Jánuca y Navidad

23/Dic/2016

Lic. Rafael Winter (Rufo)

Jánuca y Navidad

Por Lic. Rafael Winter (Rufo)
La festividad de Januca siempre cae muy cerca de la Navidad porque el mes hebreo de Kislev, en el cual se celebra Januca coincide por lo general con parte de diciembre.
Pero pocas veces como en esta ocasión coincide la celebración de la Nochebuena para la cristiandad con el encendido de la primera vela de Januca para el judaísmo. Y realmente ese debería ser un hermoso mensaje. Comenzando a la misma noche, celebrando cada uno lo suyo por cierto pero siempre teniendo en cuenta lo que tenemos en común.
Es cierto que dos mil años de historia han dejado su huella y más allá de Confraternidades judeo-cristianas muy importantes por cierto, de intentos de acercamiento, de reconocimientos de errores/horrores, sigue habiendo de todos lados quienes se cierran al diálogo o no lo ven necesario.
De todos modos ha habido en los últimos cincuenta años, bajo el trasfondo de la Shoa y Nostra Aetate mediante, un mejoramiento bastante notorio.
El 25 de diciembre, Navidad, la cristiandad celebra el nacimiento de Jesús (hay quienes la celebran más tarde). Es imposible desconocer lo que esa fecha significa para un porcentaje muy considerable de la población mundial, ya sea que algunos la celebren de un punto de vista religioso o ya sea simplemente fiesta de la familia cristiana. La celebración comienza la víspera, el 24 con la Nochebuena: “Noche de paz, Noche de amor”. El árbol, Santa Claus y todas las tradiciones que giran alrededor.
Este año, la noche del 24 de diciembre, 25 de Kislev del calendario hebreo, Nochebuena coincide con el comienzo de Januca, la primera vela. Son ocho las velas de Januca.
El motivo de la celebración es histórico-religioso. El aspecto histórico no debe ser soslayado: recuerda la rebelión victoriosa de los Macabeos ante los greco-sirios (siglo II aec. en la tierra de Israel). Lo que trajo como consecuencia una efímera independencia espiritual y política. Sin esta victoria probablemente la celebración de Jánuca no hubiese tenido mucho sentido.
Previo a la rebelión macabea, una especie de conflicto cultural entre judíos helenizantes, “atrapados” por la cultura griega y judíos tradicionales. El judaísmo tradicional pudo prevalecer en esa especie de «Kulturkampf» interno y ese hecho trascendental, sumado a la victoria macabea, posibilitó que el judaísmo pudiese sobrevivir.
El aspecto espiritual-religioso de la festividad es conocido: la reinauguración del Templo de Jerusalem (por eso el nombre «Jánuca», que significa «inauguración»); el «milagro del frasco de aceite» que alcanzó para encender el candelabro durante ocho días y es por eso que Januca dura ocho días y el candelabro de ocho brazos, Janukiá, cuyas velas se encienden progresivamente día a día, es el símbolo principal de la festividad.
La frase, el concepto a mi juicio esencial que debemos considerar es el que aparece en la Haftará, capítulo de los Profetas que leemos en Januca: Lo bejail velo bekoaj ki im beruji, es decir, literal y conceptualmente «no solamente por el ejército, no solamente por la fuerza, sino por el espíritu, dice el Eterno tu D’os”.
Ese espíritu es el que en Januca y Navidad nos debe unir, hermanarnos a judíos y cristianos más allá de las legítimas diferencias en materia de religión: que son muy respetables, que ayudan a mantener la identidad pero que no deben hacernos olvidar que, lo que nos une es y será siempre más importante que aquello que nos separa.
Allí donde judíos y cristianos nos encontremos en estas efemérides el saludo afectuoso será:
¡Feliz Januca, Feliz Navidad!