Conferencia pronunciada en el Instituto Maimónides, en ocasión del acto conmemorativo del 521º Aniversario del Edicto de Expulsión de los Judíos de España Comunidad Israelita Sefaradí del Uruguay
(Ruperto Long, 11 de abril de 2013)
Sr. Cónsul General de España don Eduardo de Quesada,
Sres. Representantes de la Embajada de Israel en el Uruguay,
Sres. Legisladores,
Sres. Ministros del Tribunal de Cuentas de la República,
Sres. Integrantes de la Institución de Derechos Humanos del Uruguay,
Sr. Presidente y autoridades del Comité Central Israelita del Uruguay,
Sr. Presidente de B’Nai B’Rith Uruguay,
Sr. Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay,
Sr. Presidente del Instituto Yavne,
Finalmente -los dueños de casa-: Sres. Presidente Ing. Samuel Cañas, Vicepresidente don Nelson Doño y autoridades de la Comunidad Sefaradí del Uruguay,
Estimadas amigas y amigos,
Agradezco a los amigos de la Comunidad Israelita Sefaradí del Uruguay por haberme invitado como expositor a este evento tan importante que realizan todos los años, recordando la fecha de un hecho trágico que -sin embargo- los sefaradíes recuerdan puntualmente, no desean olvidar. Que se realiza, además, en un Centro que lleva el nombre de Maimónides, un sefaradí que fue un gigante de la razón y de la fe, a escala universal. Y ello me da pie para introducirme en el tema.
Como habrán visto, el título de mi presentación posee un cierto aire proustiano: nos habla de la búsqueda de un tiempo que fue y una oportunidad que se perdió, y que sin embargo queremos recuperar.
Comienzo diciendo que, en mi opinión, la multiculturalidad es un valor altamente positivo de una sociedad. Es un factor que contribuye a su desarrollo, a su avance, en todos los campos. Es lo que hemos visto producirse en toda América, con nuestro país en lugar destacado, como punto de encuentro de las culturas más diversas. Lo que se conoce en la literatura anglosajona como melting pot. Y es lo que acontecía en la España del siglo XV, ya lo veremos.
Por el contrario, los periódicos intentos de establecer la homogeneidad, de buscar la uniformidad a rajatabla al interior de una sociedad, por motivos políticos, religiosos, económicos o sociales, como ha sucedido tantas veces a lo largo de la historia, solo han provocado tragedias y conducido al rezago de dichas sociedades.
Por ejemplo, es lo que acontece hoy en varios países musulmanes, donde se busca imponer mediante leyes esencialmente ilegítimas –porque violan derechos esenciales de los seres humanos- una religión única, un pensamiento único e, incluso, una forma única de vivir.
La combinación de culturas enriquece, hace crecer; la uniformidad aplasta, empequeñece, disminuye. Porque solo lo vulgar se parece a todo.
Vayamos ahora a la realidad de la España del siglo XV.
Nos encontramos con una sociedad en cuya construcción participaban personas de muy diversos orígenes. Uno de los grandes arquitectos de la segunda mitad del siglo, quien jugó un rol fundamental en la edificación de la Catedral de Burgos, joya de la arquitectura universal, emplazada en la ciudad que era –ni más ni menos- la Cabeza de Castilla, fue el arquitecto alemán Hans, de Colonia. Otra de las figuras de mayor relevancia en el ámbito cultural era el artista Gil de Siloé, original de Flandes, del cual se dice que tenía raíces judías y cuyo verdadero nombre era Abraham. El principal impresor de la época era Fadrique de Basilea, de origen suizo germánico. El tesorero de la Reina Isabel – además de importante agente comercial y financiero-, era Isaac Abravanel, quien luego sería padre del filósofo León Hebreo. Aún ciertas figura polémicas dan cuenta de este cruce cultural. Salomón ha-Levi, destacado rabino e intelectual, citado por Tomás Moro en su obra, se convirtió al catolicismo con el nombre de Pablo de Santamaría en 1390, a los 40 años de edad, llegando a ser obispo de Burgos. Al igual que sus hijos Alonso y Gonzalo de Cartagena, luego obispos de Burgos y Plasencia. Estos sucesos generaron polémica por ambas partes: los judíos por la conversión del rabino Salomón Levi, y los cristianos porque en determinado momento al frente de la Iglesia Católica de Burgos, que era la Caput Castellae, se encontraban un ex rabino y sus dos hijos (Isaac Rilova Pérez – burgalés, Doctor en Historia y gran amigo- nos brinda detallada información en su obra Burgos en la primera mitad del siglo XV). Incluso numerosos historiadores aseguran que la madre de Fernando de Aragón, Juana Enríquez, y por lo tanto él mismo, descendían de judíos convertidos al catolicismo en el siglo XIV.
Un párrafo aparte merece el matemático y astrónomo Abraham Zacut, autor en 1478 de Compilación Magna (originalmente escrita en hebreo), obra que resultó esencial para la navegación atlántica. Se ha dicho que la gran figura salmantina universitaria en estas disciplinas hasta 1492 fue Abraham Zacut (Adelaida Sagarra Gamazo, Catedrática de la Universidad de Burgos y apreciada amiga, en su obra Los Colón y Burgos).
Precisamente, otro buen ejemplo lo constituyen los viajes de descubrimiento y rescate, comenzando por los del propio Cristóbal Colón, en los cuales tomaron parte –tanto en proveer conocimientos científicos como recursos económicos, así como del propio viaje-, numerosos judíos. Los nombres de Alfonso de la Cavallería (vicecanciller de Aragón en 1484), Luis de Santángel, Cristóbal de Haro, Isaac Abravanel y el ya mencionado Abraham Zacut, permanecerán para siempre asociados a los viajes colombinos e incluso, años después, a la Armada de la Especiería.
Y así podríamos seguir, ad infinitum. En definitiva, la presencia judía y, más en general, la presencia de diversas culturas en la España del siglo XV era por demás relevante.
Sin duda, una de las razones por las cuales en la segunda mitad del siglo XV la naciente España -a pesar de que recién comenzaba a consolidarse-, ocupaba una posición de primer orden en el ámbito mundial, era su capacidad para asimilar e integrar el aporte de las más diversas culturas.
Muy lejos estamos de plantear un panorama idílico. Por el contrario, los enfrentamientos étnicos y religiosos eran frecuentes, y muchas veces con consecuencias trágicas. En particular, desde finales del siglo XIV es notorio el incremento de los mismos. Pero si miramos esa realidad con perspectiva histórica, recordando que nos encontrábamos aún en plena Edad Media, y la comparamos con las barbaries que acontecieron en los siglos posteriores, muchas veces en naciones entre las más desarrolladas del planeta, incluso a lo largo del propio siglo XX, no podemos menos que mirar con particular respeto la sociedad que -a pesar de sus claroscuros- se estaba construyendo entonces en el Reino de España.
Así las cosas llegamos al 31 de marzo de 1492, día infausto si los hay.
Ese día los reyes Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla firmaron el Edicto de Granada o Decreto de la Alhambra, por el cual se obligaba a todos los judíos a convertirse al catolicismo o ser expulsados, con término el 10 de julio de 1492. Luego se extendió este plazo hasta el 2 de agosto a las doce de la noche, fecha que coincidió con la partida de Cristóbal Colón. Esta coincidencia ha contribuido, entre otros hechos, a dar pie a la teoría del origen judío de Colón expuesta, entre otros, por Salvador de Madariaga, Miguel de Unamuno y Simon Wiesenthal. El texto del Edicto se basaba en un borrador elaborado por Tomás de Torquemada, Inquisidor General en España.
Mucho se ha escrito sobre las causas que motivaron esta funesta decisión y no es mi intención extenderme al respecto en esta ocasión.
No hay duda que los Reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castila jugaron un rol preponderante en la construcción de España, y en hacer de la misma uno de los primeros estados modernos que se conocieron. Para ello tuvieron que enfrentar a nobles y señores feudales que aspiraban a mantener sus privilegios, así como a los sectores más conservadores del clero que no se resignaban a perder su inmenso poder terrenal. Más aún, durante reinado de Fernando (Isabel ya había fallecido) se aprobaron las Leyes de Burgos de 1512 que procuraban establecer un sistema más justo de relación con los habitantes nativos de América. Incluso en las Capitulaciones que se otorgaban en favor de capitanes que dirigían las empresas de descubrimiento y rescate (con excepción de la correspondiente al primer viaje de Colón), los Reyes procuraron evitar que se reprodujera un sistema feudal en América –política en la que jugó un rol preponderante el gestor de la Corona para asuntos indianos y obispo de Burgos Juan de Fonseca-, lo que condujo a enfrentamientos con los Colón y luego con Magallanes, entre otros. Todas estas acciones generaron un ambiente levantisco, y fueron frecuentes los alzamientos contra los propios Reyes y sus más cercanos seguidores. Baste recordar que a la muerte de Fernando, acontecida de manera sorpresiva en Madrigalejo el 23 de enero de 1516, se sucedieron levantamientos en diversos lugares de la península, varios de los cuales desembocaron en ataques violentos a personas cercanas al Rey. Es decir: Fernando e Isabel implementaron importantes cambios en la sociedad de su tiempo, pero ello les valió el ganarse poderosos enemigos.
¿Fue el Edicto, acaso, una pretendida concesión a los sectores más reaccionarios de la sociedad hispana de la época? No lo sabemos a ciencia cierta, pero son innegables las presiones del Inquisidor General Tomás de Torquemada, confesor personal de la reina de Castilla y ferviente enemigo de la presencia judía en la península -quien propuso varias veces a los Reyes Católicos considerar su expulsión-, así como de la nobleza que veía en el ascenso de los exitosos empresarios judeo-españoles un creciente riesgo para sus intereses, ya de por sí amenazados por los propios Reyes.
Sea como fuere, y para su desdicha, el Edicto de Granada fue firmado por Fernando e Isabel, poniendo una mancha a su foja de servicios al Reino.
Algunas personas cercanas a los Reyes intentaron revertir la decisión. Entre otros, el ya mencionado tesorero personal de los Reyes don Isaac Abravanel. Los Católicos ofrecieron a Abravanel y a su familia garantías y protección para quedarse. Sin embargo, prefirió partir junto con sus compatriotas al exilio. Lo que lo llevó a un largo peregrinar: Nápoles, Sicilia, Corfú y norte de África, para finalmente fallecer en Venecia.
Esta infausta decisión arrojó muy desdichadas consecuencias.
En primer lugar para los sefaradíes, quienes consideraban legítimamente España como su propia tierra. Como ya hemos ilustrado mediante algunos pocos ejemplos, los sefaradíes habían contribuido en primera línea a la construcción social, económica y cultural de la España del siglo XV. Era su casa, y fueron expulsados de la misma de manera brutal. Muchos hechos testimonian el desgarro producido en esos hombres y mujeres al verse obligados a abandonar Sefarad. Quizá el más emocionante: conservaron las llaves de sus casas pensando en regresar o, al menos, para sentirse más cerca ese hogar destruido.
Debemos decir, además, que esta expulsión no constituyó un hecho aislado. Desde el siglo XIII al XVI, fueron muchos los países europeos que expulsaron a sus judíos. España fue precedida por Inglaterra, Francia, Alemania, Austria y Hungría, entre otros, y fue sucedida por al menos cinco expulsiones más en el siglo siguiente. Con gran pesar como cristiano, debo decir que estas expulsiones se produjeron –por lo general- en países en que la mayoría de su población profesaba esta religión.
Pero además debemos decir que esta decisión tuvo consecuencias desdichadas para la propia España. Al optar por la búsqueda de la homogeneidad, España perdió una extraordinaria oportunidad.
El subsiguiente empobrecimiento en diversos campos –el científico, por ejemplo-, fue notorio. Por el contrario, otras naciones se beneficiaron de la presencia de los judíos sefaradíes, entre las cuales Flandes, algunas regiones de Italia y, sobre todo, el Imperio Otomano. El sultán Bayaceto II permitió el establecimiento de los judíos en todos los dominios de su imperio, enviando navíos de la flota otomana a los puertos españoles y recibiendo a algunos de ellos personalmente en los muelles de Constantinopla, como consta en una pintura de la época llamada La bienvenida. Es célebre su frase: «Aquellos que les mandan pierden, yo gano».
Sin embargo, para mí lo más extraordinario de esta historia, es que no termina aquí. Podríamos decir que a partir de ese momento los sefaradíes escriben en el gran Libro de la Historia Universal una verdadera epopeya, que convoca a admiración.
Obligados a dejar sus hogares de un día para otro y a dividir su comunidad entre variados destinos (Portugal, Navarra, Flandes, norte de África, Italia, Turquía, Grecia, América, entre otros), muchas veces vueltos a expulsar de su nuevo país adoptivo (como Portugal, cinco años después), sin embargo nunca renunciaron a sus raíces hispánicas, a su original cultura e, incluso, a su lengua.
Resulta imposible traducir en palabras el asombro que me produce esta proeza, difícil de emular en los anales de la humanidad. El exilio forzoso, que tantas veces trajo a nuestras costas americanas ciudadanos de las más diversas procedencias, y que otras tantas veces tuvimos que padecer a través de la partida de mujeres y hombres de nuestros países rumbo a otros destinos, cuando se prolonga por más de una o -a lo sumo- dos generaciones, va transformando el recuerdo de la patria perdida en una referencia afectuosa que se va diluyendo con el paso del tiempo. El idioma de destino va sustituyendo de manera inexorable la lengua madre, y se adquieren nuevos hábitos y costumbres. En definitiva, una nueva cultura.
En cambio, aquí nos encontramos con un pueblo que elige conservar su cultura, preservar su idioma y no renunciar a su patria. Aunque solo pueda mantenerla viva en su corazón.
Con el correr del tiempo, la humanidad va recibiendo noticias de lo que ha sucedido con esa diáspora de Sefarad.
Y así sabemos que León Hebreo, expulsado de Portugal, es el autor de los Diálogos de amor, obra que tuvo clara influencia en Garcilaso de la Vega, Camoens y Montagne, y que aparece citado a texto expreso por Cervantes en su Don Quijote -«Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de lengua toscana toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas»-, era sefaradí.
Que Baruch de Spinoza, uno de los tres grandes filósofos de su tiempo, junto a Descartes y a Leibnitz, había nacido en Amsterdam, pero era sefaradí.
Que José Penso de la Vega fue un gran escritor, que lo hacía en castellano y en hebreo, que hasta hoy se discute su lugar de nacimiento, pero lo que sí sabemos fuera de toda discusión, es que era sefaradí.
Que el “cante jondo”, quizá uno de los géneros musicales más originales y conmovedores, luego devenido en el popular flamenco, reconoce –entre otras influencias- la música sefaradí.
Y así podríamos seguir y seguir, hasta llegar a numerosos compatriotas uruguayos de inmenso prestigio, entre quienes me permito nombrar a los médicos Víctor Soriano (neurólogo, y astrónomo aficionado –tenía un observatorio en Buenos Aires y Alzáibar-), y Moisés Mizraji (reumatólogo, el Instituto Nacional lleva su nombre), además de otros queridos amigos que hoy nos acompañan.
Y recordar esa “pequeña Sefarad” instalada en el corazón de nuestra emblemática Ciudad Vieja, con ese peculiar acento en su decir, los aromas inconfundibles, la música de los “tañedores”, y esos mojones inolvidables como el Café de Antica, el Café Colón, el Café de Batino o el Almacén del Bojorito.
En definitiva: 521 años después, a pesar de todos los pesares, a pesar de los terribles crímenes padecidos en estos cinco siglos -con el Holocausto en primer lugar-, tenemos comunidades sefaradíes vigorosas en numerosos países, felizmente uno de ellos el Uruguay, que totalizan varios millones de personas, quienes lejos de renunciar a su propia cultura, la han mantenido y fortalecido con el transcurso del tiempo.
Más aún, tal vez las raíces que quedaron en España sean más fuertes de lo que se supone: estudios recientes publicados en el American Journal of Human Genetics, nos informan que un 20% de la población española actual (uno de cada cinco habitantes) tiene características propias de los judíos sefaradíes.
Numerosos libros ilustran o se refieren a esta epopeya.
Para mencionar solamente algunos, baste recordar el impresionante La gesta del marrano, de Marcos Aguinis, que relata la vida de Francisco Maldonado da Silva y su trágico final en Lima, Mi nombre es Jamaica, de José Manuel Fajardo (muy elogiado por Rosa Montero, quien lo destaca en su selección de libros El amor de mi vida), y Re-Spectus de María Teresa D’Auria (católica fervorosa y admiradora del judaísmo, quien propone un punto de encuentro entre Judaísmo y Cristianismo).
Es en ese contexto que en noviembre del año pasado, el Gobierno de España -a través de su Ministro de Justicia y de su Canciller- anunció en el Centro Sefarad-Israel en España, que los judíos sefaradíes que así lo deseen podrán acceder a la nacionalidad española, vivan donde vivan, así como su cónyuge y sus hijos menores, para lo cual deberán presentar un certificado de la Federación de Comunidades Judías de España que acredite su origen. El Presidente de dicha Federación, al hablar en la ceremonia, dijo que “es el reconocimiento de un derecho” y que responde a un “estado de opinión y sentimientos mayoritario en la sociedad española”. Por su parte, el Ministro de Justicia Ruiz Gallardón (descendiente de quien fuera Embajador español en Budapest durante la Segunda Guerra, y que contribuyera con los recordados “visados para la libertad” a salvar la vida de numerosos judíos) expresó: “aquellos que llevaban a España en su corazón y en sus costumbres van a ser de pleno derecho lo que siempre han sido: españoles”.
Hemos seguido con atención las reacciones a esta decisión, tanto a nivel público como las que se manifiestan a través de blogs y comentarios en la red. Debo decir –con satisfacción- que la inmensa mayoría de los españoles manifiestan su alegría por esta decisión. Alegría que va a acompañada de un cierto alivio, al ver que se procura comenzar a cicatrizar la herida provocada en un momento oscuro de su historia (como los hay en la historia de toda nación, la nuestra incluida). Alegría que va unida a un sincero afecto y un reconocimiento no menor, que se sintetiza en la expresión: ellos son tan españoles como nosotros. La verdad, emociona.
Pero también observo en este caso la aparición de reacciones minoritarias –que también he visto en otros casos y en otros países-, que demuestran lo que me atrevo a llamar un neo-antisemitismo ideológico. Es decir: si no estoy de acuerdo con las políticas del Estado de Israel en relación al Medio Oriente –porque considero su gobierno de derecha, o porque tiene una estrecha relación con Estados Unidos, o por lo que sea-, me considero con el derecho a justificar cualquier acto de agresión que sufra el pueblo judío, en la actualidad o a lo largo de la historia, la expulsión de España incluida, por supuesto. Y digo que se trata de una nueva forma de antisemitismo de raíz ideológica, porque no se basa en los prejuicios raciales y religiosos, o en la ignorancia, como en el pasado, sino que pretende vestirse con una justificación de signo ideológico. Por otra parte, a diferencia de las expresiones racistas de las últimas décadas, provenientes de la extrema derecha, en este caso las manifestaciones provienen del otro extremo y pretenden basarse en una cierta actitud progresista. Amenaza doblemente peligrosa. Cuando uno lee estos mensajes, en verdad, asustan.
En definitiva: estamos aquí ante una oportunidad que no debe ser desaprovechada.
Una oportunidad de demostrar que, a pesar de todos los pesares y de tanto tiempo transcurrido, la tolerancia y el reconocimiento de lo que tenemos en común termina triunfando sobre los prejuicios y la mediocridad.
Nuestro país, con una larga tradición de apoyo al pueblo judío y al Estado de Israel, así como a la paz en el Medio Oriente y a la convivencia de todos los pueblos que allí habitan –tradición que no puede ser abandonada, lo digo hoy y lo he dicho en cada ocasión en que tenido la oportunidad de hacerlo-, debería colaborar con su grano de arena en la instrumentación de esta iniciativa.
No podemos ni debemos olvidar que a comienzos del siglo XXI al pueblo judío se le sigue negando por muchos lo que es un derecho humano esencial: a tener su propia patria y a vivir en paz con sus semejantes.
Tal vez sea el momento que en este mundo en que la intolerancia sigue campeando y en el cual el pueblo judío sigue siendo blanco de ataques incalificables, el Reino de España y la Comunidad Sefaradí en el mundo, que también es España, comiencen a salvar ese océano que los ha separado durante demasiado tiempo.
En definitiva, reencontrar una oportunidad perdida hace más de cinco siglos.
Y parafraseando las palabras de don Miguel de Unamuno -él mismo un opositor al antisemitismo-, al volver a dar clases luego que la dictadura de Primo de Rivera se lo prohibiera por seis años, digamos simplemente, 521 años después: “Decíamos ayer…”. Decíamos ayer.
Muchas gracias.
“En busca de una oportunidad”
19/Abr/2013
Ruperto Long, Conferencia en ocasión del 521º Aniversario del Edicto de Expulsión de los Judíos de España en la Comunidad Israelita Sefaradí del Uruguay