La Granada de los judíos

08/Sep/2014

Ideal Digital, Pablo Rodríguez

La Granada de los judíos

Una brisa perfumada
cabalga el Genil al atardecer. El aire de la Sierra recorre el paseo de la
Bomba y deja a un lado la Carrera de la Virgen para internarse por el Realejo
hacia arriba. Es la misma hora, aunque los siglos se interpongan sin remedio, y
es probablemente el mismo espacio que cantara Moseh Ibn Ezra, el mayor poeta
judío de la época andalusí, en el célebre ‘Poema de los dos exilios’. «Vientos
perfumados que al atardecer pasáis por Granada,/ y sobre el monte Senir
sopláis, / cerneos un poco sobre mis hermanos / y dulcemente traed a mi nariz
su perfume, traedlo». Aquí, en el triángulo formado por San Matías, San Cecilio
y Santiago, es donde los cronistas localizan Garnata Al-Yahud, la Granada de
los judíos, el mítico asentamiento de la colonia hebraica.
De la histórica judería,
orgullo de siglos, apenas queda testimonio urbano. Callejuelas, aljibes y
sinagogas desaparecieron en la oscuridad de los tiempos, aunque los
investigadores suponen sus antiguas localizaciones. La sinagoga se encontraba
en el solar donde se levanta ahora el MADOC. Era el corazón de las actividades
de la comunidad, un lugar que acogía dependencias alrededor para los jueces y
administradores de la judería. Más al oeste, en el barrio de la Churra, se
situaba el baño, lugar perfecto para las relaciones sociales entre las
diferentes familias. Nada salvo el recuerdo resta de todo aquello. Sin embargo,
sí permanece un legado cultural que se extiende por muchos siglos atrás.
Los primeros testimonios
sobre el pasado hebraico de Granada datan de comienzos del siglo IV, cuando se
desarrolló el Concilio de Elvira. Las actas de la reunión de las primitivas
iglesias hispanas aluden en cuatro de los 81 cánones a los judíos. La
convivencia con los cristianos comenzó entonces a ponerse en entredicho, con
prohibiciones como las de compartir alimento o los matrimonios interreligiosos.
La caída del imperio
romano y la construcción de la Hispania visigoda fomentó el conflicto entre
cristianos y judíos. Hastiados por las persecuciones constantes, acabaron por
recibir con los brazos abiertos a los guerreros musulmanes. Los propios
cronistas andalusíes recuerdan la importante participación en las guarniciones
que asentaron la conquista en el 711. La ayuda prestada dio lugar al
establecimiento de una etapa de convivencia entre religiones que hizo florecer
la cultura judía. Poetas, médicos, filósofos adquieren una importancia mayor en
la sociedad, con personajes que lograron asentarse incluso en la
administración.
Garnata era entonces, en
torno al 1000 de nuestra era, el nombre de un asentamiento localizado en la
margen izquierda del Darro, sobre la colina del Mauror. Aunque no está seguro,
los cronistas atestiguan una gran población de religión judía, al estilo de
Lucena. La caída del Califato de Córdoba llevará a los ziríes, responsables de
la Cora de Elvira, a trasladar su capital al Albaicín, una zona que ofrecía una
mayor capacidad de defensa. Musulmanes y hebreos se relacionan entonces de
manera directa en una ciudad que vivirá una época dorada.
Samuel Ibn Nagrella,
poeta y visir del rey, será la principal figura de la judería granadina
entonces. Proveniente de una familia con ascendientes de Mérida, el cortesano
se distinguió por su capacidad para asentar la administración de los reyes Habus
y Badis, su inteligencia en las relaciones con los otros reinos taifas y su
papel como mecenas de la cultura. En este sentido, organizó una corte de
copistas que dedicó a adquirir libros con los que facilitar el acceso al
conocimiento de los estudiosos de aquel tiempo. Por otra parte fue autor de una
interesantísima poesía de corte elegíaco muy valorada hoy en día en todo el
mundo.
«Era un genio, un
escritor de gran valía y un excelente administrador, alguien que cambió para
siempre la historia de la ciudad», recuerda Fernando Crespo, responsable del
Palacio de los Olvidados. Este jienense abrió a comienzos de año un museo que
recuerda el legado judío de Granada, un centro que cuenta con importantísimas
piezas de la época y que tiene en Ibn Nagrella a uno de los protagonistas de la
visita.
Un viaje de siglos para
regresar a la Sefarad de sus ancestros
La expulsión de los
judíos decretada por los Reyes Católicos en 1492 llevó a muchos de ellos a
países como Italia o Turquía, donde durante siglos mantuvieron una cultura
diferenciada y una lengua, la sefardí, que bebe de las raíces peninsulares.
Incluso algunas familias conservan las llaves de sus antiguas casas. Hoy la
diáspora los ha llevado por todo el mundo, lejos de una España a la que sus
ancestros llamaban Sefarad. Sin embargo, el camino de retorno está abierto. El
gobierno ha aprobado un proyecto de ley para naturalizar a los descendientes de
los judíos sefardíes, algo que supondría otorgarles la nacionalidad española.
Los cálculos ministeriales son que entre 90.000 y 500.000 personas de todo el
mundo podrían acogerse a esta norma. Una reparación histórica para una
comunidad muy castigada.
En su sede del Palacio de
Santa Inés, a un costado del río Darro, Crespo acumula a lo largo de seis salas
copias con varios siglos de antigüedad de libros de Ibn Nagrella, Moses Ibn
Ezra o Ibn Gabirol. «Son personajes que la sociedad apenas recuerda, que han
sido maltratados por la persecución que sufrieron los judíos, pero que son
clave en la historia granadina», dice.
La visita permite conocer
las preocupaciones de un grupo social que vivía su religión gracias al pago de
un impuesto especial y que estaba bajo la lupa de la estricta ortodoxia
musulmana. Por ejemplo, usaban libros de tamaño reducido, estrechos como el
antebrazo, permitían la lectura de los filósofos hebraicos y su ocultamiento
fácil a las miradas.
El ocaso judío
El eclipse de la judería
granadina comienza pocos años después del fallecimiento de Samuel Ibn Nagrella.
Su hijo Yusuf ocupó el cargo de visir, aunque su política fue ampliamente
contestada. Importantes capas de la población cedieron a las acusaciones de
falta de lealtad hacia el soberano zirí y, azotados por las casidas antijudías
de Abu Ishaq de Elvira, se alzaron contra el visir el 30 de diciembre del 1066.
La turba acabó con la vida de Yusuf y dirigió su rabia contra los judíos
granadinos. Se calcula que más de 1.500 familias, alrededor de 4.000 personas,
murieron aquel día en el pogromo más terrible vivido en Al-Andalus.
Desde aquel momento la
comunidad hebraica vivió una etapa completamente convulsa, sometida a una
vigilancia cada vez mayor que no impidió recobrar cierto esplendor gracias a la
figura de Moseh Ibn Ezra, el mayor poeta judío de la época. Pero fue algo meramente
temporal. Con la llegada de los almorávides en el 1090 y los almohades en el
1146, nuevos pogromos sacudieron la judería y provocaron el exilio de
intelectuales como Ezra, Yehuda Halevi o Ibn Tibbon.
La conquista de Granada
en el 1492 supuso el ocaso definitivo para la comunidad. Los Reyes Católicos
emitieron el Edicto de la Alhambra por el cual los judíos de la ciudad y de
toda España debían abandonar el país en tres meses. El decreto, promulgado el
31 de marzo de aquel año, obligaba a las familias que no estuvieran dispuestas
a abjurar de su fe a vender sus inmuebles y abandonar los dominios españoles
sin portar moneda de oro o plata. Esto llevó a muchos judíos granadinos a
malvender sus posesiones y a cambiar sus bienes por seda, único elemento con valor
que podían portar al extranjero.
Con su salida, el Realejo
transmutó su legado judío por una realidad eminentemente cristiana. Grandes
templos y conventos ocuparon los espacio sagrados de la comunidad, de la que
solo pervive la trama urbana, una madeja de calles que cuenta su historia en
días como hoy, cuando el viento murmura versos de Ezra.