Hace un par de años, durante una visita de trabajo a Israel, conocí a uno de esos héroes anónimos del Holocausto que con unas pocas palabras sobre su trágica experiencia personal pueden darle un vuelco a la perspectiva que uno tiene sobre la condición humana y la vida. Había perdido a toda su familia en el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, salvo a un hermano menor que sobrevivió y que luego se disparó décadas de comunismo. El, en cambio, logró escapar muy joven a Israel, en cuyas fuerzas armadas sirvió y donde estudió. Se reencontró con su hermano décadas después. Y a sus robustos 90 años se dedicaba a dar charlas a periodistas y otros extranjeros que, como yo, visitaban Israel.