Cavilaciones de la mirada

27/Nov/2014

Clarín, Revista Ñ, Sonia Boudassi

Cavilaciones de la mirada

Seguir órdenes es lo
primero que se hace apenas se llega a un aeropuerto internacional. En pos del
ya remanido “bien superior” –la seguridad– debemos adiestrarnos en la docilidad
e imitar los movimientos de quienes nos preceden en la fila luego de atravesar
Migraciones. Quitarse las zapatillas es algo de mal gusto, un gesto de
comodidad entre conocidos y de confianza excesiva fuera del ámbito doméstico.
Es obsceno ver los pies del prójimo. Mostrar los propios resulta vergonzante.
Sin embargo, nos quitamos el calzado para entrar a países de Asia, de Europa.
En Estados Unidos, encima, hay que aguantar el mensaje directo; una retórica
tan translúcida que, paradójicamente, invita a cuestionar su carácter
manipulador.
Entonces, descalzos, nos
metemos en un tubo vertical de vidrio, nos paramos en el círculo marcado en el
medio, las manos arriba y hacia adelante –como en las escenas de detención de
películas y docu-shows periodísticos– para que puedan escanear nuestro cuerpo
sin tocarnos. Salimos, las medias ya sucias, bacterias y pelusas, y vemos la
enorme Bandera del honor . Entre las líneas rojas y azules se inscriben los
nombres de las víctimas del 11-S.
Con cierta humillación y
tibiamente adoctrinados, quitamos nuestro celular, las llaves, la cámara de
fotos de la caja blanca de plástico y nos disponemos a entrar al país con el
peso de la vergüenza resignada por la justificación de las autoridades. Y por
el sentido común: a nadie se le ocurre cuestionar las reglas en momentos y
lugares así. A veces, la escritura es una forma de cobardía o una manera de
revancha. Colectiva, individual. Si muchos cientistas sociales critican a Marc
Augé por su falta de empiria, su reiteración, y su quizá laxa rigurosidad
teórica –la forma de humo espiralado de sahumerio que exudan sus ideas–, la
tesis de los aeropuertos como no lugares, contiene mucho de verdad.
Años después de haber
visitado Israel y Palestina por primera vez, el discurso literario, periodístico
y analítico aún lucha por salvarse del ácido volátil de aquel gran relato pulpo
que parece envolverlo todo con su inteligente retórica: la propaganda. Aquella
abuela sabia y tejedora sagaz, deja de ser eficiente –como antaño– para generar
preguntas. Y elabora, en cambio, inteligentes y emocionales consignas capaces
de manejar con atractiva soltura los niveles de denotación y de subtexto.
Repetirán, repetiremos siempre: no es fácil escribir sobre Israel y Palestina
si no se es palestino, árabe, israelí o judío. Pero tampoco es imposible.
Aunque así como los
aeropuertos piden identificaciones, visas, antecedentes, demostraciones de
buena conducta, al demasiado curioso viajero en Oriente Medio se le exige, a
veces de manera disimulada y amable, cierta legitimidad simbólica, una carta
invisible de buena intención en la mayoría de los casos. En el peor, la
violencia cotidiana que imposibilita, por ejemplo, que un israelí viva en
Palestina. Que un palestino pueda pasar al otro lado del muro que divide su propio
país, de la otra parte que llega a la frontera con su vecino, sin ser revisado
e interrogado en un puesto de control del Ejército. Que un periodista paulista
con una agenda repleta de nombres en árabe sea desnudado en Ben Gurion, y
obligado a abrir su correo electronico ante los militares.
Libertad versus
seguridad. Será un lugar común del progresismo burgués –sea lo que sea esa
tipología en tiempos en que derecha e izquierda no son categorías simples–
quejarse por todos los controles que, en el caso de Israel, llegan a invasiones
extremas y concretas: mientras se teoriza sobre el fin del Estado-Nación, sobre
las tensiones entre las aún indominables fuerzas políticas locales en la
globalización, las fronteras se vuelven rígidas para el visitante y elásticas
para los vecinos según las disputas en el terreno: guerras. Guerras donde
aquella consigna de civilización y barbarie genera sujetos difusos de uno y
otro lado. Aunque los ciudadanos de un lado tengan un Estado y los de otro
apenas uno “en formación”.
Los bordes se cruzan, si
simplificamos, para realizar una inmersión o para huir. En el caso de Israel y
Palestina, como ocurre en algunos textos compilados por Maria Sonia Cristoff en
Pasaje a Oriente (FCE), la sensacion de exotismo prevalece y ahí radica hoy el
peligro potencial: mantenerse, en este siglo XXI, del lado del turista impune
(y es verdad que muchos pueden recorrer el territorio sin anoticiarse del
conflicto; miles de dispositivos, desde las maquinarias de turismo religioso,
las publicaciones ABC1 de líneas aéreas que promocionan Tel Aviv, a los spas
medicinales y estéticos del Mar Muerto operan para eso). Pero afuera suele
ganar la noción de frontera en cuanto a gigante hiperbólico que acentúa la
diferencia y la beligerancia. Y también la estigmatización, al reproducir
falacias que identifican al pueblo judío con el gobierno de Israel, a los
palestinos con el terrorismo, mientras no se cuestiona, como pedía Edward Said,
la representación que de ellos siempre elaboran los otros. Las reacciones nunca
son tibias; lo vimos en la última guerra en Gaza. Las fronteras se cruzan: los
militantes del territorio y la web pelean su batalla. Muchos se quejan por la
intromisión extranjera. Aunque las estrategias nacionales son diferentes:
Palestina pide que el resto del mundo intervenga. El ministerio de relaciones
exteriores israelí no. Incluso, redacta geniales cartas antes de deportar a
hombres y mujeres de ONG de Derechos Humanos que vuelven a revalorizar el
trabajo político del escritor (de la escritura): “Estimado activista:
Apreciamos tu decisión de elegir a Israel como objetivo de tus preocupaciones
humanitarias. Sabemos que tenés muchas opciones. Podrías haber elegido
protestar contra el régimen sirio y su cotidiana crueldad en contra de su
propia gente, que ha costado miles de vidas. Pudiste haber elegido protestar
contra la brutal represión por parte del régimen iraní sobre los disidentes, y
su apoyo al terrorismo en todo el mundo. (…)Pero en lugar de eso, elegiste protestar
contra Israel, la única democracia en Medio Oriente, donde las mujeres son
iguales, la prensa critica al gobierno, las organizaciones de Derechos Humanos
operan libremente, la libertad religiosa es respetada para todos y las minorías
no viven con miedo”.
Internet permite
complejizar vía transmedia: la estructura ficcional y el documental, ya se dijo
tantas veces, pueden fusionarse e imponer nuevas lecturas y preguntas. Con
Israel y Palestina, toda esa riqueza literaria, comunicativa, en su afán de
convertirse en viral, se reduce a la estupidez de un flyer con una foto
impactante para postear en Facebook, e indignarse como comentarista de diario
on-line: la potencia política se pierde en el eslogan emocional. Con sentido de
pertenencia, los de afuera atraviesan la frontera y opinan sobre el conflicto
twiteado por fuentes oficiales (el Ejercito) y ciudadanas, como la cuenta de
@FarahGazan, la chica gazatí autoproclamada sin inocencia como una “Ana Frank
moderna”. En cualquier caso, la queja sobre la sobreinformación de la violencia
en Israel y la falta de noticias sobre los países árabes, deberia ser
respondida sumando relatos. Escritores y periodistas de distintos medios
coinciden: ante la enorme comunidad judía en todo el mundo, los editores creen que
el tema genera mayor interés que el mundo árabe. La frontera, entonces, es, una
vez más, la del lenguaje: la tensión latente se lee sin estridencias en la obra
de David Wapner, y en la novela Aquarium de Marcelo Figueras. En la ficción, en
el ensayo, en la Academia, y en el periodismo, sigue siendo un clásico vigente
aquel postulado del holandés Joris Luyendijk: “Hoy en Judea y Samaria / en los
territorios palestinos / en los territorios ocupados / en los territorios en
disputa / en los territorios liberados, tres palestinos / inocentes /
terroristas musulmanes fueron eliminados preventivamente / brutalmente
asesinados / muertos por el enemigo sionista / por las tropas de ocupación
israelíes / por las fuerzas de defensa israelíes”.
*Sonia Budassi acaba de
recibir la Beca de Letras 2014 del Fondo Nacional de las Artes.