Por Ing. Roberto Cyjon, para CCIU
En el día de hoy, 7 de mayo, el Estado de Israel y los judíos todos conmemoran Iom Hazikarón, el Día de la Memoria donde se recuerda a los que cayeron en las guerras de Israel. A las 19.30 hs, la colectividad judía realizará su acto alusivo en Beit Jadash (NCI). El Ing. Roberto Cyjon, ex presidente del CCIU, escribió el siguiente artículo en el que se homenajea la jornada de Iom Hazikarón.
Ante la súbita voluntad de escribir un artículo en el día anual de la conmemoración por los caídos en las guerras de Israel, me surgieron simultáneamente una serie de dudas. ¿A quién he de referirme? ¿A los amigos que conocí personalmente, tanto uruguayos como israelíes? ¿A las víctimas de ayer con la infame andanada de misiles lanzados por Hamas? ¿Acaso me puedo olvidar de las víctimas palestinas caídas en las guerras de este conflicto tan brutal como lamentable? No jerarquizo entre seres humanos inocentes. Mi humanismo no me lo permite. Es así que decidí reproducir un cuento propio escrito en mi primer libro: “De leyendas y acantilados: la decisión de Sara”, publicado en 1999. Ya en ese entonces me abordaba esta angustia, y al último cuento lo titule: “Crónicas de guerra, esperanza de paz”. Elegiré un relato del capítulo 1.
“Transcurrían los años setenta, fue en abril de 1972 cuando tomé la decisión de subirme a un avión y vía Roma descender en Tel Aviv.
Maalót es un pueblito. Sin ánimo de ser peyorativo, podría considerarse inexistente hasta que tuvo la desgracia de conquistar fama por uno de los peores atentados cometidos en Israel y en el mundo. Todos los países, aún los más pequeños, tienen ciudades grandes y villorrios. Todos los mapas están abarrotados de puntitos multicolores indicadores de capitales, puertos, montañas, ríos y valles. Eso era Maalót para mí, un puntito más del territorio israelí. Fue el blanco elegido por los asesinos armados con Kaláshnikovs de cargador curvo. Tomaron un jardín de infantes como objetivo militar.
La insania humana no tiene límites. Los niños son algo más que tiernos seres indefensos. Son biológicamente merecedores de cuidados y cariño. Se trata de posturas instintivas de una especie. Las organizaciones más y menos complejas de todo animal agrupado atienden, cuidan y protegen a sus infantes. ¿Habría imaginado Mijaíl Kaláshnikov el uso que se le daría a su fusil en Maalót? Ningún escritor debería perder realismo al aventurarse a narrar horrores humanos, por tanto, dejo constancia que sé que no hay armas buenas y malas. Solo lo inconcebible me conduce a dudar por un instante, como intento desesperado de mitigar líricamente un dolor indescriptible.
Más de treinta niños fueron acribillados en Maalót. No hay comentarios posteriores a un evento de tal magnitud. Es más profundo que lo simplemente antinatural. Pretendo, justamente, incluir al hombre como un ser vivo en la constelación de la fauna aérea, terrestre y marina y pronunciar filosófica y biológicamente que dicho acto es ‘antinatural’ en toda su dimensión. Deseo fustigarlo como un suceso de polución, de contaminación, como a los que el hombre nos tiene acostumbrados, desde la capa de ozono hasta el recipiente marino del Atolón de Mururoa.
Al oxigenar la memoria con un hecho fatídico, no siempre lo recordamos íntegramente. No acuden a mi mente detalles del sepelio, ni de llantos de familiares. No retuve las imágenes de los cuerpos de las pequeñas víctimas. De ex profeso no escribo ‘cadáveres’, pues es una palabra horrenda para describir cuerpos de niños rozagantes agrupados en un aula de su jardín transformada en cadalso.
Maalót es hoy un símbolo como lo es Lídice. Nombres ambos de ciudades edificadas para la vida y condenadas por la muerte. Sus puntos en el mapa siguen vigentes, pero los vacíos de su historia no se rellenan con carreteras ni edificios, ni viviendas ni jardines. Probablemente un árbol, una placa sobria y un cantero de flores rodeadas por una reja decorativa configuren un respetuoso altar donde los seres humanos rebeldes a la infamia puedan detenerse a meditar.
Honro a los niños de Maalót con este humilde testimonio de dolor. Vivíamos en el mismo país donde nació mi primer hijo. Pudieron haber sido sus compañeros de juego, pude haberles sonreído y disfrutado. Los miles de años que nuestro pueblo aún vivirá, no serán suficientes para los minutos de silencio necesarios a los efectos de elevar una plegaria por sus almas.”
Este es hoy mi homenaje para ellos, ya no solo de padre, sino también de abuelo. El cuento forma parte de un libro de literatura ficción, no de Historia. Expresa los sentimientos y la sensibilidad propias de una narrativa usualmente esquiva a la precisión, diluida en el insondable inconsciente. Quien desee conocer los hechos más certeros del luctuoso acontecimiento, puede consultar la página de internet: Masacre de Ma’alot – Wikipedia, la enciclopedia libre https://es.wikipedia.org/wiki/Masacre_de_Ma%27alot
Iom Hazikarón (Día de la Memoria) 2019
07/May/2019