El libro, como elemento
transmisor y depositario de conocimiento, fue considerado por Alejandro Dujovne
como «la patria portátil» del judaísmo, en un reciente ensayo donde
analiza la relación histórica entre esa cultura y los libros como elementos que
preservan y custodian su historia y tradiciones.
Dujovne acaba de publicar
Una historia del libro judío (Siglo Veintiuno) donde desarrolla aspectos de la
cultura judía argentina a través de una fuerte industria editorial que
atraviesa al sector que incluye a autores, editores, traductores, imprentas y
bibliotecas.
El autor señala que
«Mahoma definió a los hebreos y cristianos como «pueblos del libro»»,
y se hizo eco de una idea de Heinrich Heine, quien señaló que la Torá (el libro
sagrado hebreo con sus 613 preceptos) es su «patria portátil» porque sostiene
una relación estrecha entre este pueblo y los libros».
Para explicar el auge de
la industria editorial judía en la Argentina, el autor asoma, primero, a una
explicación sobre el vínculo de esa cultura y los libros y remite esa relación
a los sucesivos exilios del pueblo judío desde la destrucción del segundo
templo de Jerusalén.
La Torá y el Talmud, que
reúne la interpretación bíblica, funcionaron como organizadores del judaísmo,
pero la destrucción del templo produjo, según Dujovne, una disociación entre
los centros de estudios y el conocimiento.
«La ruptura de la
estrecha relación entre lo religioso y el texto se produjo cuando Yohanan Ben
Zakai escapó y pactó con los romanos crear un nuevo centro de estudios en
Yavné», consideró.
«Este hecho
independizó el saber con lo sagrado y dio paso a lo simbólico, a través del
hecho histórico que produjo la diáspora y la transmisión del conocimiento a
través de los libros. De ahí el concepto de `la patria portátil`»,
redondeó Dujovne.
El autor explicó que
«el principio de autoridad se trasladó al conocimiento ante la ausencia de
territorio propio. Con el ingreso de los judíos a la modernidad, entre los
siglos XVIII y XIX, el estudio y la sabiduría se convirtieron en rasgos muy
valorados», hechos que excedieron a rabinos y eruditos para trasladarse,
también, a intelectuales seculares y laicos.
Esta nueva categoría de
personas logró alcanzar un poder social sustentado en el conocimiento, que se
extendió más allá de las barreras de los guetos porque las sociedades modernas
se consideraron más abiertas y lo entendieron como un nuevo proceso de
integración.
La palabra impresa jugó,
entonces, un rol fundamental en las nuevas formas de la expresión judía y de
su reasentamiento social: «Por eso la experiencia judía moderna es
impensable sin la palabra escrita», afirmó Dujovne.
Respecto al judaísmo que
se instaló en el país a fines del siglo XIX, dijo que «Buenos Aires fue un
fiel reflejo de esa fiebre de religión y conocimiento proveniente de una gran
corriente inmigratoria que en la que el libro ocupó un lugar clave en la vida
cultural y el proceso de integración social al país».
La producción de libros
de temas o autores judíos tuvo «una oferta impresa destacada frente a lo
realizado por otras comunidades más numerosas como la italiana o la española, y
abarcó una notable diversidad de variaciones culturales y tendencias
ideológicas».
Dujovne consideró como
«libro judío a toda obra publicada por un sello especializado en temas
judíos, en idish, castellano o hebreo, o que en relación a la temática o
autor, fuera considerada por& escritores
y activistas políticos o culturales judíos como tal».
Además, situó como inicio
de esta ola de producción en Argentina el año 1919, «con la primera
traducción al castellano y publicación en forma de libro de un texto en idish
(`Los cabalistas` de I. L. Peretz) que se extiende hasta mediados de la década
de 1970, cuando comienza a percibirse un declive de esos proyectos
editoriales».
Sin embargo, indicó el
autor, «Buenos Aires siempre fue un poderoso centro editorial que
cuestionó la idea de integración de los inmigrantes del siglo XIX» al
recordar que este tipo de producciones atentaban contra la idea liberal del
«crisol de razas», orientada a mezclar las identidades, fundirlas
para crear un ser nacional único.
El sostenimiento de la
cultura de las minorías étnicas inmigrantes a la Argentina permitió, y
permite, que cada una de esas comunidades aporte a la cultura nacional desde su
sabiduría particular, conocimiento y formas de mirar el mundo.
Alberto Gerchunoff,
Samuel Eichelbaum, Bernardo Verbitsky; las traducciones de Salomón Resnik;
editores como Manuel Gleizer o el semanario Mundo Israelita, entre otros,
hablan de esa inserción y fuerza de la palabra de una comunidad que a través de
ríos de tinta y toneladas de papel utilizado aporta su conocimiento y
sensibilidad particular.