La infamia

11/Ago/2014

El País, Carlos Alberto Montaner

La infamia

Hamás, Hamás, judíos a la
cámara de gas”. Esa fue la consigna en varias ciudades de Europa. Todo se ha
visto y oído durante el enfrentamiento entre Hamás e Israel. Desde esvásticas
pintadas en las sinagogas y cementerios judíos, hasta grupos que coreaban esa
infame consigna.
La mayor parte de los
judíos (y los demócratas verdaderamente responsables) están tristemente
asombrados por la intensidad del antiisraelismo mostrado por el grueso de los
medios de comunicación en Occidente, por las reacciones de algunos gobiernos
europeos y latinoamericanos –Brasil entre ellos—, y por los numerosos
incidentes callejeros antisemitas.
El origen del pleito lo
resume magistralmente el escritor Amos Oz con un par de preguntas formuladas a
la cadena Deutsche Welles: “¿Qué haría si su vecino, con un niño sentado en el
regazo, le dispara a la guardería infantil a cargo de usted?” “¿Qué haría si su
vecino cava un túnel desde su guardería infantil hasta la suya con el ánimo de
agredir a quienes usted está obligado a cuidar?”.
¿Por qué el antisemitismo
ha resurgido con tanta virulencia? Por varias razones.
Los seres humanos
formulan sus juicios basados en estereotipos y en categorías. Es nuestra manera
de asomarnos a la compleja realidad. Creemos tener una idea de cómo son los
alemanes, los ingleses, los norteamericanos, los catalanes, los negros, los
blancos, los chinos. Esas visionescon frecuencia están cargadas de
connotaciones negativas.
Lamentablemente, la idea
del judío fue acuñada por sus enemigos cristianos. Un pleito en la sinagoga
–unos pocos judíos se convencieron de que ya había llegado el Mesías y se
llamaba Jesús– se convirtió en una persecución cruel e interminable tan pronto
el cristianismo, esa rama hereje del judaísmo, se convirtió en la religión del
imperio romano por obra del Edicto de Tesalónica (año 380), promulgado por
Teodosio I.
A partir de ese punto, y
por los próximos 1600 años, los judíos fueron caracterizados como demoniacos,
avaros, traidores, desleales y sucios. Los persiguieron, masacraron,
expulsaron, y crearon instituciones represivas, como la Santa Inquisición, que
tenía entre sus objetivos destruirlos o “purificarlos” en las hogueras.
Este acoso permanente
acuñó un estereotipo muy negativo, perpetrando de manera continuada el
“asesinato de la reputación” de todo un pueblo. La gran literatura se encargó
luego de recoger y esparcir esa bazofia: Shakespeare, Lope de Vega, Quevedo,
Voltaire, Dickens, T.S. Eliot, Dostoievski y otros magníficos autores
incurrieron en diversas manifestaciones de antisemitismo que mantuvieron viva
la llama del odio. Fue Napoleón quien comenzó la liberación de los judíos,
derribando las murallas de los guetos a principios del siglo XIX, pero el
cambio no impidió que la tradición del antisemitismo se mantuviera hasta llegar
al paroxismo nazi.
Hoy el viejo
antisemitismo de la Inquisición, de los cosacos, de los nazis, es una de las
señas de identidad de los grupos llamados “progresistas”. Si en nuestros
angustiosos días alguien quiere asumir instantáneamente un rol revolucionario,
la manera más eficiente de lograrlo es mostrar su rechazo a los judíos y su
condena a Israel. Es el equivalente de colgar un poster del Che o ponerse una
camiseta con su efigie.
Afortunadamente, la
terrible etiqueta colgada al pueblo judío es reversible. El hecho de que
Israel, rodeado de enemigos, sea una sociedad tercamente democrática, próspera,
creativa, generadora de ciencia y tecnología, donde viven los únicos árabes
libres de toda aquella torturada zona, incluidas las mujeres árabes, desmiente
el maligno estereotipo. Poco a poco se irá abriendo paso la verdad: Israel es
la más exitosa y digna experiencia política de la segunda mitad del siglo XX.
Pero hay que decirlo en voz alta y sin miedo.