Señor presidente: en primer lugar, quiero saludar a las autoridades presentes, al Cuerpo diplomático, a los líderes de la colectividad judía, a las distintas organizaciones y a todos los ciudadanos que hoy se hacen presentes para participar de tan importante conmemoración.
Cuando escuchamos el término «holocausto», por asociación de nuestras mentes, rápidamente nos trasladamos a las imágenes de los campos de concentración, de los campos de exterminio y a las atrocidades encontradas por los aliados al momento de la liberación de los territorios ocupados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Realmente, esas imágenes resumen lo más terrible que, como conclusión de ese proceso, supuso la muerte de un tercio de los judíos que vivían en toda Europa, es decir, unos seis millones de personas. Pero resulta importante efectuar un breve análisis de ese proceso que comenzó mucho antes y de una forma mucho más sutil y, aparentemente, inofensiva.
En sus comienzos, este veneno se inoculaba en muy pequeñas dosis y de una forma muy sutil: primero en la población alemana y luego en otros territorios. Suponía la conceptualización del daño que determinados ciudadanos o un sector de la población hacía al país entero o al pueblo, con argumentos tales como no haber colaborado en la Primera Guerra Mundial, ser responsables de las derrotas y tragedias o tener prácticas referidas a sus negocios, cultura o religión que afectaban al resto de la sociedad. Esas semillas fueron germinando y alimentando el odio que, poco a poco, iba creciendo y justificando la adopción de otras medidas: la limitación de ciertos derechos, la identificación de sus negocios, luego el boicot y, más tarde, la destrucción y la confiscación de sus bienes; el señalamiento de docentes, intelectuales y funcionarios públicos como judíos, luego la limitación y, más tarde, la prohibición del ejercicio de sus profesiones.
Ese proceso en cascada que primero los identificó, luego les puso limitaciones y después los excluyó de la vida económica y social recluyéndolos al principio en guetos y, posteriormente, en campos de concentración, tendría su corolario final en la idea de eliminarlos de la faz de la tierra para terminar, conjuntamente con sus vidas, con los males que en apariencia ellos habían traído a la sociedad.
En Alemania primero y luego en cada territorio conquistado se cumplía con este protocolo de empezar por identificarlos y después concentrarlos, recluirlos y encaminarlos hacia esa trágica y terrible solución final.
Estas prácticas se llevaban a cabo con el activismo y la participación directa de un grupo importante de personas, con la complacencia pasiva de muchos que compartían las ideas y también con la triste y vergonzosa complicidad, pasiva, silenciosa y cobarde de muchos otros que, incluso fuera de esas fronteras, no se animaban a levantar la voz para condenar lo que sucedía.
Tratando de analizar y profundizar en el origen de estas ideas o, mejor dicho, de esta concepción que comienza sutil e inocentemente atacando a un grupo y, en especial, a este grupo de personas por sus rasgos diferenciadores del resto de la sociedad es que nos encontramos con que, si bien por sus dimensiones y su proximidad en el tiempo el Holocausto nos impacta, nos interpela y nos cuestiona de manera muy trascendente, no fue esta la primera vez en la historia de la humanidad en la que se ha querido perpetrar este tipo de atrocidades contra el pueblo judío.
Como ilustra Gerardo Stuczynski en su reciente obra Historia de Israel, cuando en la cena de Pésaj se inicia el relato de la liberación de los judíos de su esclavitud en Egipto, acertadamente, se predice: «Pues no es uno solo que se alzó contra nosotros para aniquilarnos, sino que en cada generación se levantan contra nosotros para exterminarnos, pero el Santo, bendito sea, nos salva de sus manos».
Y continúa este autor: «El espíritu de la continuidad ha estado permanentemente amenazado. Los judíos fueron perseguidos en todas las épocas, en todos los puntos geográficos, por distintos tipos de sociedades y por todas las razones imaginables y opuestas entre sí. Este odio, que es el más antiguo de la historia, para mantenerse vigente debió mutar y adaptarse a las distintas etapas históricas».
Tal vez podamos situarnos inicialmente en la época de la esclavitud en Egipto para advertir la primera intención de exterminio del pueblo judío a través de aquella advertencia al faraón de que dentro de su reino había un pueblo fuerte y que crecía mucho y, por tal motivo, había que limitarlo echando al río a todo hijo varón que naciera.
Quinientos años antes de Cristo, en el reino de Media y Persia, otro hecho histórico relatado en el libro de Esther nos habla de la intención de exterminar a todo el pueblo judío por razón de su cultura y de sus creencias en un solo dios.
Y podemos seguir con el Imperio Griego, el Imperio Romano; con la masacre producida en Norwich, Inglaterra, en el siglo XII y la posterior expulsión de todos los judíos del reino; con las persecuciones en varias regiones de Europa en la Edad Media, acusándolos de ser motivo de pestes y enfermedades; con la expulsión, persecución, tortura y muerte por la Inquisición, en el Reino de España; con las persecuciones en Bélgica, en Alemania, en Francia, en Suiza, en Austria, en Hungría, en Italia, en Checoslovaquia, en Polonia, en la Rusia zarista, cuando la Iglesia Ortodoxa condenó genéricamente a los judíos por deicidio, que les prohibía establecerse en el territorio del imperio a menos que renunciaran a su religión. Luego, por similares motivos, se los persiguió durante el régimen de la Unión Soviética de Stalin y en Oriente, cuando las autoridades musulmanas decretaron que los judíos pasaban a ser ciudadanos de jerarquía inferior a los que el soberano podía dar el trato que quisiera, y los obligaban a pagar impuestos especiales a cambio de que se les permitiera profesar su fe y desarrollar su vida civil.
¿Cuál es la constante? ¿Cuál es el porqué de estas persecuciones? El historiador británico Paul Johnson dice: «[…] En el curso de los milenios, que los judíos provocasen un odio sin igual, incluso inexplicable, era lamentable pero de esperar. Sobre todo, que los judíos sobreviviesen, cuando todos los restantes pueblos antiguos se habían transformado o desaparecido en los entresijos de la historia, era completamente previsible. […] La providencia lo decretaba, los judíos obedecían. […]».
Y agrega: «[…] Los judíos han creído que eran un pueblo especial, y lo han creído con tanta unanimidad y tal pasión, y durante un período tan prolongado que han llegado a ser precisamente eso. […]».
El escritor alemán Heinrich Heme, expresó: «Pueblos se elevaron y desaparecieron; Estados florecieron y marchitaron, revoluciones conmovieron la superficie de la Tierra; y ellos, los Judíos estaban encorvados sobre libros, y no notaron las tormentas del tiempo, que pasaron sobre sus cabezas sin conmoverlos».
Mark Twain, escritor norteamericano, decía: «Los egipcios, los babilonios y los persas ascendieron y cubrieron el mundo con bullicio, grandiosidad y excelencia hasta que se apagó su iluminación […]. Los griegos y los romanos siguieron en sus huellas, conmovieron al mundo en tormenta, y se esfumaron. […] El judío los vio a todos, los derrotó a todos y hoy es lo que fue desde el alba de las civilizaciones […]. Todos son mortales menos los judíos».
León Tolstoi sostuvo de los judíos: «Un pueblo como este nunca puede desaparecer. El judío es eterno. Es la encarnación de la eternidad».
Nos surge aquí, como a Stuczynski, una pregunta: ¿qué valores pueden compartir los antiguos imperios, la Inquisición, el nazismo, el comunismo, el integrismo islámico? Simple: su férrea oposición a la libertad. En todos esos regímenes despóticos y absolutistas, la voluntad del faraón de turno es la ley suprema; al despreciar la libertad rechazan la justicia, el derecho, la paz y aborrecen a los judíos.
Ese espíritu de continuidad de los judíos se retroalimenta con un ingrediente esencial que se llama libertad. Ese concepto de libertad está en la cúspide de los valores judíos desde el mismo Deuteronomio y de allí lo heredamos como civilización al Occidente y nos ilumina en nuestro andar. Por eso, recordar la Shoá establece como imperativo recorrer todo ese proceso desde los orígenes mismos de la historia y, en esa memoria, estar atentos al presente para erradicar la génesis de razonamientos sutiles y aparentemente inofensivos que pueden generar los horrores del Holocausto. Es por esto que la memoria resulta fundamental para que la historia no vuelva a repetirse.
No podemos negar que existe un riesgo actual y permanente de que esa semilla del odio encuentre tierra fértil, derivando en discriminación e intentos de eliminación. Muchas veces, el antisemitismo o antijudaísmo aparece disfrazado de antisionismo, que no es otra cosa que negar a una nación el derecho a tener su tierra, su hogar. Como dijera Martin Luther King: «El antisemitismo, el odio a los judíos, permanece como una mancha en el espíritu de la humanidad. Entonces, entiende esto: el antisionismo es, en esencia, antisemitismo, el odio al pueblo judío y así siempre será».
Otras veces, este antisemitismo se disfraza; se da cuando se es especialmente crítico o hipercrítico con las decisiones de una democracia, de una república, de un sistema democrático cuya luz irradia una zona donde es escasa la libertad. ¡Claro que se puede disentir!, ¡claro que se puede discrepar!, pero llama la atención la hipocresía de quienes levantan su voz con especial virulencia contra Israel, pero guardan silencio ante los regímenes totalitarios y plagados de violaciones a los derechos humanos de la misma zona, que persiguen y matan por razones étnicas, culturales y religiosas a cristianos o aun a musulmanes, alimentando permanentemente el odio hacia Israel y hacia los judíos por su condición de tales.
En Uruguay no estamos ajenos a esta semilla del odio. Basta recordar el asesinato de David Fremd, hace dos años; las agresiones físicas a una empleada doméstica al grito de «sirvienta de los judíos»; las pintadas en el muro del Memorial del Holocausto del Pueblo Judío y, lamentablemente, hace pocos días, el triste y vergonzoso incidente del comerciante de Barra de Valizas que discriminó a dos jóvenes por su mera condición de ciudadanos israelíes.
Siento la necesidad de pararme firme ante aquellos que defienden estas posiciones, que las justifican o que aún más tienen posturas de complacencia, complicidad y comodidad ante lo políticamente correcto.
Me inspira la vida de Dietrich Bonhoeffer, quien, pudiendo tener estas posturas cómodas para mantener su estatus, decidió sin embargo enfrentar desde temprano el odio y la persecución a los judíos, denunciando esa situación fuera de fronteras, persuadiendo y recriminando a sus conciudadanos y a líderes sociales y religiosos de su época, enfrentando al régimen nazi de todas las maneras posibles, hasta que la cárcel y la muerte en la horca, pocas semanas antes de la toma de Berlín, pusieron fin a su vida. Pero estas acciones elevaron su ejemplo de lucha como antorcha para futuras generaciones.
El pastor luterano alemán Martin Niemöller nos legó un poema muy conocido, que dice así:
«Primero vinieron por los comunistas, y yo no dije nada,
Porque yo no era un comunista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada,
Porque yo no era un sindicalista.
Luego vinieron a buscar a los judíos, y yo no dije nada,
Porque yo no era judío.
Luego vinieron a buscarme, y no quedó nadie para hablar por mí».
Ojalá podamos tener la misma conciencia y valentía de Bonhoeffer en nuestro tiempo, y levantar la voz en contra de aquellos que con diferentes pretextos siembran esa semilla de odio contra los judíos, pero que es, en esencia, un ataque a la libertad y a la dignidad de todo ser humano.
Muchas gracias.
Diputado Gerardo Amarilla: “existe un riesgo actual y permanente de que la semilla del odio encuentre tierra fértil”
30/Ene/2018