En el mundo moderno, en la era de Twitter,
Instagram y Facebook las victorias militares son más escasas, más cuestionables
y difíciles. Las guerras se libran en otros frentes. Israel habrá ganado la
batalla militar y conseguido sus objetivos, de ahí la nueva tregua, pero ha
perdido la guerra de la propaganda. Y todos sabemos que nuestra época es la de
la percepción: Goliat (Israel) está tratando de destruir al pobre David (los
palestinos).
Hace mucho tiempo que se veía venir. Desde que
las piedras empezaron a enfrentarse a las balas en la primera Intifada, Israel
comenzó a perder el combate de la razón para una gran parte del mundo. Y ahora,
este conflicto asimétrico ha resultado ser el más firme y fiel exponente de la
actual crisis de liderazgo mundial.
La historia de todos, la de Israel y la de los
países árabes, es deliberadamente confusa y en gran medida falsa. No estaba
escrito que tuvieran que ser enemigos como han acabado siéndolo. Pero sí es
evidente que el conflicto árabe-israelí ha sido durante todos estos años una
buena manera de regular las presiones impresas y expresas sobre el petróleo.
Israel realmente nació en el Valle de Elah el
día en el que David, con la ayuda de Dios (para los creyentes), derrotó a
Goliat. Después, los hebreos, gracias a la figura de Moisés que los liberó de
la esclavitud en Egipto, pasaron a considerarse el pueblo elegido.
A partir de ese momento, ha habido no uno,
sino muchos Israeles, y un pecado original entre lo que significa ser hijos de
David y, sin embargo, tener un comportamiento y una actuación como si vistieran
la armadura de Goliat.
Es injusto para todos quienes viven en el
centro y sur del país, para todos aquellos que presencian una aurora boreal
permanente de misiles lanzados desde la Franja de Gaza, que se les considere
los agresores y no los agredidos, por pertenecer a un Estado que ha hecho de su
poderío militar y de inteligencia su principal industria.
Es un grave problema -y en la vida y en la
política no existe «lo fácil»-, que sería distinto si no fuera
coincidente con el mayor desgobierno que el mundo ha conocido desde el final de
la Primera Guerra Mundial.
Woodrow Wilson y Barack Obama siempre tendrán
algo en común, además del Premio Nobel de la Paz: sin duda alguna, han sido dos
presidentes con grandes intenciones, pero con reales fracasos.
El primero no pudo porque murió antes de la
aprobación de la Carta de Naciones Unidas. Del segundo no hay que olvidar su
famoso discurso en la Universidad de Al-Azhar de El Cairo cuando habló de
establecer una nueva relación con el mundo musulmán que, poco después, se
levantó con un rugido de libertad: la ‘primavera árabe’. Y vino la primavera,
después llegó el otoño y ahora estamos en el invierno de las dictaduras, otra
vez. Con ese panorama, el mundo tiene que decidir qué es lo que hay en juego.
En Gaza, no está en juego la represión contra
cerca de dos millones de ciudadanos palestinos, sino que se trata de la
avanzadilla de nuevas formas de lucha.
Las tácticas de Hezbolá y Hamás, uno en Líbano
y otro en Gaza, aunque unos sean chiíes y otros suníes, persiguen el mismo fin:
la destrucción de Israel, lo que les conecta más en el fondo con el extremismo
iraní que con la coexistencia con la Autoridad Palestina. Fue en la segunda
guerra de Líbano en 2006, cuando la milicia libanesa empezó a utilizar el
método que ahora practica Hamás: lanzamiento de cohetes, secuestro de soldados
y siembra del terror.
Israel es hoy un país más inseguro. Se ha roto
esa razonable tranquilidad que se vivía desde 1968, pese a Yom Kippur y a que,
desde su proclamación como Estado, todas las generaciones de israelíes han
tenido que luchar en una guerra. Ahora tienen miedo. Y no hay que olvidar que
el ser humano sólo es peligroso cuando se siente inseguro.
Es una gran derrota para el mayor complejo de
información militar y civil del mundo. Resulta difícil de entender cómo a pesar
de tener ese inmenso presupuesto militar y uno de los mejores servicios de
inteligencia, el Estado israelí haya podido permitir que se construyan delante
de sus narices túneles con cemento, tendido eléctrico y capacidad de disparar
unos misiles que llegaron -pese al bloqueo- por mar desde Irán, según fuentes
israelíes.
Israel se siente hoy más frágil por las nuevas
técnicas de lucha. Y como pasó con Hezbolá y Líbano, resistir es vencer para
los débiles. La victoria de Hamás es evidente, lo mismo que aquel sueño que
tuvo Ariel Sharon, el día que decretó la desconexión de la Franja, se ha
convertido en el mayor problema, junto con el establecimiento de los nuevos
territorios, para un Gobierno de Israel que tiene que optar entre hacer de Gaza
ya no un nuevo Soweto, sino convertirla en tierra quemada o acostumbrarse a que
debajo de cada centímetro cuadrado de Eretz Israel puedan aparecer los comandos
especiales de Hamás, atacando por la espalda a un país que es incapaz de
soportar más inseguridad.
Antonio Navalón es periodista, escritor y CEO
de America 2010.
El complejo de David
08/Ago/2014
El País, España, Por Antonio Navalón