El pueblo iraní es la primera víctima del régimen. Israel es la segunda. Y el resto del mundo está en su lista. Las ambiciones de la República Islámica van mucho más allá de Medio Oriente.
Imaginen un Irán libre —no la República Islámica, sino el verdadero Irán— uniéndose a Israel para liderar la región en ciencia, tecnología y paz.
El 13 de junio de 2025, aviones de combate israelíes surcaron el cielo nocturno y atacaron profundamente en territorio iraní. La Operación León en Ascenso desmanteló en cuestión de horas componentes clave del programa nuclear y del mando militar de la República Islámica, pero esta guerra no se trata solo de uranio ni de silos de misiles.
Se trata de personas. Dos civilizaciones milenarias, el pueblo judío y el pueblo iraní, están siendo aterrorizadas por el mismo régimen radical. Ya es hora de que el mundo reconozca: no somos enemigos. Somos aliados en la resistencia.
Escribimos estas palabras no solo como figuras públicas —uno, miembro del Parlamento israelí (Knesset); la otra, activista iraní-estadounidense por la democracia—, sino como individuos marcados por la historia. Uno de nosotros vive bajo la amenaza de los misiles iraníes. La otra escapó de Irán cuando era niña, viendo cómo el régimen convertía a su propio pueblo en prisioneros.
Pero llegamos a la misma conclusión: la República Islámica debe ser confrontada, no solo por la amenaza que representa para Israel y Occidente, sino por la guerra que libra contra sus propios ciudadanos.
El pueblo iraní es la primera víctima del régimen. Israel es la segunda. Y el resto del mundo está en su lista. Las ambiciones de la República Islámica van mucho más allá de Medio Oriente. A través de milicias y grupos terroristas aliados, alimenta la violencia en la Franja de Gaza, Líbano, Siria, Irak y Yemen. Suministra drones a Rusia para usarlos contra civiles en Ucrania. Planeó asesinatos de disidentes y funcionarios estadounidenses. Grita “Muerte a América” y “Muerte a Israel” mientras enriquece uranio y prueba misiles de largo alcance.
Las balas del régimen apuntan a sus propios ciudadanos. Sus misiles apuntan a Israel. Pero su objetivo final es una confrontación global. El mundo no puede permitirse repetir los errores del siglo XX. La Alemania nazi también buscó la dominación mediante el miedo y el asesinato, primero de su propio pueblo, luego del mundo. La política de apaciguamiento fracasó en ese entonces y fracasará ahora.
Tras la masacre del 7 de octubre —abiertamente elogiada por el líder supremo iraní, Ali Khamenei— nadie debería tener ilusiones sobre las intenciones del régimen.
No se puede razonar con quienes cuelgan adolescentes y envenenan niños. No se puede negociar con un régimen que financia el terrorismo en el exterior y aplasta la disidencia en casa.
Dentro de Irán, la crueldad es rutina. Golpean a mujeres en público por negarse a usar el velo obligatorio. Se denunció el envenenamiento de alumnas por sumarse a las protestas. Adolescentes fueron arrestados, torturados y ejecutados por disentir. Mahsa Amini, una joven de 22 años, fue detenida en 2022 por supuestamente violar las normas del hiyab y murió bajo custodia. Su muerte desató protestas masivas. Más de 500 manifestantes fueron asesinados, incluidos niños. Más de 20.000 fueron arrestados. Los juicios carecieron de garantías. Las ejecuciones se llevaron a cabo con rapidez y en secreto.
Esto no es gobernar. Es tiranía y toma de rehenes a escala nacional. El régimen teme más a su propio pueblo que a cualquier ejército. Y por eso arremete, a diario, con brutalidad y sin remordimientos.
Israel, por su parte, soportó amenazas durante décadas. Pero ningún país puede esperar eternamente mientras un enemigo genocida construye armas nucleares. La Operación León en Ascenso no fue venganza; fue defensa propia preventiva. Neutralizó objetivos militares y envió un mensaje claro: Israel no esperará otra catástrofe.
Aun así, Israel siempre hizo una distinción fundamental: su lucha no es contra el pueblo iraní, sino contra el régimen que lo oprime. Sabemos lo que Irán fue, y lo que podría volver a ser.
El pueblo judío recuerda a Ciro el Grande, el rey persa que liberó a nuestros antepasados del exilio babilónico y permitió la reconstrucción del Templo en Jerusalem. Antes de 1979, Irán e Israel cooperaban en ciencia, comercio y defensa. La comunidad judía iraní prosperaba. Tel Aviv y Teherán estaban unidas por vuelos directos, no por amenazas.
El pueblo iraní porta una civilización de una profundidad inmensa, desde la poesía de Rumi y Hafez hasta la ciencia de Avicena. La música, la arquitectura y la filosofía persas marcaron gran parte del mundo antiguo. Lo mismo hizo la civilización judía, desde la ética bíblica hasta los aportes modernos en medicina y derechos humanos. No son legados rivales. Son faros complementarios de orgullo cultural y espíritu creativo.
Imaginen un Irán libre —no la República Islámica, sino el verdadero Irán— uniéndose a Israel para liderar la región en ciencia, tecnología y paz. Investigadores colaborando para curar enfermedades, artistas reviviendo tradiciones antiguas, emprendedores solucionando la escasez de agua y alimentos.
Los Acuerdos de Abraham ya demostraron que lo que antes parecía imposible puede hacerse realidad. Con valentía y visión, un Irán post régimen podría unirse a ese círculo, no bajo la sombra de Khamenei, sino como socio en la paz. A ese futuro lo llamamos los Acuerdos de Ciro.
Algunos en Occidente todavía abogan por dialogar con los gobernantes de Teherán. Pero no se puede razonar con quienes cuelgan adolescentes y envenenan niños. No se puede negociar con un régimen que financia el terrorismo y aplasta la disidencia. El pueblo judío aprendió, una y otra vez, el precio de ignorar las amenazas genocidas. Esta vez, no guardaremos silencio.
Si el mundo libre todavía cree en la libertad, este es el momento de actuar, no solo por la seguridad de Israel o la estabilidad global, sino por los millones de iraníes que siguen viviendo bajo la tiranía.
El pueblo judío y el pueblo iraní están unidos. Ambos sufrimos a manos del mismo régimen, ambos entendemos lo que está en juego. Y ambos sabemos: el futuro no pertenece a quienes gobiernan con miedo, sino a quienes construyen con esperanza.
*Dan Illouz es miembro del Parlamento israelí por el Likud (el partido oficialista) y presidente del Caucus de los Acuerdos de Abraham.
*Mariam Memarsadeghi es una activista iraní-estadounidense por la democracia, fundadora del Cyrus Forum for Iran’s Future, investigadora principal en el Macdonald-Laurier Institute y cofundadora de Tavaana, una plataforma de educación cívica por un Irán libre.