La titánica tarea trata
de hacer frente a altos niveles de sequía y evaporación mediante la adaptación
de cultivos, algunos milenarios, a suelos casi inexpugnables, en los que la investigación
se ve obligada a romper todos los moldes en busca de soluciones atrevidas.
«Las condiciones que
tenemos que afrontar son de un clima extremo: suelos muy pobres, bajas
precipitaciones, altos niveles de evaporación y alta salinidad en el agua subterránea»,
dijo el profesor Uri Yirmiyahu, director del Centro Gilat de Investigación.
Dependiente del Instituto
estatal Vulcani de desarrollo agropecuario, responsable del 70 por ciento de la
innovación agraria en el país, el centro Gilat está abocado desde hace décadas
a la conquista del desierto del Néguev, una zona de 13 mil kilómetros cuadrados
que se extiende desde el balneario de Eilat, a orillas del Mar Rojo, hasta la
ciudad de Ashkelón, al norte de la Franja de Gaza.
El inhóspito clima, con
temperaturas que en verano superan los 50 grados, hacen casi inviable la
vegetación, si bien poco a poco el centro Gilat ha ido encontrando cultivos
capaces de soportar las extremas condiciones climáticas y adaptarlos a las
necesidades del mercado.
Un ejemplo notorio es el
pimiento verde, cultivado en invierno cuando «su más alto precio es aún
competitivo en los mercados europeos», explicó la doctora Maayán Kitrón
Clabs, del Centro de Investigación Aravá, también dependiente del Vulcani.
Las técnicas
desarrolladas para esta verdura incluyen la mezcla de la tierra con un biogel
que captura el agua en las raíces de la planta, en un efecto similar al de un
pañal y que reduce el consumo de agua de regadío en un 30%.
Tras años de
investigación, Israel exporta anualmente unas 80 mil toneladas de este tipo de
pimiento y sigue adelante la búsqueda de nuevos cultivos capaces de soportar la
alta salinidad de un agua que debe ser extraída a más de 1.500 metros de
profundidad.
«Buscamos productos
que convivan con la alta salinidad», apuntó Yirmiyahu junto a una vasta
plantación de palmeras datileras, un árbol que, debido a la gran evaporación,
en el desierto israelí requiere 1.000 litros de agua al día cuando, en el mejor
de los casos, las precipitaciones en la zona oscilan entre los 50 y 150
milímetros.
Otros proyectos de
aclimatación en vías de desarrollo son el cultivo de la espinaca china -basella
alba en su descripción científica-, la de distintos tipos de olivas -entre
ellas las españolas picual y arbequina-, o la de una berenjena a la que en
invierno calientan las raíces de forma artificial para que crezca.
También se intentan
recuperar algunas especies de olivo que crecen en la zona de forma natural
desde hace miles de años -aunque por ahora no tienen rentabilidad-, y hasta una
milenaria especie datilera ya desaparecida, gracias a un hueso desecado
encontrado en la fortaleza de Masada.
«Nuestro principal
logro es poder cultivar a 45° de temperatura y en una tierra sin agua»,
declaró el jefe de un instituto que está volcado en la tecnología agraria
aplicada, es decir, ayudar al agricultor a mejorar su productividad.
Creado hace medio siglo,
el Instituto Vulcani se ha extendido en los últimos años a las frutas y
verduras «funcionales», aquellas enriquecidas y adaptadas a las
necesidades de determinados colectivos, y a una nueva área de cultivo que
aprovecha el abrasador sol del Néguev para su desarrollo: las algas.
Situado unos 50
kilómetros al norte del Mar Rojo, el kibutz Keturá es uno de los pioneros en el
cultivo de algas unicelulares para producir la codiciada astaxantina,
antioxidante hasta diez veces más potente que el resto de carotenoides.
«El 25 por ciento
del consumo mundial sale de nuestra planta AlgaTech, y hoy sólo se cubre a
nivel mundial el 2% de la demanda», aseveró Oren Joresh, miembro del
kibutz.
Junto a una infinidad de
tubos de cristal transparente por los que fluye incesantemente un agua verdosa
sembrada con la Haematococcus pluvialis, Joresh explicó que este alga responde
al estrés -por ejemplo, falta de alimentación- con la liberación de la rojiza y
valiosa astaxantina.
Y es que sembrar el
desierto se ha convertido en casi la única alternativa para un país cuya
población se resiste a vivir en las sofocantes colinas y cauces desecados del
bíblico Neguev, un sueño del que ni Ben Gurión pudo impregnar a sus
conciudadanos.
Cultivar el Néguev, medio siglo de lucha contra el desierto de Israel
05/Nov/2014
Aurora