Se está desarrollando una
lucha existencial en el mundo árabe. Pero, ¿es nuestra o suya? Antes de que
incrementemos la acción militar en Irak y Siria, se necesita responder esa
pregunta.
Lo que más me inquieta
con respecto a la decisión del presidente Obama de comprometerse nuevamente en
Irak es que, se siente como si lo estuviera haciendo en respuesta a algunos
temores deliberadamente exagerados -miedo engendrado por vídeos de YouTube de
la decapitación de dos periodistas estadounidenses- y miedo a que el Estado
Islámico esté llegando a un centro comercial cercano. ¿Cómo empezamos a sentir
miedo otra vez tan rápidamente? ¿Acaso no construimos un Departamento de
Seguridad Nacional?
No estoy descartando al
Estado Islámico. Obama está en lo correcto en que el grupo necesita ser
degradado y destruido. Sin embargo, cuando se actúa guiado por el temor, no se
piensa estratégicamente y se pasa volando por encima de cuestiones esenciales,
como por qué Irán, de fe chiita, que contribuyó a desatar toda esta rebelión
sunita en Irak, está desdeñando siquiera coordinarse con nosotros, al tiempo
que Turquía y algunos estados árabes están fijando límites sobre su
participación.
Cuando leo eso, pienso
que Nader Mousavizadeh, quien codirige la empresa de consultoría global Macro
Advisory Partners, está en lo cierto al decir «Cuando se trata de
intervenir en la lucha existencial del mundo árabe, nosotros tenemos que
detenernos y preguntarnos por qué tenemos tal desafío para convencerlos de
ayudarnos a salvarlos a ellos».
Así que antes de que nos
metamos más profundamente, formulemos algunas preguntas radicales, empezando con:
¿Qué tal si no hiciéramos nada? George Friedman , el presidente de Stratfor,
sacó a colación esta idea en su reciente ensayo en Stratfor.com, «La
virtud de la sutileza». Ahí nota que la insurrección de Estado Islámico
era la repercusión inevitable de los sunitas a haber sido despojados
brutalmente de poder y recursos por los gobiernos chiitas a favor de Irán y
milicias en Bagdad y Siria. Pero después, pregunta: «¿Es el Estado
Islámico realmente un problema para Estados Unidos? El interés estadounidense
no es la estabilidad sino la existencia de un dinámico equilibrio de poder, en
el cual todos los actores estén paralizados efectivamente para que, de esta
forma, no surgiera nadie que amenace a Estados Unidos. Sin embargo, el
principio del equilibrio de poder no significa que se debe mantener el
equilibrio de manera directa. Turquía, Irán y Arabia Saudita tienen mucho más
en juego en esto que Estados Unidos. Mientras crean que Estados Unidos
intentaría controlar la situación, es perfectamente racional que ellos den
marcha atrás y observen, o actúen al margen, o incluso que obstaculicen a los
estadounidenses. Estados Unidos debe convertir esto de un equilibrio de poder
entre Siria e Irak a un equilibrio de poder entre este trío de potencias
regionales. Tienen mucho más en juego y, en la ausencia de Estados Unidos, no
tienen más opción que involucrarse. No pueden quedarse parados viendo el caos
que pudiera extenderse a ellos».
Por eso, concluye, la
mejor estrategia estadounidense descansa en que «hagamos tan poco como sea
posible y obliguemos a las potencias regionales a entrar a la refriega, después
mantener el equilibrio de poder en esta coalición». No estoy seguro, pero
vale la pena debatirlo.
Aquí hay otra pregunta:
¿Sobre qué es realmente esta guerra? «Esta es una guerra por el alma del
islam: eso es lo que diferencia a este momento de todos los demás»,
argumenta Ahmad Jalidi, académico palestino asociado con el St. Antony`s
College, en Oxford. A continuación la razón de esto: Durante varias décadas,
Arabia Saudita ha sido el principal financiador de las mezquitas y escuelas a
lo largo del mundo musulmán que promueven la versión más puritana del islam,
conocida como salafismo, el cual es hostil a la modernidad, las mujeres y el
pluralismo religioso, o siquiera el pluralismo islámico.
El financiamiento saudita
para estos grupos es un producto derivado del acuerdo del gobierno allá entre
la familia al-Saud y su cúpula de religiosos salafistas, conocida como
wahabitas. A la familia al-Saud le toca gobernar y vivir como le plazca detrás
de muros, en tanto los wahabitas terminan propagando el islam salafista tanto
dentro de Arabia Saudita como a lo largo del mundo musulmán, usando la riqueza
petrolera de los sauditas. En efecto, Arabia Saudita está ayudando a financiar
tanto la guerra en contra de Estado Islámico como la ideología islámica que
crea miembros de Estado Islámico.
Hay decisiones que deben tomarse con calma
22/Sep/2014
El País, Que Pasa, Thomas L. Friedman, The New York Times