El cuarto Schindler español.

10/Jun/2014

Hoy, España

El cuarto Schindler español.

Sebastián Romero
Radigales salvó a 600 judíos de morir en las cámaras de gas cuando trabajaba de
cónsul en Grecia en 1943. Le acaban de nombrar Justo entre las Naciones. «Nunca
se consideró un héroe», dice su nieta

Quien salva la vida de un
hombre salva la vida del mundo entero». Lo dice el ‘Talmud’, el libro de la
sabiduría judía recopilada durante cientos de años, y es el lema que encabeza
la institución del Yad Washem de Israel donde se honran los millones de
víctimas de la Shoá, el Holocausto, y se perpetúa el reconocimiento de quienes
contribuyeron a salvar vidas amenazadas por los intentos nazis de exterminar al
pueblo hebreo. Son los llamados Justos entre las Naciones, quizás el colectivo
humano pluricultural, plurinacional y plurirreligioso que mejor refleja lo
bueno de la condición humana durante los años más duros y crueles del siglo
pasado.

«Nadie se merece el
título de Justo entre las Naciones -y ninguno de los que ya lo ostentan carece
de merecimientos- como Sebastián Romero Radigales. En mi familia le debemos la
vida todos, y los españoles deben sentirse muy orgullosos de tener en el
recuerdo a un compatriota tan admirable». Se lo escuché hace dos años en su
castellano arcaico del siglo XV al científico Isaac Revah, director de la
Agencia Francesa de Investigación Espacial, un judío sefardita que en 1944,
cuando contaba once años, estuvo a punto de ser embarcado desde Salónica
(Grecia) junto con sus padres y hermana hacia el destino más trágico
imaginable, las cámaras que en Auschwitz-Birkenau (Polonia) gaseaban a miles de
personas diarias.

Las investigaciones y
comprobaciones minuciosas que realizan los historiadores del Yad Vahsem en su
compromiso con la búsqueda del máximo rigor en sus valoraciones, acaban de
corroborar las palabras de Isaac Revah y aceptar la propuesta de la Fundación
Wallemberg y el Centro Sefarad Israel para designar a Romero Radigales Justo
entre las Naciones.

Se la jugó. En Madrid sus
gestiones a favor de los sefarditas no eran bien vistas.

El diplomático aragonés
(Graus, Huesca, 1882; Madrid, 1970) se acaba de convertir en el cuarto español,
junto a Ángel Sanz-Briz -el llamado ‘Ángel de Budapest’-, José Ruiz Santaella y
Eduardo Proper Callejón, que recibe tan honroso título. Su nombre permanecerá
para siempre expuesto en un gran frontispicio del imponente Yad Vashem, en el
entorno de un bosquecillo de millares de algarrobos, en el llamado Jardín de
los Justos de Jerusalén, al lado de otros ilustres como Oskar Schindler o Raoul
Wallemberg.

Romero Radigales, que
ingresó en la carrera diplomática a los 35 años tras licenciarse en Derecho en
Zaragoza, llegó a la Grecia ocupada por tropas alemanas e italianas como cónsul
general de España en abril de 1943, en unos días en que los jerarcas nazis,
asistidos por dos ayudantes de Adolfo Eichmann expertos en deportaciones,
concentraban todos sus esfuerzos en la ejecución de la llamada solución final y
en enviar a los judíos a los campos de exterminio. Alrededor de 48.000 judíos
fueron trasladados a Auschwitz-Birkenau en trenes especiales en cuestión de
meses y solo tres mil abandonaron el campo vivos cuando fue liberado. El nuevo
cónsul español, sin esperar a deshacer las maletas, se trasladó a Salónica, la
segunda ciudad del país, donde estaba la principal comunidad sefardita -judíos
descendientes de españoles- integrada por 900 personas, para interesarse por su
suerte. La situación de los judíos era desesperada; los nazis incendiaban las
sinagogas, cerraban sus negocios y lugares de aprovisionamiento, no se les permitía
usar los transportes públicos y las SS les asesinaban con total impunidad. El
cónsul español inmediatamente inició gestiones con los alemanes para detener la
deportación de los sefarditas y lograr que se les considerase extranjeros.
Durante el tiempo que permaneció en el cargo su principal ocupación fue salvar
a aquellas personas a las que consideraba compatriotas. Carecía de
instrucciones de Madrid para actuar con tanta dedicación y osadía. El embajador
alemán, Günther Alenburg, a quien recurrió en varias ocasiones para hacer valer
que los sefarditas eran españoles y no estaban sujetos a aquellas medidas,
enseguida le consideró enemigo como reflejan los informes diplomáticos que
enviaba a Berlín recomendando que se forzase su destitución.

Gracias a sus actuaciones
e iniciativas se calcula que fueron más de seiscientos los judíos sefarditas
que se salvaron. Incluso cuando sus relaciones con las autoridades alemanas aún
eran normales y se beneficiaban de la simpatía que les despertaba el régimen
del general Franco, logró forzar el desembarco de un grupo de 150 que iban a
ser trasladados al exterminio. Romero Radigales los llevó a Atenas donde la
tolerancia italiana era mayor y los protegió hasta que pudieron viajar a
Palestina. A otros centenares optó por aislarlos en un barrio protegido por la
inmunidad diplomática mientras activaba las gestiones para enviarlos a España.
Incluso adquirió un edificio para alojar a varias familias bajo la protección
de la bandera española.

Mientras tanto, los
informes que enviaba al Ministerio de Asuntos Exteriores, en Madrid, solo
obtenían la callada por respuesta. Franco y su Gobierno ya eran conscientes de
que Hitler estaba perdiendo la guerra y la animadversión que el Régimen
mantenía hacia los judíos había amainado pero seguía poniendo obstáculos para
que los judíos que huían de los países ocupados por el Reich no encontrasen
refugio en España. Solo se permitía la entrada de pequeños grupos en tránsito
hacia Portugal o Latinoamérica. Los que conseguían entrar clandestinamente a
través de los Pirineos y caían en poder de las patrullas de la Guardia Civil
eran retenidos durante meses en las cárceles fronterizas o enviados a campos de
internamiento como el tristemente célebre de Miranda de Ebro. Las posibilidades
de ser acogidos en territorio español o bajo control español eran mayores
cuando se trataba del Protectorado ya que las autoridades militares en
Marruecos solían ser más permisivas.

Fue muy revelador de la
resistencia que ofrecía el Gobierno a las gestiones de Romero Radigales para
buscar salidas a sus protegidos, el telegrama con que le respondieron a una
sugerencia para que pudieran abandonar Salónica 367 sefarditas que se hallaban
amparados por el Consulado en un barco de la Cruz Roja Sueca que aguardaba en
el puerto listo para zarpar. «Ni por tierra ni por mar ni por aire es posible
el viaje de los sefarditas», decía el brusco telegrama que le fue remitido por
el entonces director general, José María Doussinague.

Romero Radigales no se
amilanó. Sabía perfectamente que en Madrid, donde imperaba un ambiente de
simpatía hacia el Eje, su actuación, denunciada por la Embajada de Alemania
como un obstáculo, no era bien vista por sus superiores. Pero él siguió
ayudando en las necesidades a aquellas familias y defendiendo ante las
autoridades ocupantes la protección diplomática que brindaba a los judíos. A
comienzos de 1944, en una gestión conjunta con el nuevo embajador español en
Berlín, Ginés Vidal, los alemanes autorizaron por fin la salida del grupo de
los 367 hacia el campo de trabajo de Bergen Belsen en el que por lo menos no
existían cámaras de gas.

El traslado del grupo
desde Salónica en trenes de ganado se demoró doce días, y en el viaje
fallecieron dos. Los restantes permanecieron en Bergen Belsen unas semanas
hasta que, ante la presión internacional en Madrid, se concedió la autorización
para que pudieran entrar en España. Para ello se fletaron dos trenes, uno de
los cuales llegó a Barcelona sin especiales problemas; pero el otro fue obligado
a esperar en la estación francesa de Cebere casi tres días para ser autorizado
a cruzar la frontera. A bordo se hallaban sufriendo las penalidades de la
espera 183 personas, entre ellas varios niños y una decena de ancianos.

Isaac Revah nunca
olvidará aquel viaje que consumó su salvación del mismo modo que nunca olvidará
los abrazos, entonces para él inexplicables, de sus padres cuando en Bergen
Belsen salía de las duchas con otros niños. Expresaban la alegría de comprobar
que, a diferencia de lo que ocurría en Auschwitz, eran duchas de verdad y no
cámaras de gas disfrazadas.

«Hizo lo que tenía que
hacer»

Romero Radigales se casó
y no tuvo hijos, pero su cuñada murió y dejó una niña de seis años a la que
terminó adoptando. Por eso, Elena Colito Castelli, su sobrina-nieta, se refiere
a él como su abuelo, un hombre al que califica como «extraordinario». Su única
descendiente, que ahora tiene 61 años, conoce la historia que ha terminado
convirtiéndole en Justo entre las Naciones. «Pero no porque me la contara él.
Mi abuelo jamás me habló de lo que hizo. Todo lo que sé, me lo contó mi madre.
Nunca dijo nada porque él no se consideraba un héroe; simplemente creía que era
lo que tenía que hacer. Yo quería mucho a mis abuelos, a quienes íbamos a ver a
Madrid todos los años», declaró Elena a este periódico desde su hogar en Roma.
España ya prepara un acto de homenaje a su valiente abuelo.

Fue el primer español que
obtuvo el reconocimiento de Justo entre las Naciones. En 1944 era el encargado
de negocios de la Legación Española en Budapest. Sus iniciativas consiguieron
salvar a unos 5.300 judíos húngaros de su deportación a los campos de
exterminio. Fue el primero en proporcionar a los sefarditas documentos de
protección españoles. Con cargo a su bolsillo alquiló once casas en las que
refugió a varios centenares. El autor de este reportaje contó su vida en ‘Un
español frente al Holocausto’ (Temas de Hoy), en el que se basó la película ‘El
Ángel de Budapest’.

Era ingeniero y durante
el tiempo que desempeñó en Berlín el cargo de Agregado Agrícola en la Embajada,
en una de las etapas más duras de la persecución de los judíos, él y su esposa,
Carmen Schrader, de nacionalidad alemana, acogieron en secreto en su residencia
oficial a tres mujeres judías camufladas como empleadas domésticas. El título
de Justo entre las Naciones lo comparte con su esposa.

Era secretario general de la Embajada de España
en París. Cuando las tropas nazis entraron en la ciudad acompañó al Gobierno en
su desbandada hacia el sur y se instaló en el Consulado de España en Burdeos
donde, conmovido ante la llegada de judíos que intentaban huir, comenzó a
extender visados de forma indiscriminada.