El Mensajero

02/Feb/2015

Página 12, Radar Libros, Por Ana Wajszczuk

El Mensajero

Cuando sus alumnos
norteamericanos pudieron verlo dando testimonio en Shoah, de Claude Lanzmann,
descubrieron que Jan Karski, su discreto profesor de historia, especializado en
Europa del Este, había sido el mensajero del Estado clandestino polaco bajo la
ocupación nazi, el hombre que había entrado al Ghetto de Varsovia para dar
testimonio de lo que ahí vio y llevar el mensaje a los aliados. Y el escritor
de Historia de un Estado clandestino, su vívido relato y denuncia del
Holocausto, que fue un éxito en 1944 pero que poco a poco caería en el olvido,
a pesar de ser uno de los relatos pioneros sobre la Segunda Guerra. Jan Karski
murió en 2000 y para el centenario de su nacimiento, en 2014, su figura y su
obra cobrarían una notoriedad que vale la pena sostener y revisitar.
Estamos en 1978. El
hombre, sentado en un sillón, cruzado de piernas, la espalda recta, mira a
cámara. Tiene el pelo gris peinado a la gomina, los ojos celestes y serenos,
las arrugas dejan ver el porte casi aristocrático de sus años. El traje azul
grisáceo, el cuello almidonado, la corbata, el pañuelo en el bolsillo: el
profesor Jan Karski siempre está inmaculadamente vestido, piensan sus alumnos
de la Universidad de Georgetown, Washington D. C., donde enseña desde
principios de los años ’50. La cámara de Claude Lanzmann se enciende, y la gran
mayoría de esos alumnos descubrirá años después –cuando Shoah, la obra cumbre
del cineasta sobre el exterminio judío durante la Segunda Guerra Mundial
finalmente se estrene– que el discreto profesor Karski, el que enseña en la
Escuela de Servicio Exterior, el que es un experto en cuestiones de Europa del
Este, fue en su juventud el mensajero más importante del Estado clandestino
polaco durante la ocupación nazi: el que llevó a los Aliados en 1942, a riesgo
de su propia vida, el informe de lo que estaba sucediendo tras los muros del
Ghetto de Varsovia y los alambres de púa de los campos de exterminio. El que se
lo contó al mismísimo Franklin D. Roosevelt. El que no fue escuchado por
ninguno de los secretarios de Estado, jueces, ministros de Guerra que podrían
haber detenido la muerte anunciada. El que tras la guerra, decepcionado de los
“Lords de la Humanidad”, como los llamó, había callado. Hasta este momento, en
1978, cuando la cámara de Lanzmann se enciende.
“Ahora regreso treinta
años atrás… No, no regreso”, dice Karski en su inglés con acento, agitando
las manos como ante una visión. Tiembla, murmura en polaco, se pone a llorar.
Se levanta, sus larguísimas piernas se enredan entre los sillones, sale de foco
ante el implacable cineasta que lo espera, insistiendo como todo el año que le
llevó convencer a este hombre ya sexagenario de que se siente ante su cámara a
recordar lo que vivió cuando tenía veintiocho. Karski había hecho todo lo
posible para dejar atrás su pasado, como escondía bajo las camisas de manga
larga que nunca se quitaba las cicatrices de cuando quiso cortarse las venas en
una cárcel de la Gestapo. Ahora volvía a enfrentar esas imágenes, y seguían tan
vívidas como le habían prevenido sus guías de la Resistencia Judía antes de
hacerlo entrar camuflado al Ghetto: “Lo que va a ver lo perseguirá por el resto
de sus días”. Treinta y cinco años después, el ex correo de la Resistencia y
del gobierno de la república polaca en el exilio regresaba al infierno de la
mano de Lanzmann.
VIDAS CLANDESTINAS
El futuro era tan
prometedor, la noche de verano tan dulce. El 23 de agosto de 1939, Jan Karski
todavía se llamaba Jan Kozielewski, y bailaba y reía en una recepción en la
fastuosa embajada portuguesa en Varsovia. Había nacido en 1914 en la ciudad de
Lodz. Era el menor de ocho hermanos de una familia católica y patriota, devota
del mariscal Jozef Pilsudski, el héroe de la independencia polaca que había
manejado el país con guante de terciopelo y mano de hierro hasta su muerte, en
1935. El joven Jan colmaba las aspiraciones familiares: había comenzado a
trabajar para el Ministerio de Relaciones Exteriores, tenía un doctorado en
puertas. Graduado con honores en Derecho, un poco arrogante, otro poco
ambicioso, políglota y amante de las cabalgatas, no se imaginaba que en esa
noche dulce de verano entre la crème de la crème de Varsovia terminaba el
futuro con el que fantaseaba. Tenía grado de subteniente de Artillería después
de su servicio militar, y esa madrugada, una semana antes del comienzo de la
Segunda Guerra Mundial, lo movilizaron de urgencia a Oswiecim. Tampoco
imaginaba que sobre esas praderas donde solía cabalgar se levantaría en breve
el más emblemático de los campos de exterminio nazis: Auschwitz. Cinco años después,
Jan ya era Karski, un veterano de la Resistencia polaca, y con el relato de esa
noche arranca Historia de un Estado clandestino, el libro que publicó en 1944
en Estados Unidos por orden de sus superiores: Polonia necesitaba el apoyo de
Estados Unidos ante el avance soviético. Karski era el primero en revelar
aspectos de lo que todavía era el Estado en las sombras más importante de
Europa, con una organización civil y militar subterránea que los nazis nunca
llegaron a imaginar en toda su extensión y fortaleza. En el libro, desgrana
todo lo vivido a partir de esa noche de 1939. “Jan, no todos los polacos se
resignaron a su suerte”, le dice un amigo a quien recurre al regresar a
Varsovia, después de haber escapado del Ejército Rojo y de los alemanes: en
cada casa polaca hay, al menos, un miembro de la Resistencia. Jan conoce media
Europa, tiene una memoria fotográfica, una mente brillante, nervios de acero,
integridad, un idealismo a toda prueba: es el candidato perfecto para servir de
correo entre el incipiente Estado clandestino y el gobierno polaco que acaba de
exiliarse en Francia y que luego de la capitulación recalará en Londres. Los
líderes de todas las facciones políticas, desde la ultraderecha a los
sionistas, le confiarían sus mensajes, que él memorizaría para transmitir al
gobierno en el exilio. Durante su segunda misión, cruzando las montañas de
Eslovenia, Jan cae en manos de la Gestapo. Encerrado en una celda inmunda y
después de lo que parecen días contados a través de cada paliza, con la mandíbula
y las costillas rotas, con cuatro dientes menos, lo decide: no va a poder
aguantar más. Saca una hoja de afeitar que tenía escondida en un zapato, se
corta las venas. Piensa, antes de desmayarse, que nunca nadie sabrá cómo murió:
había tenido tantos alias que incluso si los nazis quisieran informar a alguien
de su muerte no podrían investigar su identidad real. Pero se despierta, y en
Polonia: en un hospital donde la Gestapo lo ha internado y de donde un comando
de la Resistencia lo rescata.
HASTA EL AIRE CAMBIA
Jan es ahora un peligro
como correo: sus superiores lo destinan al Departamento de Información y
Propaganda. Pero a él le hierve la sangre, necesita volver a sentirse útil,
estar en la primera línea. Y pide volver a su misión como mensajero. Es el
verano de 1942. Detrás de los muros del Ghetto de Varsovia, con el nombre de
Grossaktion Warschau, los nazis ya comenzaron a “limpiar” el lugar y los trenes
con miles de judíos encerrados parten todos los días hacia la muerte.
“Voy en una misión oficial.
Seré acreditado por el Gobierno Polaco en Londres. Ustedes son los líderes de
la Resistencia Judía. ¿Qué mensaje quieren que transmita?”. En una casa
derruida en los suburbios de una Varsovia fantasmal, ya bajo el nombre de Jan
Karski, el mensajero asiste a una reunión con dos delegados de la comunidad
judía. “Nadie en el mundo exterior lo entiende. Usted no entiende. No hay
tiempo para políticas ni tácticas”, le responden en su desesperación. Karski
los escucha. “Palidecí. Era principios de octubre de 1942”, escribirá luego en
Historia de un Estado clandestino. “En dos meses y medio, en un solo distrito
polaco, los nazis habían cometido 300 mil asesinatos. Era un reporte de una
criminalidad sin precedentes que yo debía llevar al mundo exterior”. Sus informantes
le ofrecen llevarlo al Ghetto para convencerse, y convencer luego a los líderes
del mundo. Y lo previenen: si acepta la oferta, tendría que arriesgar su vida.
Esto excede su función como mensajero. Karski acepta.
Días después, por un
túnel bajo el sótano de una casa en la calle Muranoswka, como una versión
moderna del río mítico que comunicaba a los vivos con los muertos, Karski y sus
informantes pasan del lado “ario” al Ghetto. Lo que ve tiene una intensidad
hiperbólica. Hasta el aire cambia. “¿Un cementerio? No, porque los cuerpos se
movían, aunque, aparte de la piel, los ojos y la voz, no existía nada de humano
en esas palpitantes figuras. Por todas partes había hambrientos, miseria, la
atroz pestilencia de cuerpos en descomposición, los lastimeros gemidos de los
niños agonizantes, los gritos desesperados de un pueblo que mantenía una
espantosa y desigual lucha por la vida”, escribirá en su libro. “Recuerde
esto”, le repetía su guía en el infierno.
Regresó una vez más al
Ghetto. “No había humanidad. No había ninguna esperanza para ellos”, le dirá
más de treinta años después a Lanzmann, sus ojos celestes húmedos mirando a
cámara, la voz en un hilo. En su tercer descenso al infierno, Karski es
llevado, disfrazado de guardia ucraniano, al punto de tránsito en Izbica
Lubenska, cerca del campo de exterminio de Belzec. Los gritos y disparos se
oyen a un kilómetro de distancia. “Hambre, sed, miedo y cansancio los habían
vuelto a todos locos”, escribirá. Miles de personas trasladadas desde el Ghetto
son obligadas a tiros y palos a treparse unas sobre otras dentro de vagones
espolvoreados con cal. Con espanto y culpa infinita por no poder hacer
absolutamente nada, escucha que esos infelices ni siquiera llegarán a Belzec:
morirán deshidratados y quemados por la cal, dentro del tren estacionado en una
vía muerta.
UNA VERDAD INCOMODA
Cinco semanas después de
su visita al Ghetto y al campo de exterminio, a través de Alemania, Francia y
España, Karski llega a Londres con un microfilm disimulado en una llave y un
reporte memorizado de exactamente 18 minutos sobre lo que había presenciado.
Sabía que nadie con quien le tocara hablar, ningún poderoso tenía más tiempo
que ése para dedicarle al “problema judío”. También sabía que las demandas de
los líderes judíos –armas para la Resistencia del Ghetto, apertura de fronteras
para los refugiados, bombardeo de las líneas férreas que conducían a las
cámaras de gas– difícilmente serían tenidas en cuenta. Karski habla. Habla con
miembros del gobierno polaco y del gobierno británico, con obispos, con
periodistas, con embajadores, con escritores como Arthur Koestler y H. G.
Wells. Habla con la Comisión de Crímenes de Guerra de las Naciones Unidas. Con
líderes judíos como Szmul Zygelbojm, que se suicidará meses después, cuando el
Ghetto de Varsovia fue convertido en un enorme terraplén de escombros. Llega
incluso a Anthony Eden, el secretario de Asuntos Exteriores de Churchill. Pero
el primer ministro no lo recibe: está demasiado ocupado.
En diciembre de 1942, el
Ministerio de Asuntos Exteriores polaco en Londres publica un folleto con el
reporte de Karski: El exterminio en masa de los judíos en la Polonia ocupada
por Alemania. Es el primer informe oficial y detallado, a pesar de que noticias
y denuncias sobre el exterminio llegaban a los Aliados desde, por lo menos, un
año antes, cuando los 400 mil habitantes del Ghetto aún vivían. A mediados de
1943, Karski es enviado a Estados Unidos en lo que sería su última misión como
correo: va a ser recibido en una reunión secreta por Franklin D. Roosevelt, el
“hombre más poderoso de la nación más poderosa del mundo”. En 2010, en
respuesta a un bestseller del escritor francés Yannick Haenel basado en la vida
de Karski, que lo ponía más cerca de un mártir que de un mensajero no escuchado,
el inflamable Lanzmann decidió desempolvar las horas de grabación de 1978 con
el mensajero que le habían parecido “anecdóticas” para Shoah y arma una nueva
película: El Reporte Karski, que alcanza su clímax cuando el emisario cuenta su
encuentro con Roosevelt. “Recuerdo cada minuto de esa conversación”, dice.
El presidente lo escucha
mirando al techo, echando volutas de su cigarro. Es amable pero evasivo. Entre
otras decenas de encargos oficiales por transmitirle, Karski apenas puede,
desesperado, hablar del plan sistemático para terminar con el pueblo judío.
“Señor presidente, la situación es horrible. El punto es que, sin ayuda
externa, todos los judíos polacos morirán. ¿Qué mensaje debo transmitir?”
“Dígales que los Aliados ganaremos la guerra”, le responde, reclinado en su
sillón, el dedo en alto. “Dígales que los culpables serán castigados por sus
crímenes. Tienen un amigo en el presidente de los Estados Unidos.”
Así lo despidió. Tres
décadas después, ante la cámara de Lanzmann, Karski dice que nunca supo si
Roosevelt había tenido realmente la intención de hacer algo, aun cuando lo
envió a hablar con un listado de funcionarios y líderes políticos que también
se taparon los oídos. “Uno podría decir que la humanidad, racional, que no veía
con sus propios ojos ni estaba allí, no tenía precedentes para comparar”,
ensaya Karski a cámara. “No podían manejarlo. Era incomprensible.” Los “Lords
de la Humanidad” tenían otras prioridades. Cuando, a mediados de 1944, los
Aliados decidieron levantar la voz, ya era tarde. Casi seis millones de judíos
habían sido asesinados.
Karski no volvió a pisar
Polonia hasta 1989, cuando cayó el comunismo. Después de las giras y
conferencias para promocionar Historia de un Estado clandestino, se doctoró en
Georgetown y se convirtió en el profesor Jan Karski. En 1965, se casó con Pola
Nirenska, una coreógrafa y bailarina de origen judío-polaco. Gran parte de su
familia había muerto entre ghettos y campos de exterminio. “Aquel día me
convertí en judío”, dijo Karski refiriéndose a su casamiento. “Soy polaco,
norteamericano, judío, cristiano, católico practicante y aunque no soy un
hereje, declaro que la humanidad ha cometido un segundo pecado original: por
ignorancia autoimpuesta o por insensibilidad, por egoísmo o por hipocresía o
incluso por frío cálculo. Este pecado va a perseguir a la humanidad hasta el
final de los tiempos. A mí me persigue. Y quiero que lo haga.” Pola se suicidó
en 1992.
A partir de Shoah, en la
vida de Karski hubo condecoraciones, doctorados honoris causa, conferencias,
biografías y reediciones de su libro. Se instituyeron fundaciones y premios en
su nombre, plantó su árbol como Justo entre las Naciones en el Instituto Yad
Vashem de Israel, fue nombrado ciudadano de honor de ese país. En Polonia, tras
la caída del comunismo, su nombre volvió a correr de boca en boca, a enseñarse
en los colegios.
A principios de 2014, el
Parlamento polaco declaró el “Año de Jan Karski”, con actividades y
conmemoraciones en una docena de países. Entre ellas, exhibiciones como Jan
Karski. Una misión para la humanidad, la muestra itinerante que cuenta en 27
paneles su vida, y que puede verse en el Museo del Holocausto de Buenos Aires
(Montevideo 919) hasta el 28 de febrero.
En su Lodz natal, en
Varsovia –en la plaza del flamante Museo de la Historia de los Judíos Polacos–
en la Universidad de Tel Aviv, en una esquina de Nueva York, en los jardines
del campus de Georgetown, se levantan esculturas idénticas, un banco de plaza
de tamaño real, donde se apoya un juego de ajedrez. Sentado en un rincón del
banco, con las piernas cruzadas, inmaculadamente vestido de traje y corbata, el
pelo a la gomina, el pañuelo en el bolsillo, la estatua de Jan Karski nunca
deja de tener flores y velas a sus pies.