Guste o no, el islam en Dinamarca se percibe como un
problema. Tanto, que el tema más recurrente en todas las campañas electorales
celebradas desde 2001 ha sido la denominada inmigración de países no
occidentales, léase inmigración musulmana. Los atentados del pasado fin de
semana, cometidos por Omar Abdel Hamid El-Hussein, un joven islamista de origen
palestino y pasado criminal, acentuarán sin duda el escepticismo de buena parte
de los daneses hacia los musulmanes, por mucho que todo indique que los
extremistas siguen siendo una minoría.
Un escepticismo al que puso cifras este mismo mes una
encuesta realizada por YouGov: un 50% de los daneses se muestra partidario de
limitar la inmigración musulmana, tal y como ha propuesto, aunque empleando el
término inmigración no occidental, el nacionalista Partido Popular Danés (DF).
Un 31% considera incluso que no debería superar el 5%. Actualmente, se estima
que el porcentaje de musulmanes residentes en Dinamarca sobre el total de la
población es del 4,1%. El porcentaje total de población extranjera se sitúa en
torno al 10%.
En los círculos más políticamente correctos del país,
concentrados sobre todo en torno al diario ‘Politiken’, se solía culpar al DF
de la grave crisis internacional provocada en enero de 2006 por las viñetas de
Mahoma que publicó el diario ‘Jyllands-Posten’. A cambio de concesiones en
política de extranjería, el DF llevaba entonces cinco años como fiel aliado
parlamentario del Gobierno de centro-derecha que dirigía el liberal Anders Fogh
Rasmussen, posterior secretario general de la OTAN. El debate sobre los
desafíos que planteaba la inmigración, sobre todo la musulmana, era feroz y el
DF era quien más alzaba la voz. La tesis políticamente correcta sostenía que el
partido que entonces lideraba Pia Kjærsgaard había creado un clima irrespirable
que alienaba a los musulmanes y los marginaba de la sociedad danesa. Las
viñetas y las posteriores reacciones habrían sido producto del fuego atizado
por el DF, que seguiría dictando políticas a la coalición liberal-conservadora
hasta que el centro-izquierda ganó las elecciones de 2011.
El ascenso del nacionalista Partido Popular Danés
Cuatro años depués, con la veterana Kjærsgaard aún activa en
el Parlamento, pero con Kristian Thulesen Dahl como nuevo jefe, el DF sigue
creciendo en los sondeos y podría incluso ser el partido más votado en las
legislativas de este año. El gran éxito del DF, sin embargo, no es tanto su
constante avance electoral, sino el hecho de que, en mayor o menor grado, ha
conseguido desplazar hacia sus posiciones sobre inmigración, y por tanto sobre
cómo prevenir el extremismo islámico, a la práctica totalidad del espectro
político danés, con excepción de la extrema izquierda. De hecho, el Gobierno de
la socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt (en coalición con los
social-liberales) defiende hoy como políticas innegociables diversas
iniciativas adoptadas en la era Fogh, bajo el dictado de Kjærsgaard y Thulesen,
pese a que en su día el centro-izquierda las tachó de xenófobas.
Varias razones explican esta evolución. En general, los
partidos políticos daneses ya no discuten que la delincuencia entre inmigrantes
de origen musulmán es excesiva. Según Danmarks Statistik, el instituto oficial
danés de estadística, el índice de delitos cometidos por inmigrantes no
occidentales (la gran mayoría procedente de países no musulmanes) es un 130%
más alto que la media nacional, con los palestinos claramente en primera
posición, seguidos de somalíes, turcos, marroquíes y paquistaníes. En 2008 se
elaboró un informe sobre la necesidad de incorporar imanes a las cárceles que
indicó que nada menos que el 20% de todos los reclusos eran musulmanes.
La clave del nivel socieconómico
Obviamente, el nivel socioeconómico de los inmigrantes no
occidentales juega también un papel importante. Los musulmanes suelen
pertenecer a las capas menos prósperas de la sociedad danesa, pero entre la
clase política se considera que el tradicional estado de bienestar escandinavo
ha hecho de muchos de ellos clientes del sistema reacios a trabajar. Casi la
mitad de los inmigrantes musulmanes se encuentra en el paro, pese a que el
índice de desempleo en Dinamarca es del 5%. En esta línea se expresó la primera
ministra Thorning-Schmidt en su discurso televisado de Año Nuevo: «¿Ha
funcionado la integración? No. La realidad es que demasiados inmigrantes y
refugiados viven de las ayudas estatales. Debemos evitar los fallos del pasado.
Inmigrantes y refugiados no deben convertirse en clientes. Si vienes a
Dinamarca, debes por supuesto trabajar».
En este país no existen zonas decididamente peligrosas, pero
sí guetos donde la delincuencia y el paro alcanzan porcentajes muy superiores a
la media: Tingbjerg y Mjølnerparken (de donde procedía El-Hussein) en
Copenhague, Gellerup en Aaarhus, Vollsmose en Odense… Allí vive el
«nuevo proletariado étnico», término acuñado en 2013 por la entonces
ministra de Trabajo, Karen Hækkerup, y florece esa sociedad paralela musulmana
que tanto inquieta a los daneses por su relación con el fundamentalismo
islámico.
La tradicional tolerancia danesa respecto a las libertades
individuales ha permitido que los extremistas se instalasen en estos barrios y
realizasen sin obstáculos sus labores de proselitismo. Quizá por ello,
Dinamarca es el segundo país europeo después de Bélgica, en proporción a su
población, con más yihadistas en Siria. También parece ser la causa de que,
desde 2006, hayan proliferado los planes terroristas en suelo danés. La Policía
ha frustrado cerca de una decena.
La gran mayoría de las organizaciones musulmanas locales han
condenado sin ambigüedades los atentados del fin de semana, pero entre quienes
no lo han hecho destaca una vez más Hizb ut-Tahrir, un partido
ultrafundamentalista, legal aquí, pero prohibido en Alemania y Suecia, que
suele organizar manifestaciones y conferencias con nutrida asistencia, sobre
todo en Nørrebro, el barrio de Copenhague donde se encuentra Mjølnerparken y
donde fue abatido El-Hussein.
«Es vital que los musulmanes no condenemos los hechos
de estos días, sino que los situemos en su verdadero contexto», pide la
organización en un comunicado emitido esta mañana. «Los políticos daneses
no tienen ninguna autoridad para tachar al islam de violento si se piensa en
cuánta sangre tienen en sus manos. Son ellos quienes deberían condenar esa
política de intervenciones en países musulmanes, de restricciones legales y de
retórica hostil que conduce al odio, las amenazas, la violencia y los
asesinatos».
El problema del islam en Dinamarca
18/Feb/2015
El Mundo, España, Por Pedro Poza Maupain