre de que superen en poder a los demócratas laicos u
observantes no tan fieros, pues en ese caso estaríamos ante una versión mosaica
de Irán, en donde sabemos muy bien lo que pasa: todo el mundo a callar y a
obedecer, las mujeres sobre todo. Policía para el cuerpo y para el alma,
grisura mental, mediocridad entronizada, ni críticas ni risas.

Los fanáticos llevan
siempre las de ganar cuando se trata de la guerra, pero sólo por un tiempo,
hasta que sus víctimas comienzan a despertar del falso sueño de la bondad
humana y emprenden la defensa. Lo estamos viendo suceder ante nuestros propios
ojos, bajo las órdenes de un bueno dudoso, hamletiano: Obama, el Sr. Barack,
quien confesó lo que jamás debe decir un líder, que no tenía estrategia. Ocurre
que a los fanáticos se los debe combatir con sus mismas armas, entre ellas una
determinación inflexible y el sentimiento inequívoco de que la razón está de
nuestro lado. Digo nuestro porque no estamos en Irak o en Siria, países ya
descuartizados por los fanáticos, sino en la aún lozana y festiva Europa, cuyos
esfuerzos por vivir una pluralidad sin complejos no sólo son loables sino
imprescindibles dada la variedad y complejidad del mundo. Fueron fanáticos los
musulmanes que destruyeron la Biblioteca de Alejandría y fanáticos los que
volaron con dinamita los budas gigantes de Bamiyán, fueron fanáticos los
almohades que entraron a España en el siglo XII y son fanáticos los líderes de
Hamás como el mencionado barracuda, Ismail Haniyeh y su séquito de pirañas.
Ismail Haniyeh, el de los días contados.

Para Israel, una de las
más recientes lecciones de la guerra en Gaza es que hay que cortar la cabeza de
la serpiente mientras le hacemos creer que nos dedicamos a su cola. Sólo si se
va directamente al veneno y se lo suprime lo mortal se vuelve inofensivo.