El encubierto »factor Hitler» en Ucrania

09/Sep/2014

Bitácora, Por Dovid Katz (*) Znet/Consortium News

El encubierto »factor Hitler» en Ucrania

¿Apoyaría EE.UU.
cualquier tipo de »hitlerismo» en el esfuerzo del Departamento de Estado para
convertir las clases políticas antirrusas de Europa Oriental en modelos de
perfección de relaciones públicas que no puedan ser criticados, ni siquiera
suavemente?

Fue francamente
desconcertante ver al senador John McCain, republicano por Arizona, abrazando
al líder del partido Svoboda, de extrema derecha, antisemita, pro fascista, en
diciembre pasado. Fue inquietante saber de los elementos neonazis que
suministraron la »fuerza» para la verdadera toma del poder de Maidan el
pasado mes de febrero (Newsnight de BBC fue uno de los pocos importantes medios
occidentales que se atrevieron a cubrir abiertamente ese hecho).

Lo más inquietante de
todo ha sido el muro de un grado casi soviético erigido de alguna manera por
los medios occidentales dominantes contra cualquier mención crítica del
componente de extrema derecha de la historia de Ucrania en 2014, haciendo que
cualquier pensamiento semejante fuera digno de ridículo en las páginas de
opinión del New York Times durante la primavera pasada.

Lo más cómico fue la
publicación en mayo de 2014 en el Times de un artículo de opinión editorial
(obviamente escrito por encargo), programado por el Departamento de Estado, de
la candidata presidencial ucrania Yulia V. Timoshenko que cita a Churchill escribiendo
a Roosevelt »Dadnos los instrumentos, nosotros terminaremos la tarea»,
explayándose sobre »la justa y abierta democracia que es el mayor legado de
EE.UU. al mundo».

Esto, de la política de
extrema derecha que poco antes había expresado pensamientos genocidas hacia los
millones de ciudadanos rusohablantes de su país, y quien fue, durante su
período como primera ministra, una devota de primera clase del líder fascista
durante la guerra, Stepan Bandera, cuya organización mató a decenas de miles (muchos
historiadores hablan de cientos de miles) de ciudadanos polacos y judíos
basándose en su etnia, en la ofensiva arianista a favor de un Estado
étnicamente puro, basado precisamente en el modelo nazi.

Fue por lo tanto
refrescante leer en el Times del sábado pasado un informe que contenía, aunque
enterrada hacia el final, una sola línea informando a los lectores de que »una
milicia activa en la campaña militar del gobierno de Kiev conocida como Azov,
que se apoderó de la aldea de Marinka, enarbola como bandera un símbolo neonazi
que se parece a una esvástica». Al contrario, el periódico londinense Daily
Telegraph, de centro derecha, publicó el lunes todo un informe titulado »La
brigada neonazi que combate contra los separatistas pro rusos», incluyendo la
observación de que las fuerzas neonazis que son utilizadas por el gobierno
ucranio para las tareas militares más pesadas »deberían causar escalofríos en
la espina dorsal de Europa».

Ese es el meollo de lo
que se oculta a tantos lectores occidentales, especialmente estadounidenses.
Putin a pesar de todo su autoritarismo, tendencia antidemocrática y revanchismo
no es la causa del enigma ucranio (aunque ciertamente lo explota). Existe una
genuina división en Ucrania entre un oeste dominado por nacionalistas y un este
rusohablante.

Cualquiera que haya
viajado por el país os dirá que esos »rusos» del este, y dondequiera se les
encuentre, preferirían vivir en un país del tipo de la Unión Europea que en un
país del tipo ruso. ¿Cuál entonces es el problema? No quieren vivir en un
Estado dominado por ultranacionalistas que es antirruso en un sentido arianesco
de los años 40 de ucranianismo étnica y lingüísticamente puro. A eso prefieren
el Estado de modelo ruso.

Ahora esos valores
antirracistas, incluyendo la veneración de la alianza
anglo-estadounidense-soviética que derrotó a Hitler, y el desdén hacia las
sociedades basadas en modelos de pureza racial, son de hecho valores
estadounidenses. Pero esa afinidad entre valores occidentales y orientales
nunca podría advertirse en la avalancha de información de Guerra Fría II que se
nos suministra.

A propósito, algunos
informes occidentales que caricaturizan el uso por la prensa putinista de la
palabra »fascistas» para describir a los nacionalistas ucranios no aprecian
el uso coloquial ruso cuando se refiere no necesariamente a matones enarbolando
esvásticas sino incluso a la alta sociedad que estima a gente como Bandera y a
otros fascistas nazistas de la Segunda Guerra Mundial como míticos
»combatientes por la libertad» que deben ser honrados por el Estado en
nombres de calles, estatuas, museos, etc.

Eso no quiere decir que
los aliados de EE.UU. entre los nacionalistas ucranios occidentales sean todos
pro fascistas. No lo son. Pero existen dos temas prominentes que van más allá
de Ucrania y que cubren toda Europa oriental »antirrusa», particularmente los
nuevos Estados miembros de la OTAN y de la UE.

El primero es la
aceptación despreocupada de elementos, simbolismo e ideología neonazis como
parte de una corriente dominante supuestamente centrista. En Letonia y Estonia,
esto es ilustrado por un apoyo estatal tácito (o no tan tácito) de honores para
las divisiones de la Waffen SS de esos países. En Lituania, se puede manifestar
en lugares de culto patrocinados por el Estado para los asesinos del Frente
Activista Lituano (LAF) que desencadenaron el Holocausto contra vecinos judíos
antes de la llegada propiamente dicha de los primeros soldados alemanes.

Pero existe un segundo
tema que es mucho más profundo y que no tiene nada que ver con esos tipos más
ostentosos de adoración nazi. El tema es la historia.

Historia viva

Mientras la Segunda
Guerra Mundial es ciertamente »historia» para Occidente, es ciertamente algo
muy actual en Europa Oriental. Instituciones patrocinadas por el Estado
especialmente en los tres países bálticos, Lituania, Letonia y Estonia, y
también a veces en Croacia, Rumania y otros sitios, han invertido una fortuna
en una especie de revisionismo del Holocausto que blanquearía la colaboración de
sus propios nacionalistas con Hitler y convertiría a la Unión Soviética en el
verdadero Hitler.

Conocido como »Doble
Genocidio», plantea la absoluta igualdad teórica de los crímenes nazis y
soviéticos. Su constitución es la »Declaración de Praga» de 2008, de la cual
la mayoría de los estadounidenses nunca han oído hablar, que usa la palabra
»mismos» cinco veces al referirse a crímenes nazis y soviéticos. Menos
estadounidenses todavía saben que una de sus demandas, que el mundo acepte un
día unitario de recuerdo conjunto para víctimas de nazis y soviéticos, pasó
desapercibida en la ley de apropiaciones militares del Congreso de junio
pasado.

El tema omnipresente es
la elección de las elites nacionalistas en Europa Oriental de construir mitos
nacionales basados no en los méritos de los grandes artistas, poetas,
pensadores y auténticos combatientes por la libertad, sino demasiado a menudo,
sobre la base de colaboracionistas nazis cuya característica más conocida es
que también fueron »patriotas antisoviéticos».

La verdad es que casi
todos los colaboracionistas de Hitler en Europa Oriental fueron
»antisoviéticos». De hecho, la Unión Soviética fue la única potencia que
ofreció resistencia a Hitler en Europa Oriental. Si los soviéticos no hubieran
hecho retroceder a los ejércitos nazis en la primavera de 1944, a costa del
inmenso sacrificio de todos los pueblos soviéticos, no hubiera habido un Día D
o la apertura de un frente occidental.

Sea el culto como héroes
de Miklós Horthy de Hungría, de líderes de la hitlerista Ustasha de Croacia, de
las divisiones de la Waffen SS en Letonia y Estonia, y de Bandera de Ucrania y
su OUN y UPA, o de la Waffen SS, es una ofensa a los valores occidentales que
un Estado de la OTAN o de la UE, o un Estado candidato a la OTAN/UE, desembolse
fondos estatales para la distorsión de la historia, la confusión del Holocausto
y la construcción de sociedades que admiran a los peores racistas de la
historia.

Hacer algo semejante
implica simplemente que todos los ciudadanos minoritarios que masacraron, o
cuya masacre apoyaron, no eran dignos de seguir existiendo. A propósito, todos
esos países tienen verdaderos héroes del momento más tenebroso de su historia:
los que (a menudo la gente más sencilla) simplemente hicieron lo correcto y lo
arriesgaron todo para rescatar a un vecino de la dirigencia colaboracionista
con el establishment nazi de sus propios nacionalistas.

El punto más bajo

La tendencia alcanzó a un
clímax indecoroso en 2012, cuando el Gobierno lituano financió la repatriación
de Putnam, Connecticut, EE.UU., a Lituania de los restos del primer ministro
títere nazi de 1941, Juozas Ambrazevičius Brazaitis, quien había firmado
personalmente documentos confirmando primero órdenes nazis de que ciudadanos
judíos de su ciudad, Kaunas, fueran enviados a un campo de concentración (que
era en realidad un lugar de asesinato masivo), y unas pocas semanas después, de
que el resto fuera encarcelado en un gueto dentro de cuatro semanas.

En lugar de protestar
cortésmente, la embajada estadounidense en Vilnius ayudó a camuflar el evento
con un simposio sobre la guerra y el Holocausto y ni siquiera mencionó lo que
estaba ocurriendo.

Según algunos círculos
del Departamento de Estado, el Gobierno de Obama, estremecido por la crítica de
sus antiguos conflictos con los neoconservadores por Irak y Siria, y dolido por
Libia, ha tratado de mostrar su fuerza y satisfacer el contingente encabezado
por Robert Kagan y su esposa, Victoria Nuland, actual Secretaria Adjunta de Estado
para Asuntos Europeos y Eurasiáticos, con una total unilateralidad respecto a
Ucrania.

Es Nuland quien fue
atrapada diciendo »¡que se joda la UE!», que hubiera preferido un cambio
pacífico, democrático, en Ucrania al embajador de EE.UU. en ese país. También
estuvo conspirando respecto a qué político debería emerger como primer ministro
en esa nación en la peor tradición neoconservadora de escoger al gobernante
después del siguiente caso amañado de cambio de régimen.

En Ucrania, una solución
negociada podría mantener la independencia y libertad de la nación para unirse
a la UE pero no a la alianza militar de la OTAN (una alianza militar hostil que
llegaría directamente a las fronteras rusas).

Cualquier solución viable
tiene que considerar que se trata de un país profundamente dividido incluso sin
(omnipresentes) engorros putinistas. Por ello tiene que considerar los millones
de rusohablantes que se oponen al chovinismo racial de algunos miembros de la
elite que se encuentra ahora en el Gobierno o cerca de él, y quienes tienen
ideas muy diferentes sobre la historia del siglo XX.

Es el camino adelante, no la
estupidez de la Guerra Fría II de hacer correr la voz de que los occidentales
son puros ángeles y los orientales puros demonios, ni la estupidez neoconservadora
de que la grandeza de EE.UU. depende de interminables desventuras militares en
cambios de régimen que conducen a largos, impredecibles, e incontrolables
ciclos de violencia.

El magnificiente legado
que EE.UU. comparte con Rusia de haber derribado en tándem el imperio de Hitler
es un patrimonio que vale la pena invocar para crear mejor entendimiento, no un
hecho que deba enterrarse en deferencia a la revisión de extrema derecha de la
historia del Holocausto que obsesiona tanto a gran parte de la Europa Oriental
nacionalista.

Dovid Katz, es profesor
de Estudios Yiddish en la Universidad Vilnius, es un investigador independiente
nacido en Nueva York, residente en Vilnius. Edita DefendingHistory.com. Su web
es http://www.dovidkatz.net