Klaus Barbie, el final cortante del asesino

09/Ene/2018

El Nacional, Venezuela- por Alexander Cambero

Klaus Barbie, el final cortante del asesino

Por Alexander CamberoHace 30 años en la ciudad de Lyon se juzgó al oficial nazi que envió a 7.500 personas a campos de concentración, entre ellas 44 niños. Su abogado, Jacques Vergès, negó la existencia del Holocausto. Rechazó que existieran cámaras de gas, las que a su juicio podrían haber sido construidas por los polacos después de la guerra “para atraer turistas»
El martes 12 de mayo de 1987 Lyon se preparaba para recibir al antiguo oficial nazi, que pasó a la historia como un criminal. Una bestia indomable que logró que la ciudad sintiera el horror en sus entrañas. Klaus Barbie retornaba al sitio donde cometió numerosos asesinatos. Los años lo hicieron un anciano que encubría su pasado con una dulce sonrisa. Detrás de las arrugas y el cabello emblanquecido se agitaba el perverso carnicero de filoso cuchillo. El mismo que la mañana del 6 de abril de 1944, con un escuadrón de la Gestapo bajo su mando, allanó un orfanato mientras los niños tomaban desayuno. Los subieron a la parte trasera de un camión y los llevaron de inmediato a Auschwitz, donde todos fueron ejecutados.
Klaus Barbie era el único gran oficial de la SS que asesinaba a infantes. Sostenía que liquidándolos a temprana edad evitaba un enemigo en el futuro. Ese energúmeno volvía a la ciudad en donde exteriorizó toda la maldad que guardó desde siempre. Las calles estaban atestadas de policías con equipos de última generación. La custodia del vehículo que resguardaba al nazi impresionaba. El automóvil era una coraza antiexplosivos y con dispositivos de cohetes tierra-aire, que eventualmente podían disuadir cualquier pretensión terrorista.
El hombre con atuendo marrón mantenía una serenidad a toda prueba. No se dejaba impresionar por la muchedumbre y hasta sonrió cuando pasó por el antiguo cuartel de la Gestapo, lugar desde el cual dirigió el plan de sometimiento violento de la región. La gente observaba el blindado como queriendo ver un extraño espécimen capturado en la selva profunda, después de una larga espera; la justicia tendría entre sus manos un compromiso histórico.
Un juicio al estilo Hollywood
No fue fácil llevarlo al estrado. Klaus Barbie se negaba a declarar jugando al cansancio del juez. Su juicio era el reality Show del momento. Rechazaba alimentarse y solicitaba libros para instruirse. Increíblemente, desde su confinamiento seguía imponiendo las reglas, había mucho temor por parte de las autoridades en manejar ese caso. El hombre los intimidaba a partir de su historia de terror.
El primer acierto del criminal fue contratar como abogado a un inescrupuloso maestro del foro de nombre Jacques Vergès. Aquel se encargaba de manejar los casos de los seres más repudiados de la sociedad; sin embargo, su talento era indiscutible, hizo un tándem incomparable con Barbie. Lo primero que concibió fue molestar al poderosísimo movimiento sionista internacional al negar el Holocausto judío, asumiendo la teoría del filósofo francés Roger Garaudy. Esto causó estupor entre las familias de las víctimas, que sentían que lo hacían como un acto de provocación.
Vergès presentaba a su cliente como parte de un gran plan orquestado por los grandes centros de poder mundial, los protectorados del dinero de Wall Street. Los ejes financieros de un mundo dirigido por la ostentación hebrea. Una distracción magistral para que el fiscal no profundizara en un expediente en el que se hablaba de las 7.500 personas que Barbie envió a campos de concentración; al igual que aquellas 4.432 que ordenó asesinar.
Asimismo, buscaba minimizar el impacto que significaba el arresto y vejámenes de toda índole contra 14.311 combatientes de la Resistencia francesa. También se le acusaba de haber torturado hasta la muerte a Jean Moulin, el más importante miembro de la Resistencia francesa y de la captura y envío a campos de concentración de 44 niños judíos.
Eran testimonios demoledores para una defensa. Sin embargo, a ambos hombres les gustaba el reto. Barbie sabía que sus días de vida estaban bajo la guillotina de una leucemia que lo carcomía lentamente. ¿Qué podría hacer? Días contados y tras la seguridad de una cadena perpetua. Lo importante para él significaba volver a reabrirles la herida espiritual a sus enemigos. Una esperanza que se agita en un cuerpo viejo condenado a morir en poco tiempo. Cuando subió al estrado los miró con aires de triunfo. Su arrolladora personalidad los rompió de inmediato; era un aire de profundo desprecio por la historia de las víctimas del Holocausto.
El abogado estrella
Nacido en Ubon Ratchathani, Tailandia, Jacques Vergès era una verdadera luminaria del derecho. Sus controversiales estrategias ya habían dado frutos años atrás con el caso de la argelina Djamila Bouhired.
En septiembre de 1956, durante la Batalla de Argel, Bouhired puso una bomba en un bar que mató a 11 personas. 6 meses después fue detenida, torturada durante más de 2 semanas y sentenciada a muerte. Entonces Vergès se hizo cargo de su defensa en un ambiente extremadamente hostil. Usando la llamada “estrategia de ruptura” (consistente en atacar la legitimidad del tribunal y acusarlo de los crímenes que imputa al acusado) y orquestando una meticulosa campaña mediática, consiguió convertir a la joven en un símbolo de la lucha por la libertad de los países colonizados, con miles de peticiones de clemencia al gobierno francés.
Defender a Klaus Barbie significaba volver al protagonismo mediático, venido a menos por sus erráticas aventuras con el fanatismo. El viejo iconoclasta nazi lo devolvía al señorío de los flashes. Su afán de notoriedad lo transformaron en adicto a las primeras planas. Siempre anhelando las causas perdidas que garantizaran protagonismo. Las entrevistas televisivas eran su gancho para recrearse en la fama, nada de casos desabridos, su enfoque estaba en todo aquello que acariciara su ego de todo terreno.
El valor de la justicia
El fiscal Pierre Truche presentó el caso de los crímenes de los 44 niños judíos asesinados el 6 de abril de 1944 en el campo de concentración de Auschwitz. Jaques Vergès logró probar que ese día el militar nazi se encontraba combatiendo a 400 kilómetros de distancia. La defensa habló de un complot urdido por los sectores hegemónicos del capital, que eran los mismos que en África habían matado a tanta gente, que por cada durmiente de los ferrocarriles que construyeron existían 200 cadáveres.
El abogado negó en su defensa el Holocausto judío, lo llamó una invención que producía millones de dólares al año a grupos de fanáticos que solo vivían para odiar. Rechazó que existieran cámaras de gas, las que a su juicio podrían haber sido construidas por los polacos después de la guerra para atraer turistas. Los campos de exterminio nazi como Auschwitz, según él, eran simples campos de trabajo donde, durante la contienda, claro está, «murió mucha gente».
Hizo énfasis en que el Holocausto era una leyenda, fabricada de pies a cabeza por los lobbies judíos, defensores de los intereses de Israel. Existe, aseguraba Vergel, una explotación política del genocidio.
“Cuando aparece un zapatito olvidado nace un gran show. ¿Saben cuánto les pagó la cadena estadounidense de televisión NBC por la serie Holocausto? Como se que lo callarán les responderé. 500 millones de dólares que fueron a parar a sus organizaciones. Una fortuna por 5 capítulos desde el 16 de abril hasta el 19 del mismo mes del año 1978. ¿Llegó algún dinerillo de esos a los pobres? También lograron con la serie que se organizaran tours a los campos de concentración que le generaron enormes dividendos”, indicaba un irónico y desafiante Vergel.
Desde el estrado Klaus Barbie los observaba. De alguna forma volvió el aniquilador para consumirlos en las cámaras de gas. Ahora buscaba acribillar sus principios al burlarse de su dolor. Su risa ofendía el sacrificio de 6 millones de indefensos que murieron producto de la intolerancia. Aquel anciano implacable se mostraba con una roca que no la sometían ni mil condenas. Con su actitud había logrado dar una lección a una comunidad judía que pensaba ver en el estrado a un hombre derrotado por las circunstancias. No está muerto el que pelea, se oyó entre el murmullo de la gente impactada por los intríngulis del proceso.
Sin arrepentimiento
El veredicto fue leído minutos después de la medianoche por el presidente del tribunal, André Cerdini, durante más de media hora, ante una sala abarrotada de público y periodistas.
Barbie escuchó de pie y sin inmutarse la dura decisión. Cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad fue la sentencia en aquel recinto atestado de intereses. La intervención final de la defensa había conseguido generar la impresión de que el tribunal podría producir una sentencia matizada, en la que se diferenciaran los crímenes sobre los que existen pruebas y testigos de cargos de las imputaciones más imprecisas o con testigos y pruebas contradictorios.
El tribunal consideró que no existía ninguna circunstancia atenuante y contestó positivamente a las 340 preguntas que fueron formuladas en las que se establecían los niveles de culpabilidad del acusado. El haber ridiculizado el Holocausto causó estupor en la gente. No se arrepintió ante la evidencia que se mostró en 280 pruebas. Klaus Barbie escogió punzar en la herida sentimental para que volviera a correr la sangre de los mártires. Que en el imaginario de dolor desgarrador reaparecieran las cámaras de gas con su mensaje aniquilador del ángel de la muerte. Fluido maligno que penetró los pulmones de inocentes, víctimas de una raza escogida por Dios para reinar sobre otras naciones, pero también elegida por el nazismo para ser el motivo fundamental de su odio.