Fueron el motor de la revolución y apenas estarán representados en la Asamblea Constituyente
Internacional | 28/10/2011
XAVIER MAS DE XAXÀS | ENVIADO ESPECIAL
La política ha separado en Túnez lo que la revolución unió. Las elecciones del domingo han abierto una brecha entre los islamistas y una parte importante de la izquierda laica. El diálogo y el consenso que prometen los vencedores puede no ser suficiente.
Hay muchos tunecinos que ganaron la revolución y que han perdido las elecciones. Son gente como Dalia Raja, abogada de mediana edad que anteayer, en un café de Montplaisir, empalmaba un cigarrillo con otro mientras se lamentaba de lo fácil que lo han tenido los islamistas y lo difícil que ha sido para las élites bien educadas hacer llegar su mensaje a una nación que «sólo quiere comer». «Esta no ha sido una campaña sobre programas políticos y propuestas constitucionales –comenta– sino sobre promesas irrealizables. Los islamistas han prometido pan y trabajo para todos y la decepción va a ser muy grande cuando no lo consigan».
«La gente no ha votado sobre la base de un programa económico o político –sostiene la militante comunista Ahlem ben Jafel–. Se ha dejado llevar por los sentimientos». Hay amargura pero no resignación en las palabras de estas dos mujeres, dispuestas a volver a la calle cuando vean peligrar los principios de la democracia. «Nos cargamos a un dictador; no ha de ser más difícil mantener a raya a un régimen islamista», apunta Ben Jafel.
El pasado mes de julio, varios grupos de ciudadanos se reunieron para redactar una constitución. Dalia Raja estaba con ellos. Formaron un movimiento que se llama Dusturana, que significa Nuestra Constitución, y con él se presentaron a las elecciones. A falta del recuento definitivo, no han sacado ni un escaño.
«Creíamos que mucho más interesante que prometer la abundancia era ofrecer al pueblo tunecino una propuesta de constitución –dice Raja–. Queríamos trasladar a un documento jurídico los principios de la revolución, los lemas de las manifestaciones». Sobre la mesa, ha dejado una pequeña publicación. «Aquí está todo para conseguir la soberanía popular y garantizar que no nos la roben». Los artículos de esta constitución diseñan un Estado descentralizado, administrativa y políticamente, que también es progresista, con un amplio Estado de bienestar, sin pena capital, con una justicia independiente y un amplio abanico de derechos, de la vivienda digna a la cultura de calidad.
«No hemos podido explicar nuestro proyecto. La campaña era muy restrictiva. No tenemos dinero y no tuvimos acceso a los medios públicos». Como tantos tunecinos, aún lleva manchado de tinta negra el dedo índice de la mano izquierda. «Es un bonito recuerdo», dice. Viste tejanos ceñidos, botas negras de caña alta, camisa blanca, chaqueta negra, perlas en el cuello y las orejas, los dientes deslucidos por el sarro. Tiene pinta de ser dura en el estrado y va directa al grano.
«¡Qué fácil lo han tenido los islamistas! –prosigue–. Su discurso es de lo más simple y si alguien no entendía algo decían que es palabra de Dios y tan contentos». El triunfo de Enahda no le preocupa. «Son víctimas de sus propias promesas. No podrán cumplir. ¿Cómo van a crear cientos de miles de empleos? Cuando fracasen estaremos esperándoles».
No cree en la gran coalición que Enahda propone y a la que se han apuntado Moncef Marzuki y Mustafa ben Yafar, jefes de las dos principales fuerzas laicas y progresistas. «Son unos traidores. Apoyar a Enahda es traicionar la revolución», asegura Raja. Lo mismo piensa Maya Yibri, secretaria general del Partido Democrático Progresista, y Ahmed Brahim, líder del polo que agrupa a cinco fuerzas de izquierda.
Ellos representan al Túnez que primero salió a la calle contra Ben Ali y apenas tendrán representación en la Asamblea Constituyente. La revolución la empezaron ellos. El motor de las protestas fue la injusticia social, no el islamismo. «Nosotros expulsamos al dictador –recuerda Raja–. ¿Serán los islamistas capaces de acabar con las estructuras de la dictadura aún en pie? ¿Darán con los asesinos de los mártires, juzgarán a los corruptos?».
Con la exclusión de esta parte minoritaria pero importante de la sociedad tunecina, la Constitución que la Asamblea ha de redactar en el plazo de un año no será completa. «Espero que, al menos, nos dejen votarla», dice Raja, que se levanta porque se ha quedado sin tabaco, y a modo de despedida lanza un lema tan clásico como «la lucha continúa».
El Túnez laico se lamenta de ganar la revolución y de perder las elecciones
28/Oct/2011
La Vanguardia, Xavier Mas de Xaxás