“Homo Deus” breve historia del mañana, del autor israelí Yuval Noah Harari

13/Feb/2017

La Diaria

“Homo Deus” breve historia del mañana, del autor israelí Yuval Noah Harari

El ancestro más reciente que compartimos los Homo sapiens
con los chimpancés vivió hace millones de años: si bien la primera divergencia
genética pudo ocurrir hace 12 millones, la subsiguiente hibridación acaso se
extendió hasta hace cuatro millones, momento en el que el registro fósil
contiene una serie de especies entre las que aparecen las primeras evidencias
de bipedalismo y uso de herramientas. A partir de entonces, el panorama se
complica y, en lugar del habitual (y erróneo) esquema de sucesión lineal,
ocurrió que diversas especies de primates que se apartaron genéticamente del
linaje que desembocaría en los chimpancés (y, por supuesto, de los aun más
alejados gorilas y orangutanes, junto a otras especies extintas de grandes
simios u homínidos) convivieron a lo largo de millones de años. Casi todas esas
especies se extinguieron, pero durante los últimos cientos de miles de años
llegaron a convivir por lo menos cuatro (o sea, de cuatro se tiene noticia) ya
incorporables al género Homo: la última en diferenciarse fue la nuestra, Homo
sapiens, que apareció en África entre 200.000 y 100.000 años atrás y compartió
el mundo con Homo neanderthalensis, Homo floresiensis, Homo denisovan y acaso
Homo heidelbergensis. La historia que sigue es simple: finalmente sólo quedamos
nosotros. Quizá el último de los otros humanos en desaparecer haya sido el
floresiense (hay indicios de que pudo haber sobrevivido hasta hace 12.000
años), pero, a la vez, investigaciones recientes han señalado que parte de
nuestro genoma proviene de esos humanos extintos. Así, después de una serie de
migraciones fuera de África, los sapiens nos encontramos y copulamos con los
neandertales, de manera que quienes descendemos de poblaciones eurasiáticas
llevamos marcas de esa hibridación (a su vez, los sapiens originarios de Nueva
Guinea, Australia y Filipinas conservarían genes de los denisovanos).
En cualquier caso, allí donde fueron los sapiens
desaparecieron no sólo los otros humanos sino también especies de mamíferos y
aves (la megafauna australiana es un buen ejemplo). ¿Coincidencia? Acaso los
sapiens desarrollamos algún tipo de ventaja o facilidad adaptativa: si bien se
sabe que los neandertales enterraban a sus muertos y habían accedido a cierta
tecnología de la piedra tallada, los sapiens dieron en cierto momento el
llamado “gran salto adelante”, consistente en la aparición del lenguaje
articulado y la cultura (sabemos ahora que muchos otros primates poseen también
formas de cultura, pero son rudimentarias en comparación con la nuestra). Y
ahí, más o menos hace 70.000 años, cambió todo. Fue una verdadera revolución
cognitiva, y pronto los sapiens empezaron a creer en grandes ficciones que
aportaron la manera de organizar hordas como tribus, y tribus como pueblos.
Hace unos 11.000 años, esa organización cristalizó con el descubrimiento de la
agricultura y la domesticación de animales como los perros y las vacas; el
cultivo de plantíos de especies vegetales como la papa y el trigo volvió
sedentarios a los antiguos nómades, que reemplazaron la economía de
cazadores-recolectores con una vida aun más pendiente de los ciclos de la
vegetación y las estaciones. Siguieron la aparición de las primeras ciudades y
luego la organización de grandes imperios, a la vez que la diversidad cultural
comenzaba a enfilarse hacia una forma de globalización y, hacia el siglo XVI de
nuestra era, estalló la revolución científica, seguida pocos siglos más tarde
por la revolución industrial. Hemos logrado reducir significativamente la
mortalidad infantil, desterrado un gran número de enfermedades infecciosas,
disminuido significativamente el impacto de las guerras (aunque este no es de
ningún modo desdeñable, en la actualidad hay más muertes por suicidio que por
conflictos bélicos), creado máquinas que van camino a reproducir o superar
nuestros procesos mentales, pisado la superficie de la Luna y etcétera. Es
cierto que la noción de “progreso” es complicada (sin ir más lejos, la vida de
un agricultor del año 900 no necesariamente era “mejor”, en cuanto a diversidad
alimentaria y calidad de vida, que la de un cazador-recolector de hace 50.000
años), pero pese a nuestras neurosis y ansiedades, y a los daños quizá
irreparables que causamos al ambiente y a otros animales (en particular, a
aquellos que nos comemos), los sapiens acomodamos el entorno a la medida de
nuestras necesidades, y modificamos el mundo de maneras que ninguna otra
especie había logrado jamás.
El libro De animales a dioses, publicado en 2011 por el
historiador israelí Yuval Noah Harari (nacido en 1976), cuenta esta historia en
más o menos 450 páginas; su secuela, Homo Deus, de 2015 y publicada en
castellano a fines del año pasado, proyecta la saga del Homo sapiens hacia el
futuro.
Nada de lo humano
Los libros de Harari no sólo son especialmente interesantes
por su atención a la macrohistoria y a las perspectivas más amplias, sino
también por su exposición de esas ficciones socializadoras en las que todos
creemos. Es fácil entender a qué se refiere: a los estados, las naciones, las
corporaciones, el dinero y los dioses, entidades que operan como realidades
intersubjetivas en las que creemos y nos “ayudan” a organizarnos colectivamente.
Atendiendo a la interacción entre esas ficciones, Harari concibe a la historia,
hasta mediados del siglo XX, como un pasaje de la hegemonía de las teocracias a
la de las religiones humanistas como la democracia liberal o el socialismo.
Pero, un momento, ¿“religiones humanistas”? Este es sin duda
uno de los puntos más interesantes del libro: Harari define a las religiones
como un sistema de normas y valores humanos que se fundamentan en la creencia
de un orden superior, y es fácil ver que el cristianismo, por ejemplo, postula
valores que nos implican a todos y que están justificados por un orden
sobrehumano. Pero el humanismo, entendido como “la creencia de que Homo sapiens
tiene una naturaleza única y sagrada, que es fundamentalmente diferente de la naturaleza
de todos los demás animales y de todos los otros fenómenos […], la cosa más
importante del mundo […], que determina el significado de todo lo que ocurre
en el universo, [de modo que] el bien supremo es el bien de Homo sapiens)”,
también se apoya, según Harari, en un presunto orden no pautado por los
humanos: el que los coloca en su posición de privilegio, en tanto no seríamos
nosotros los artífices de nuestra “esencia única” o de lo que sea que nos hace
especiales, sino que habría un orden superior causante de esa cualidad que
poseemos. Las variantes son, para Harari, tres: el humanismo liberal (que pone
el énfasis en la libertad individual y lo sagrado en la “voz interior” que
todos debemos escuchar: es el predicado por buena parte de la literatura y el
cine, y de ahí viene el “sé tú mismo” de Hollywood), asociado con el
capitalismo, el socialista (que pone el énfasis en lo colectivo y en las
instituciones, y el valor fundamental, en la igualdad) y el evolutivo, que
admite que la humanidad es una especie mutable y se propone evitar la
“degeneración”, a la vez que promover la evolución hacia lo superhumano (en
tanto esa capacidad de progreso sería esencial o inherente a la especie y por
tanto debe ser sacralizada).
La ciencia, en rigor, no reconoce (o cada vez reconoce
menos) esencia alguna ni sacralidad: la conciencia (salvo que tengamos fe en
dualismos, en el “alma” o en el “espíritu”) ha de explicarse desde la
interacción de las neuronas y, por lo tanto, toda actividad humana es la
expresión de un número de algoritmos (procedimientos paso a paso). No hay,
acaso, un “algo más”, un “fantasma en la máquina”: no hay libre albedrío ni
tampoco un sujeto que experimenta el mundo, sino apenas máquinas que funcionan
o dejan de hacerlo. Siri -el programa de Apple- y yo somos básicamente lo
mismo, salvo que yo soy un poco más complejo; pero démosle tiempo a Siri. Y a
Google. Y al algoritmo de Amazon que sabe qué discos y libros me gustan y que
tarde o temprano le compraré.
¿Futuro (im)perfecto?
¿Qué pasa con el futuro, entonces? Harari señala que estamos
a punto de ser capaces de modificar nuestros propios genes, no sólo para vencer
definitivamente a ciertas enfermedades, sino incluso para extender la vida y
aumentar todas nuestras posibilidades. ¿Por qué no hacerlo, en última
instancia? ¿Por qué no pasar de curar las enfermedades a prevenirlas
definitivamente, a desterrarlas, a vivir indefinidamente? La tecnología puede
estar allí: ya se trate de modificaciones genéticas o de nanobots que recorren
nuestra sangre matando células defectuosas, no sería nada nuevo, ni a nivel de
investigación real ni, mucho menos, a nivel de especulación de escritores de
ciencia ficción (basta con leer, por ejemplo, Música en la sangre -1985-, el
clásico de Greg Bear); pero, notoriamente, esa criatura amortal (no inmortal,
en tanto siempre será vulnerable a accidentes o a la violencia), mitad
biológica y mitad cibernética, o toda cibernética, o apenas algoritmos en la
red (en oposición a algoritmos en organizaciones de neuronas y otras células,
cosa que ya somos), ya no será humana.
O, en cualquier caso, si nuestras inteligencias artificiales
pasan a controlar el mercado y la economía, a administrar los territorios y a
presidir un mundo completamente globalizado (el imperio definitivo), ¿qué
pasará con los humanos de carne y hueso? Quienes tengan los medios podrán ser
mejorados, digamos, pero ¿qué pasará con los otros?
Harari se plantea estas preguntas y no ofrece una respuesta
única; su enfoque es más descriptivo que normativo, y está más preocupado por
los relatos que nos proponemos para abordar los problemas; así, distingue (en
buena parte de Homo deus) dos religiones poshumanistas: el “dataísmo”, que
“sostiene que el universo consiste en flujos de datos, y que el valor de
cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al
procesamiento de datos”, y el “tecnohumanismo”, una suerte de variante
conservadora del pensamiento poshumano, que propone cuidar o mejorar la especie
atendiendo a valores que podrían ser compartidos por el humanismo: “mejorar la
mente humana y darnos acceso a experiencias desconocidas”. Sin embargo, propone
que este “tecnohumanismo” implica una contradicción, en tanto “considera que la
voluntad humana es lo más importante del universo, de modo que impulsa a la
humanidad a desarrollar tecnologías que puedan controlar y rediseñar nuestra
voluntad […], pero cuando dispongamos de dicho control, el tecnohumanismo no
sabrá qué hacer con él, porque la sagrada voluntad humana se convertirá
simplemente en un producto de diseño más”.
No son pocas las críticas o preguntas que cabría hacerle a
Harari, pero sus libros provocan el pensamiento como pocos. Mientras los viejos
humanistas debaten sobre el rol de las humanidades en el tercer milenio y
siguen siendo incapaces de acercarse a la ciencia, es reconfortante saber que
hay pensadores -como este historiador israelita que no sólo son capaces de
plantearse las preguntas más urgentes, sino que también saben extender el
panorama de posibilidades que permitirá pensar en respuestas. Y hacerlo,
además, de una manera deliciosamente ágil y amena, a juzgar por lo que podemos
leer en De animales a dioses y Homo Deus. Sin duda, entonces, estos libros de
Harari son de lectura obligada para cualquier persona interesada en hacer algo
más que -por citar una fórmula en boga- desestimar las redes sociales porque
dan a cualquiera la posibilidad de decir cualquier tontería (como si viviéramos
en un mundo donde el significado operara de la misma manera que en los tiempos
de Karl Marx), y ponerse de verdad a pensar.