Enterada de la invitación
extendida al Primer Ministro Binyamin Netanyahu a disertar ante el Congreso
americano, la Administración Obama respondió con una campaña de descrédito y
ataque personal al líder de una nación aliada como nunca había lanzado contra,
por caso, el ruso Vladimir Putin o el turco Recep Erdogan. Alegó que el israelí
transgredió protocolo al aceptar el convite, que era un oportunista electoral,
un saboteador diplomático y un belicista que estaba poniendo en riesgo la
mismísima relación bilateral especial. Puras tonterías exageradas.
Fue la Casa Blanca, no
Netanyahu, quien politizó lo que debía ser un discurso más del premier en el
Congreso norteamericano (este fue su tercero allí). Washington buscó preocupar
a la ciudadanía israelí con el horizonte ominoso de un daño al vínculo entre
ambas naciones a pocos días de la realización de elecciones nacionales en el
estado judío, de modo que ello afectase la decisión de un electorado sensible a
la soledad internacional del país. El equipo de Barack Obama está llevando
adelante negociaciones secretas con la República Islámica de Irán mientras
mantiene en total reserva sobre el contenido de las mismas al propio Congreso y
a un aliado histórico híper expuesto a las consecuencias de ese acuerdo
potencial. Y pretendió paralizar cualquier oposición a ese camino elevando una
falsa dicotomía: pacto con Irán o la guerra total.
Lo que más incomodaba al
dúo Kerry-Obama no era la visita del israelí a su capital, sino la preservación
del secretismo a propósito del contenido de las negociaciones. Netanyahu
planeaba exponer públicamente los errores de ese acuerdo en ciernes. De ahí la
reacción histérica oficial que terminó transformando un discurso importante en
un evento mediático y político imperdible. Tal la conmoción generada que con
seguridad ni el portero del Congreso habrá querido perderse el espectáculo.
Las palabras de Netanyahu
fueron contundentes. Ovacionado múltiples veces y tratado con una calidez y
deferencia sólo reservadas a grandes personalidades y amigos de la nación, su
victoria política (y personal sobre Obama) fue evidente. Lo que dijo merece
consideración y, esperemos, una respuesta seria del gobierno estadounidense.
El premier israelí
explicó que la alternativa a un mal acuerdo, como el actual, no tiene que ser
la guerra. “La alternativa a un mal acuerdo, es un bueno acuerdo” señaló. Él
considera que lo que se está negociando es un muy mal acuerdo por una sencilla
razón. Inicialmente, Estados Unidos había planteado que Irán no tendría derecho
a enriquecer uranio, y seis resoluciones del Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas así lo estipulan. En las conversaciones actuales, trascendió
que Washington concedió el derecho persa al enriquecimiento, que tenga miles de
centrifugadoras en movimiento, que el reactor de agua pesada en Arak continúe
operando, que las sanciones impuestas sean gradualmente levantadas, a futuro
las inversiones foráneas permitidas y -el verdadero irritante para el líder
israelí- que al cabo de diez años el pacto expire e Irán quede libre de toda
atadura para proceder como le plazca. Es lo que se conoce como la “cláusula
atardecer”.
Según Netanyahu, es un
error cardinal distender las presiones políticas y económicas que llevaron a
Irán a la mesa de negociaciones. Él creé que un Irán debilitado económicamente
por las sanciones y presionado por un precio del crudo de cincuenta dólares es
el escenario ideal para que las naciones occidentales extraigan las mejores
concesiones de Teherán. Netanyahu está convencido de que si Irán se recompone
económicamente, se le permite reinsertarse diplomáticamente y se le allana el
camino por medio de un pacto defectuoso, terminará legitimado como una potencia
nuclear. Como los inspectores pueden “detectar violaciones, pero no
detenerlas”, como ha sucedido con Corea del Norte, y dada la conducta
no-confiable del país persa, Jerusalem subraya que la contención y no el
diálogo es el único camino viable.
Las advertencias del
premier israelí sin dudas recibieron un eco favorable en rincones impensados.
Arabia Saudita, Egipto, Jordania y otros países árabes sunitas moderados de la
zona ven con preocupación extrema el ascenso de una potencia hegemónica chiíta
en el Medio Oriente. Irán ya está ejerciendo notable influencia -política y
militar- en Gaza, Líbano, Siria, Irak e incluso Yemen, mientras ha agitado a la
población chiíta de Bahrein. Obama cree que la cooperación iraní en contener el
avance del ISIS amerita el acercamiento. Netanyahu opina que, en este caso, el
enemigo de tu enemigo sigue siendo tu enemigo. Y que derrotar al ISIS pero
dejar impune a Teherán equivale a ganar la batalla y perder la guerra.
La semana previa al
discurso de Netanyahu en Washington, la Agencia Internacional de Energía
Atómica protestó la actitud opaca del régimen iraní y su pobre cooperación en
suavizar las preocupaciones mundiales sobre la naturaleza militar de su
programa nuclear. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU informó acerca de
severas violaciones humanitarias en el país persa. Un grupo iraní opositor en
el exilio -el mismo que expuso el programa nuclear clandestino de los ayatolás
en el 2003- esos mismos días denunció que Irán construyó otro sitio de
enriquecimiento de uranio cerca de Teherán. Expertos militares notaron que Irán
sigue dedicado a la construcción de misiles balísticos intercontinentales -cuyo
único propósito es transportar ojivas nucleares a largas distancias-, tema que
no figura en el marco de los asuntos que están siendo abordados por los
negociadores.
Medio mundo está
expectante, al borde de sus sillas ante el advenimiento de un Irán nuclear.
Salvo Barack Obama y John Kerry, que avanzan envueltos en optimismo,
convencidos de que ellos lograrán domesticar al régimen ayatolá.
El discurso de Netanyahu
10/Mar/2015
Infobae, Por Julián Schvindlerman