En 1887 quince parejas
alemanas viajaron a Paraguay para fundar Nueva Germania, una colonia aria desde
la cual expandir la pureza racial germana a toda Sudamérica. Lideraba el plan
Bernhard Förster, miembro del movimiento antisemita alemán, admirador del
compositor Richard Wagner y esposo de Elisabeth Nietzsche, hermana del afamado
filósofo Friedrich Nietzsche. Elisabeth Nietzsche y Bernhard Förster se
conocieron en Bayreuth en 1876 y se casaron varios años después. Al enterarse,
Friedrich objetó el matrimonio. En una carta enviada a su hermana, afirmó: “Una
de las más grandes estupideces que has cometido, ¡por ti y por mí! Tu
asociación con un jefe antisemita expresa una extranjería a todo mi modo de vida,
lo que me llena de ira o melancolía… Es un asunto de honor para mí ser
absolutamente limpio e inequívoco respecto del antisemitismo, vale decir que me
opongo, como lo hago en mis escritos”. El experimento ario-paraguayo fracasó,
Bernhard Förster se suicidó en 1899 y tiempo después, endeudada y desacreditada
entre los colonos, la viuda regresó a Alemania. La colonia los sobrevivió,
aunque no su misión demente. Según The New York Times, aún hoy día una de sus
calles lleva por nombre Elizabeth Nigtz Chen.
Es probable que Rodolfo
López -el alcalde de San Juan La Laguna, localidad indígena ubicada a poco más
de doscientos kilómetros de la capital de Guatemala- no tuviera en mente este
precedente supremacista en América Latina al ordenar el pasado mes de mayo la
confección de un registro de los judíos del municipio y clamase por la
expulsión de éstos puesto que “sus costumbres no son como las nuestras”, pero
indudablemente alguna reminiscencia aria ha tenido y el espíritu de cierta
noción de exclusividad étnica se ha manifestado en su accionar.
Sobre quince millones de
habitantes, la comunidad judía de Guatemala cuenta menos de mil personas y
mayormente está ubicada en la capital del país. Seis años atrás, un grupo local
integrado por judíos conversos, ultraortodoxos y antisionistas, denominado
Toiras Jesed se asentó en San Juan La Laguna y, desde comienzos de este año,
recibió allí a miembros de otro grupo ultraortodoxo y antisionista extranjero
llamado Lev Tahor. Esta agrupación ha tenido problemas con la justicia en
Estados Unidos y Canadá, particularmente por asuntos de custodia infantil. La
comunidad judía central no tiene vínculos con estos grupos pero naturalmente ha
repudiado las actitudes antisemitas de varios de los pobladores de San Juan La
Laguna.
Las primeras familias
hebreas llamaron la atención de los locales debido a sus ritos singulares y
modos diferentes y por sus vestimentas negras y largas en una zona tropical y
aprendieron a convivir con lo que consideraban una rareza. Pero cuando nuevas familias
se instalaron en el lugar, la intolerancia surgió. Primero el alcalde ordenó el
armado de un registro de los nuevos residentes. La razón invocada fue tomar
nota del turismo; la razón verdadera identificar a los judíos. Velozmente se
sucedieron actos de intimidación y agresiones. Según relató a la prensa uno de
los líderes de la diminuta comunidad, fotos de Adolf Hitler fueron subidas a un
sitio online junto con amenazas de enviar a los judíos a hornos crematorios.
Panfletos rudimentarios fueron esparcidos. Luego unos adolescentes arrojaron
piedras contra los judíos, y varios adultos y hasta un policía se sumaron al
ataque. Los judíos alertaron a la Policía Nacional Civil y al día siguiente el
portal se llenó de insultos antisemitas, los judíos temieron ser linchados. Al
poco tiempo un nuevo ataque a piedras ocurrió, esta vez perpetrado por niños
que acusaban a los judíos de haber matado a Jesús. Culminó con el lanzamiento
de un explosivo casero. Los líderes judíos solicitaron una reunión con el alcalde,
quien los recibió pero los acusó de secuestrar niños y fomentar una invasión de
hebreos. Les espetó que no creían en Jesús ni en la Virgen María. Y les dio
cuarenta y cinco días para partir. Este septiembre la comunidad de 230 hebreos
fue expulsada del lugar.
Estas sectas
ultraortodoxas aterrizaron en una localidad guatemalteca y no buscaron la
integración al lugar. Lejos de hacer un esfuerzo en adaptarse al nuevo entorno
social, se replegaron en sus ritos y en sus costumbres, enteramente extrañas
para los locales. Lo diferente aliena, especialmente en pueblos pequeños
tradicionales. No obstante, ello no justifica la discriminación, mucho menos la
agresión y de por cierto no la expulsión. Puede ser que largos vestidos negros
típicos de los judíos ortodoxos desentonen con el ambiente caribeño, pero la
última vez que revisé los curas seguían usando sotanas.
Como sea que vaya a concluir este asunto, uno no
puede sino sentir una mezcla de pena y desprecio por el trágico destino de
estos antisionistas ultraortodoxos marginales. Fugados de Canadá, echados en
Guatemala y no pudiendo hallar refugio en el estado judío que aborrecen, erran,
auto-condenados, en un exilio permanente.