Fantasma de la guerra resurge

25/Oct/2012

El País, Uruguay, Claudio Fantini

Fantasma de la guerra resurge

CLAUDIO FANTINI | LA BITÁCORA
Damasco empieza a arrastrar al Líbano hacia su infierno. Quizá el presidente sirio Bashar Asad calcula que hundiendo al vecino en su propio conflicto, el régimen que lidera tendrá más posibilidad de sobrevivir. Por eso el fantasma de la guerra civil ha vuelto a sobrevolar el país de los cedros.
Ese fantasma evoca la guerra civil en la que las etnias del mosaico libanés combatieron durante quince años. Marcando el fin de la estructura de poder que había dejado el colonialismo francés, entre 1975 y 1990 la milicia de la Falange maronita y el ejército de mayoría sunita combatieron entre sí y contra los refugiados palestinos, la milicia chiíta Amal, que comandaba Nahib Berri antes del surgimiento del Hizbolá, y el ejército del líder druso Walit Jumblat que defendía su bastión en el valle de la Bekaa.
Aquel conflicto, que agregó al diccionario político la palabra «libanización», podría reaparecer.
La señal más contundente fue el atentado que mató a Wissam al Hassan, el jefe de Inteligencia que acusó a Damasco de haber asesinado, usando a Hizbolá como ejecutor, al primer ministro Rafic Hariri, uno de los mentores de la retirada siria del Líbano.
Por eso la muerte del general Al Hassan hizo que sunitas y maronitas señalaran inmediatamente a los archienemigos que tenían tanto Hariri como el jefe de Inteligencia. Y como el actual gobierno del primer ministro Nayib Mikati es una coalición que incluye a Hizbolá, el frágil equilibrio político comenzó a resquebrajarse.
Desde que el régimen sirio quedó bajo fuego rebelde, las etnias del mosaico libanés toman posiciones a favor de uno u otro bando.
Los cristianos quedaron divididos: los maronitas apoyan la rebelión pero los otros grupos cristianos, igual que sus parientes en Siria, están con el régimen alawita.
Sucede que los alawitas también son una minoría frente a la mayoría sunita, que en 1982 se levantó contra Hafez Asad y ahora contra el hijo.
Por cierto, los sunitas libaneses apoyan la rebelión, mientras que los chiítas, liderados por el jeque Hassan Nasrala, mantienen la alianza iniciada cuando Hafez Asad logró que los alawitas fuesen considerados una rama del chiísmo.
La alianza se fortaleció al formarse el eje chiíta Irán-Siria-Hizbolá, por el cual los chiítas libaneses reciben armas de Damasco y Teherán.
Esas armas parecen ansiosas por reiniciar la guerra que se detuvo en 1990.