La libertad es Israel

16/Jul/2014

Infobae, José Benegas

La libertad es Israel

La soberanía es el imperio que un gobierno ejerce sobre
un territorio. Un gobierno es un monopolio de la fuerza, no un comprador en el
mercado. Quiero decir con esto que la soberanía no es derecho de propiedad. Es
un ámbito en el que un aparato de fuerza recauda recursos de modo compulsivo y
ejerce unos actos más o menos favorables a la existencia de los verdaderos
derechos de propiedad que pertenecen a los individuos o a las asociaciones
voluntarias de individuos.
La confusión entre estos dos conceptos (soberanía y
propiedad) lleva a cosas como el mito de los “pueblos originarios fueron
robados”. Fueron conquistados, no robados. Hubo una agresión, pero los
gobiernos originarios no eran más dueños que los no originarios del territorio,
simplemente se sucedieron en el ejercicio del poder, en la violación de los
derechos de sus “súbditos”, sin un acuerdo. Como esa soberanía preexistente era
de naturaleza colectivista, los derechos de propiedad de originarios o no
originarios empezaron después de aquella conquista en algún momento y toda la
teoría de la restitución no es más que un galimatías ingenioso para obtener
privilegios abusando del estado “europeísta” y con sustento en criterios
raciales, por definición colectivistas.
Pero esas teorías no son el tema de esta reflexión. Todo
en materia de fronteras es una arbitrariedad que responde a una situación
política no exenta de grandes injusticias y hasta mala fe. No hay un derecho internacional
desarrollado como el derecho civil, porque las unidades del derecho
internacional no son individuos pacíficos comerciando, sino órganos políticos
dominantes, recaudadores y mistificadores. A lo único a lo que se puede aspirar
con el derecho internacional es al mantenimiento de la paz.
Para alguien interesado en los derechos individuales, que
no tienen nada que ver con los “derechos de los gobiernos a gobernar”, que un
Estado tenga un pedazo de territorio y otro se lo saque, por si mismo no significa
nada relevante. Lo único importante es cómo está la población que está en ese
territorio antes y después del hecho. Pero hay que agregar el costo del cambio.
Los aliados no eran dueños de Alemania cuando entraron a liberar a Europa (en
parte), aplastaron una soberanía, pero defendieron derechos en la parte
occidental.
Noto que cuando se habla de la situación de Israel con
sus vecinos se olvida esta cuestión. Israel es el país civilizado en esa
región, el país que respeta a su población autóctona o inmigrante. Siempre es
mejor para el derecho, si es lo que nos interesa, estar adentro que afuera de
Israel en esa zona. Del mismo modo que se tienen más derechos en los Estados
“europeístas” de América que bajo el imperio Inca, se sea originario o importado.
¿Perfección? Hablamos de un gobierno, de un Estado. No, no hay perfección.
Cuando alguien la encuentre me avisa, quisiera conocerla. Hablo de
alternativas.
A los efectos de que la gente en concreto sea libre, los
derechos de los gobiernos no interesan en absoluto, sino solo cómo son esos
gobiernos. Lo que postulo en base a esto es un relativismo total en materia de
soberanía. No pasa por ahí el problema de la libertad. En particular, esa
región es en materia de “títulos” imposible de arreglar; lo único que se puede
lograr es consolidar las situaciones de hecho y tornarlas estables mediante
acuerdos. La paz es importante, de manera que hay lugar a discusiones sobre
“títulos” para evitar problemas innecesarios. Pero la paz puede ser dejada de
lado por la libertad.
Ahora bien, quienes estén esperando que Israel represente
la perfecta libertad y conducta intachable, cuando encima está rodeada de
enemigos, caen en un infantilismo imperdonable. Lo único que se consigue
adoptando esa actitud es que el defensor disponible de la libertad disponible
esté en una permanente desventaja respecto del enemigo declarado y total de la
libertad. El infierno en la Tierra es la única consecuencia que yo conozco de
la búsqueda del paraíso en la tierra.
No entiendo por ejemplo por qué alguna gente puede darse
cuenta de que no es importante de quién son las Malvinas, sino en función de
los derechos de sus habitantes, pero lo trasladan a otro lugar del planeta y no
siguen el mismo razonamiento. Porque si hablamos de títulos, los de Inglaterra
no existen. No importan, pero no existen.
La otra cuestión indispensable de aclarar es el alcance
del derecho de defensa. Si Israel tuviera un objetivo, como conquistar un puerto,
y para eso disparara, eso estaría mal. Hay gente que agregaría “a inocentes”.
Pero en un acto de esa naturaleza inocentes son todos, también los soldados del
país atacado, porque no son agresores. Otros agregarían “a civiles”, pero el
problema es el mismo. No se pueden atacar ni culpables ni inocentes, ni
civiles, ni militares, si ellos no nos agreden.
“Inocente” en materia de guerra es un término demasiado
impreciso. Por eso hablo de “no agresores”. Responderle a unos agresores está
bien. Atacar a unos no agresores es una agresión, está mal. Mucha gente es todo
lo que quiere saber. Listo, la vida parece fácil, ser bueno es simple. Le
preguntamos al iPad si murió algún no agresor y entonces condenamos a quién le
hubiera disparado. Pero no es tan sencilla la cosa y esta es la parte en la que
los que no soportan no vivir en las nubes me acusarán de justificar la agresión
ignorando los argumentos que voy a dar para determinadas circunstancias. Para
los puros lo gris no tiene solución, ignoran los dilemas.
En la vida no nos encontramos sólo con lo que está bien y
lo que está mal, es aplicable acá lo que decía del infantilismo acerca de
pedirle perfección a un gobierno en lugar de compararlo con sus alternativas.
La vida es el principio de todo conocimiento, de toda
ética, de toda filosofía ¿La vida en un sentido colectivista? No la vida
nuestra. Somos individuos que queremos vivir, el máximo valor es la propia vida
y los únicos que podemos determinar en qué circunstancias vale la pena entregar
la vida por otro somos nosotros. De otro modo, nuestra vida estaría supeditada
al bien de otro o de otros y lo que sigue es el colectivismo. No tiene ninguna
importancia si el otro o los otros son culpables o inocentes o de qué cosa sean
culpables o inocentes si esta es la alternativa.
Ya lo expliqué antes pero quiero reforzarlo. Nadie está
obligado a preservar la vida de otro si eso se opone con claridad y no con
vaguedad a la propia supervivencia. Esta afirmación subsiste mientras las
condiciones sean esas, todos los agresores dicen defenderse. Los simplistas
dirían rápido “eso está mal”. Claro, que muera otro que no me está atacando
está mal. Sólo que no está tan mal como que muera yo. El individuo no es
sacrificable ni está obligado a sacrificarse por otros. A todos nos gusta el
heroísmo. Pero el heroísmo no es exigible.
Alguno me ha dicho ¿pero acaso eso no es darle la razón a
los socialistas en cuanto a que las necesidades crean derechos? No, los
socialistas creen que las necesidades se procuran a los garrotazos. Acá hablo
de un claro dilema en una situación de fuerza, no de la vida diaria que, a
diferencia de lo que creen los socialistas, no pone a la vida de uno contra la
otra sino en la clara necesidad de colaborar e intercambiar.
La hipótesis es la siguiente: un misil está dirigido a mí
y la única forma que tengo de pararlo es disparándole, con lo cual tal vez el
artefacto caiga sobre un edificio de departamentos y mate a quienes se llama
“inocentes”, es decir, no agresores. Al disparar para interceptar el misil no
estoy haciendo justicia, apenas pretendo subsistir (la justicia no está
disponible) y nadie tiene derecho a exigirme que proceda de otra manera. Si el
agresor encima provoca el dilema escudándose en civiles, menos responsable soy
aún.
Eso no está bien, me han dicho los que quieren vivir
entre nubes y angelitos. Obvio que no está bien. No está bien matar no
agresores, pero les tengo una sorpresa, no está tampoco bien matar agresores.
No está bien matar. El fin del uso de la fuerza defensiva no es terminar con la
vida de nadie, sino evitar morir. Matar al agresor es un medio a veces
inevitable para conseguirlo, nada más. La vida en la nube impide ver que de lo
que se trata en ambos casos, matando agresores o no agresores, es de un dilema
en el que se debe elegir entre dos males. El condenar al mal menor implica
habilitar al mal mayor, pero los puros ignorarán ese punto y se harán
responsables morales de mi muerte.
Por supuesto, los terceros están en su derecho de
preferir la subsistencia de los otros no agresores a la mía, pero resulta que
tengo otra opinión. A Israel se le pide un grado de altruismo y autosacrificio
que ni siquiera las religiones exigen. ¿Pero qué pasa si Israel dispara a
cualquier lado sólo para asustar a los terroristas? Pues Israel se convierte en
Hamas. Lo que estoy diciendo se aplica a la idea del “daño colateral” en tanto
implique la elección entre la vida propia y la de otros, no estoy diciendo ni
remotamente que unos pueden disparar por ser en sí mismos buenos, que es lo que
sostiene Hamas.
Hamas no responde a ningún principio, usa escudos
humanos, es decir, provoca el dilema en el que Israel se encuentra, pero no se
le reprocha nada ¿Por qué? Porque los defensores del cielo en realidad tienen
temor de ser acusados de estar justificando muertes “inocentes” por los mismos
que elaboran la estrategia de deslegitimación de la defensa mediante la
victimización forzada, que después de terminar con Israel, irán por ellos. El
derecho-humanismo los encierra en un dilema del que sólo saben salir cortando
el hilo por lo más delgado y atacando a quién saben que no los dañará.