La muerte de un fiscal

23/Feb/2015

El País, Hebert Gatto

La muerte de un fiscal

La marcha realizada en
Buenos Aires en homenaje a Alberto Nisman concitó multitudes. El acto realizado
en silencio, bajo una lluvia pertinaz, solo interrumpido por esporádicos gritos
demandando justicia, recordó la reunión realizada 14 años antes repudiando la
voladura de la AMIA, la principal institución judía de la Argentina, destruida
por bombas terroristas, con la pérdida de decenas de personas.
En lo que fue un atentado
antisemita realizado en el seno de la tercera colectividad de la diáspora en el
mundo, bajo sospecha de participación iraní y ahora, según los anuncios del
desaparecido fiscal, con posteriores maniobras de encubrimiento del actual
gobierno argentino en la persona de su canciller y de su presidenta.
Parece claro que a estas
alturas, no es posible determinar fehacientemente qué ocurrió con Alberto
Nisman. Para quienes, como es nuestro caso, únicamente contamos con información
periodística, todo pudo haber ocurrido. Desde su inducción a la
autoeliminación, el asesinato o el suicidio directo. La improbabilidad de cada
uno de estos escenarios es equivalente, especialmente si las circunstancias del
hallazgo del cuerpo del Fiscal son los que se describen. Por más que es forzoso
que alguna de las tres hipótesis sea cierta, cabe considerar que ocurrieron en
Buenos Aires, Argentina, la capital de un país donde la extravagancia y lo
implausible, son, desde hace muchos años, la norma que se impone. Un lugar
donde, como sabía Borges, la realidad parece tener una dimensión fantástica,
ajena a la esperable.
De todos modos, lo que sí
es constatable es que para el gobierno argentino al Fiscal Nisman lo mataron
sus opositores -así lo declama diariamente su presidenta- mientras para éstos
no hay duda que, directa o indirectamente, lo eliminó el gobierno. Por más que
-dicho sea esto con el debido respeto hacia Nisman- desde el ángulo político la
forma de su desaparición resulta indiferente. En última instancia al Fiscal lo
ejecutaron las instituciones del estado argentino y la ideología de su
gobierno.
Por si esto no alcanzara,
a esta situación social se suman dos factores. La primera es que la sociedad
civil se encuentra severamente lastimada lo que la incapacita para auspiciar
cualquier clase de autonomía que unifique a los argentinos otorgándoles
objetivos y valores compartidos por encima de las disputas partidarias. Un
hecho que hace que su vida cotidiana aparezca desbordada, borrándose la
distancia entre lo público y lo privado, lo íntimo y la política, tal como si
esta última fuera la única protagonista. Con fenómenos tan curiosos como que
comentaristas deportivos y medios de comunicación se convierten en actores
políticos.
La segunda es que su
cultura política hegemónica se encuentra dividida entre “nosotros” y “ellos”,
oficialistas y antioficialistas, haciendo todavía más difícil una estrategia de
integración. En ese panorama, donde todo se reduce a una lucha bipolar
fuertemente personalizada y sin puntos de encuentro, las prácticas dialogales y
la división de poderes resultan inexistentes, dejando a la democracia huérfana
de contenidos sustantivos, sustituida por una confrontación cotidiana de amigos
y enemigos. Algo que permite afirmar que fue el populismo, en su versión
argentina, el verdadero asesino de Alberto Nisman.