Se traduce al español la monumental
biografía de Reiner Stach, a la que ha dedicado décadas y que supone un
minucioso buceo en las entrañas del escritor más extraordinario del siglo XX.
Franz Kafka, ahora lo sabemos, cuidaba su alimentación, hacía deporte y adoraba
los paseos, frente a los tópicos manidos hasta hoy.’La metamorfosis’ fallida
Kafka era un gran lector de biografías y memorias.
Le interesaba buscar en ellas no una acumulación de detalles concretos que
definieran una cotidianeidad sino una especie de llave que abriera el secreto
de una existencia. Como es natural, pocas veces la encontraba, porque las
biografías y las memorias se escribían entonces -y ahora- para acumular
detalles y quizá sólo por descuido de quienes las escribían se llegaba a
revelar alguno de aquellos secretos ilegibles que iba buscando el lector Kafka.
Si Kafka hubiera podido leer el monumental -en todos los sentidos- Kafka de
Reiner Stach -tres tomos en la edición original, dos en la edición que acaba de
publicar Acantilado en traducción de Carlos Fortea (me atrevería a decir que
excelente aunque no sé alemán: pero la prosa en español es una delicia)- quizá
hubiera agriado el gesto ante el cúmulo de detalles que el biógrafo ofrece,
pero también es cierto que hubiera admirado los esfuerzos del autor por
dedicarse a desvelar secretos, deshojarlos, indagarlos, sentirlos. Sentirlos
sí, porque Stach deja claro desde el principio -en una introducción que vale
por una biblioteca de escritos sobre metodología- que el arma del biógrafo de
un escritor, junto a la capacidad de espigar la documentación precisa y la
capacidad para entender sus libros, es la empatía. Así que lo que se propone no
es tanto contar la vida de Franz Kafka -que también, claro, inevitablemente-
sino, por raro que suene, saber «cómo fue ser Franz Kafka», el escritor más
enigmático del siglo XX.
La empatía calma el dolor de la ignorancia,
apunta Stach, pero no elimina la ignorancia misma. ¿Cuál es su tarea entonces?
El propio Kafka le presta un aforismo tembloroso: «El punto de partida de la
vida y del arte es distinto incluso en el artista mismo». Stach lo respeta,
pero no puede detenerse ahí, tiene que seguir, esforzarse en explicar cómo de
una conciencia a la que «todo da que pensar» pudo surgir una conciencia que nos
ha dado que pensar a todos. Por supuesto que Stach sabe que su empresa es
imposible, que no puede vivir él mismo como vivieron aquellos que estuvieron
presentes rodeando a su personaje. ¿Qué se gana entonces con una titánica tarea
en la que ha empleado lustros, que le ha llevado a consultar los periódicos que
leía Kafka, no perderse una sola de las líneas que escribió, usar y desechar el
psicoanálisis, perpetrarse de erudición? Stach responde haciéndole un guiño a
un título de una novela de Nabokov: «La verdadera vida de Franz Kafka seguro
que no es lo que ganamos… Pero sí una mirada perecedera hacia ella, una larga
mirada…». No es de extrañar que Darío Villanueva haya considerado el libro de
Stach como una metabiografía: en efecto, Stach se va preguntando a menudo por
el sentido de lo que está haciendo. Utiliza el primer retrato que se conserva
de Kafka y se ríe del afán de los estudiosos de inferir a través de ese segundo
en el que el niño pone mueca de preferiría no estar aquí, todo un mundo
interior al que tenemos acceso gracias a escritos a los que les faltan muchos
años para ensuciar un cuaderno. Eso ha llevado a algún comentarista a
considerar arrogante a Stach. Nada que ver: atenúa la pomposidad que suele
darse en los especialistas en Kafka y quizá Kafka se lo agradezca, lo que es
seguro es que los lectores se sienten agradecidos ante sus continuas
reflexiones sobre el arte de contar una vida, de escarbar en una vida,
atendiendo a un precioso fragmento de una carta de Kafka a Milena, ya al final
de sus días, cuando lo único en lo que podía pensar era en la escritura
autobiográfica: «La escritura se me niega, de ahí el proyecto de las
investigaciones autobiográficas. No escribir una biografía sino investigar los
detalles más pequeños posibles. A partir de ahí, quiero construir como alguien
que, dueño de una casa endeble, pretende edificar al lado una casa segura con
los mismos materiales de la antigua». Se diría que ese es el motor que ha
impulsado a Stach a lo largo de las más de 2.000 páginas de su obra.
La biografía de un escritor debería ser una
especie de pasarela que une la vida de ese escritor con su obra: en el caso de
Kafka, aparentemente, la pasarela tendría que medir cientos de kilómetros
porque, por el Kafka estipulado en tantos estudios sobre su obra, en prólogos
más o menos prestigiosos, entre el ciudadano Franz Kafka, funcionario de
seguros, y el escritor judío de Praga Franz Kafka, había una distancia sideral.
El segundo podía confiarse, desde 1910, a las entradas de su diario, donde tan
pronto como en la tercera página se lee: «Los escritores hablan inmundicias».
Podía escribir, en sus cartas a Felice, de la que estaba enamorado y con quien
pensaba casarse, que para él no había más vida verdadera que la literatura,
imponiendo un hiato estricto entre el día y la noche, la oficina y la chimenea
ante la que escribía con la casa ya dormida. Podía llegar incluso a susurrarse,
misteriosamente: «Yo soy la literatura». Eso llevó a una imagen de Kafka
escindido entre la vida verdadera, la literatura, y la vida falsa, un asco de
vida; incluso, según sus palabras, «un sucedáneo». Los hechos que Stach
examina, sin embargo, se antojan menos pugilísticos, y en su biografía no hay
rastro del Kafka monje que a menudo se nos ha querido representar, raptado por
sus cuadernos, el huidizo personaje que durante el día es un ciudadano correcto
y perfectamente anodino al que le llaman Doctor y de noche se convierte en
máquina de escribir o por decirlo con su hermosa imagen «en hacha que quiebra
el mar helado que lleva dentro». Es cierto que Kafka -según se ve en la Carta
al padre- podía reprocharle a éste haberlo considerado una criatura defectuosa
en la que no tenía el menor interés, y es cierto que al padre de Kafka, a quien
la biografía también le dedica decenas de páginas, nada le decepcionaba más que
la incapacidad de su hijo para volverse un buen gestor de la fábrica de amianto
de la familia. Pero no lo es menos que el Kafka de la insondable vida interior
se cuidaba el cuerpo como si se hubiese adelantado en el tiempo y viviese en
nuestra época: vigilaba mimosamente su alimentación, hacía deporte, adoraba la
intemperie, los paseos, la observación del mundo: «Las costureras bajo la
lluvia torrencial» que aparecen en sus Diarios. Y cada vez que podía, trataba
de integrarse en una comunidad -deportiva, religiosa, daba igual: su necesidad
de ser aceptado se conformaba con lo que fuera-. Como tantas otras criaturas
extraordinarias, consideraba la normalidad como la meta más admirable. Por
ejemplo el matrimonio: en la Carta al padre, se refiere a él como la aspiración
máxima de cualquier persona: «Fundar una familia, aceptar los hijos que lleguen,
mantenerlos y hasta encaminarlos en este mundo inseguro, es lo máximo que puede
conseguir un hombre. Que en apariencia sean tantos los que lo logran no es una
prueba en contra de lo que digo, primero porque en realidad no son muchos los
que lo logran, y segundo, esos que lo logran no lo logran porque realizan un
logro, sino porque sencillamente les sucede». Pero acababa alejándose de
cualquier forma de normalidad deseada porque en su mirada había una herramienta
que le entorpecía la vida: no podía impedir darse cuenta de que cuanto le
rodeaba era ridículo. Hay un momento en que observa a su hermana pequeña y
comprueba la malignidad de esa herramienta: la mira, sabe que la adora, pero a
la vez no puede atajar la necesidad de sentir que es una criatura perfectamente
ridícula. Quien busque las razones de que una criatura tan angustiada, tan dado
a culparse, fuese a su vez un artista de la comicidad, debe reparar en esa
herramienta de la mirada de Kafka. Humor y terror se hermanan en ella.
Stach, que parte de la convicción de que su
empresa, por colosal que sea, está llamada al fracaso, también sabe que Kafka
fue un escritor fracasado: su propia ambición le impedía dejar ese estado de
impotencia que, antes o después, acababa haciéndole renunciar a seguir narrando
las novelas en las que se embarcó (sin que el hecho de que sea uno de los
escritores más influyentes de la modernidad diga nada en contra de su fracaso
sino más bien nos ayude a adjetivarlo de magnífico). Aunque Kafka no leyó
apenas a Freud, quizá sólo La interpretación de los sueños, estaba al tanto de
sus investigaciones por su amigo Max Brod y por reportajes de revistas
especializadas. En algún momento se propone escribir su autobiografía hilando
sólo los sueños que ha tenido y que ha ido apuntando -llenan 60 páginas
impresas de su obra-. Pero aunque Kafka no cree en que el psicoanálisis tenga
capacidad terapéutica, confía en cambio en su capacidad de descripción del
funcionamiento de la psique: de hecho, su única terapia es la escritura. Cuando
lo conoció, Max Brod anotó en su diario que el amigo Franz sufría una neurosis
compulsiva.
La tentación de psicoanalizar a Kafka a
través de sus escritos ha hecho caer a mucho kafkiano en la pedantería. Stach
viene a poner las cosas en su sitio. Como se sabe, se ha utilizado a menudo la
Carta al padre como la más importante fuente autobiográfica sobre los primeros
años de Kafka, resultando una estremecedora prueba de un complejo de Edipo en
el que el hijo, como dice Stach, ha perdido el combate pero se niega a
abandonar el ring. Pero la Carta no es un autoanálisis sino la descripción de
una relación real y sus contenidos fantaseados: se escribió con la esperanza de
que la relación entre padre e hijo pudiera volverse más soportable para ambas
partes. Buscaba un consenso, una paz. Kafka no reprocha a su padre «soy lo que
has hecho de mí», sino lo que le echa en cara es más bien un «no has sabido
hacer nada con lo que yo era porque no te interesaba». De ahí que aprendiera
pronto a no esperar que su padre le ayudase a su heroica tarea principal:
fortalecerse, tener confianza en sí mismo. Un detalle: hasta los siete años
mandaron al pequeño Franz a la escuela acompañado de un criado, lo que
defendiéndolo de aquel mundo de ogros extraños que era la escuela, debilitaba
su capacidad para defenderse por sí mismo. Con una imagen soberbia, para
definir su inseguridad ante el mundo, Kafka escribirá en una carta que «ahí
afuera no se disfruta de una calefacción agradable».
La parte más importante de la obra de Stach
es la que ocupa el segundo volumen -que fue el primero en publicarse y ya se
tradujo al español en 2002. Se titula Los años de las decisiones y se ocupa de
sólo un lustro con encomiable destreza, paciencia e indagación. Son los años
que van del año 10 al 15 en los que Kafka -con la complicidad de Max Brod-
decide que ha de ganarse un lugar en la literatura alemana. En Leipzig
encuentra al editor Kurt Wolf. Publicará Contemplación, su primera obra, y El
fogonero, el capítulo inicial de América. Se peleará incansablemente con los
manuscritos de América y El proceso. Ideará y escribirá La metamorfosis. Esto
en el rincón del escritor. En el rincón del ciudadano, trabaja a media jornada
en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo, y decepcionará a la familia,
a la que ha convencido de que se meta en el negocio del amianto con la compra
de una fábrica, prometiendo ocuparse de vigilar personalmente el negocio. Sin
embargo, enseguida empieza a faltar a las reuniones comerciales. Además de los
escritos literarios, mantiene una febril correspondencia amorosa con una
muchacha berlinesa: Felice Bauer. Llegan a comprometerse en matrimonio aunque
luego rompen, lo que le dejará nuevamente noqueado. Stach hace un retrato
preciso de esos años, de esas obras, de esas ambiciones y de la desgana que
traerán consigo. Es especialmente brillante cuando rompe su lanza en favor de
Felice Bauer, a la que Elías Canetti en su libro sobre Kafka restó toda
relevancia como personaje fundamental de la vida del autor.
Stach demuestra fidedignamente la capacidad
de sabotearse a sí mismo de Kafka: su afición a sentirse culpable. Impresiona
la falta de énfasis con la que recibe la noticia de la gravedad de su
enfermedad: es como si hubiera decidido con un movimiento de su voluntad que
los días estaban ya contados y apilarlos en años carecía de todo sentido.
Apenas rebasaba 40 años cuando murió. En sus años finales, entendía que sólo la
escritura autobiográfica podía salvarle, depuestas las ansias de ocupar un
lugar esencial en la literatura alemana -o en alemán. Su mundo se había
esfumado después de la Gran Guerra. «Uno no puede hacerse una vida como un
equilibrista que se yergue al revés sobre ambas manos», escribe en su Diario de
1922. Abusando quizá de un romanticismo muy poco kafkiano, Max Brod escribió
que si Kafka hubiera conocido antes a su último amor, Dora Diamant, el escritor
se hubiera salvado: ya en sus últimas rampas de vida, Kafka, al saber por uno
de sus doctores que su cuello parecía mejorar, se echó a llorar de alegría y a
abrazar al médico y a decirle que nunca había tenido tantas ganas de vivir.
Pero lo cierto es que en las dolorosas curas de su tuberculosis, Kafka
terminaba siempre pidiendo que acabara cuanto antes aquella pesadilla. La
tuberculosis había devastado la laringe interesando a la epiglotis: la
operación quirúrgica era imposible y sólo se podía aplicar inyecciones de
alcohol en el nervio laríngeo superior. A partir de ahí, le dieron tres meses
de vida, con lo que lo más idóneo para el paciente sería su traslado a Praga.
Dora Diamant se negó: trasladarlo significaba consentir no sólo que el escritor
se diese cuenta de que sus horas se le acababan, sino también aceptar que no
había remedio. Quería convocar un consejo de especialistas para salvarle la vida,
pero sus pulmones ya no daban más de sí. En su última hora Kafka confundió al
doctor que le administraba morfina con su hermana Elly: no te acerques tanto
Elly, dijo. Temía contagiarla. Según Max Brod su último diálogo es casi un
microrelato de Kafka. El doctor se apartó. Kafka le pregunta: ya se va. El
doctor le responde: no, no me voy. Kafka termina: Lo sé, el que se va soy yo.
Difícilmente podía imaginar que con el paso
del tiempo se convertiría en uno de los pocos adjetivos que el lenguaje
corriente adquiere de los nombres propios de los autores literarios: quizá sólo
Dante -dantesco- y él -kafkiano- hayan logrado colarse como adjetivos en los
telediarios para calificar hechos que poco tienen que ver con ellos
-terremotos, incendios en discotecas, tragedias varias…-.
En su introducción Stach dice que quizá ha
llegado la hora de considerar a las biografías de escritores un género
autónomo, lo suficientemente noble como para que no se le rebaje importancia
por su inevitable condición de género yedra que necesita apoyarse en la pared
que le ofrecen los escritos de los biografiados. Alude a la biografía de
Nabokov de Boyd, la de Proust de Painter, la de Joyce de Ellmann y algunas
otras. Si alguien tenía alguna duda a pesar del impresionante listado, sólo
tiene que agregarle esta biografía de Kafka del propio Stach. Una biografía no
debería ser nunca un sepulcro. Y esta obra está llena de vida. Se parece más a
una pista de atletismo en la que vemos a los sucesivos Kafkas pasándose un
relevo en el que va escondido el enigma gracias al cual sigue siendo el
escritor más influyente del siglo pasado.
K al descubierto
08/Nov/2016
El Mundo, España, Por Juan Bonilla