Elie Wiesel (premio Nobel 1986)
No lejos de nosotros, de un foso subían llamas, llamas gigantescas.
Estaban quemando algo. Un camión se acercó al foso y descargó su carga: eran niños. ¡Eran bebés! Si, los vi, con mis propios ojos los vi… Niños entre las llamas (¿Es asombroso si desde entonces el sueño huye de mis ojos?)
He ahí a dónde íbamos. Un poco más lejos había un foso más grande para adultos. Me mordí los labios: ¿vivía aún? ¿Estaba despierto? No podía creerlo. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños y que el mundo callara? No, todo eso no podía ser verdad. Una pesadilla… Pronto despertaría sobresaltado, latiéndome el corazón y me encontraría en mi cuarto,entre mis libros…
Un sudor frío cubría mi frente. Pero le dije a mi padre que no creía que quemaran hombres en nuestra época, que la humanidad no lo habría tolerado…
-¿la humanidad? La humanidad no se interesa por nosotros,actualmente todo está permitido. Todo es posible, hasta los hornos crematorios…- contestó con voz ahogada.
– Padre – continué- si es así no quiero esperar más. Iré hasta las alambradas electrificadas. Es mejor que agonizar durante horas entre las llamas.
No me respondió Lloraba. Su cuerpo se sacudía en un solo temblor. A nuestro alrededor, todos lloraban Alguien se puso a recitar el Kadish., la oración de los muertos.
Yizgadal veyiskadash shamé rabá… Que su nombre sea alabado y santificado… – murmuró mi padre.
Por primera vez, sentí crecer en mí la rabia. ¿porqué debía santificar su Nombre? el Eterno, El Señor del Universo, el eterno todopoderoso y terrible callaba, ¿porqué tenía que agradecerle?
Continuamos andando. Poco a poco nos acercábamos a la fosa de la que se desprendía una calor infernal.
Me mordí los labios para que mi padre no escuchara cómo me temblaban las mandíbulas
Andábamos lentamente, como si siguiéramos detrás de un coche fúnebre siguiendo nuestro propio entierro.
Sólo cuatro pasos. Tres pasos.
En el fondo de mi corazón me despedí de mi padre, del universo entero, y a pesar mío, se formaron y brotaron de mis labios, en un murmullo las palabras – Yizgadal veyiskadash shamérabá… que su nombre sea alabado y santificado…. – mi corazón iba a estallar. Eso era. Me encontraba frente al ángel de la muerte…
No. A dos pasos del foso, nos ordenaron doblar hacia la izquierda, y nos hicieron entrar en una barraca.
Jamás olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo que hizo de mi vida una sola larga noche bajo siete vueltas de llave.
Jamás olvidaré esa humareda.
Jamás olvidaré las caritas de esos niños que vi convertirse en volutas bajo un mudo azur.
Jamás olvidaré las llamas que consumieron para siempre mi fe.
Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir.
Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi dios y a mi alma, y a mis sueños que adquirieron el rostro del desierto.
Jamás lo olvidaré, aunque me condenen a vivir tanto como Dios.
Jamás.
La noche. El alba. El día (fragmento)
28/Abr/2014
Elie Wiesel (premio Nobel 1986)