Sentado en el living de su apartamento en Pocitos, se nota que a Claudio Cacciavillani le cuesta hablar de lo que pasó hoy hace quince años en Manhattan. Busca en silencio apoyo en Ana Laura Barttfeld, su esposa y madre de sus dos hijas, Julieta (13) y Candelaria (11), que han preguntado solo lo justo y necesario. Todo cambió: hoy es taxista en Montevideo, no un inmigrante en Estados Unidos dispuesto a trabajar de mil cosas para forjarse un futuro. Pero sigue siendo difícil hablar luego de haberle visto la cara a la muerte. No es fácil haber sido testigo directo del día que cambió el mundo.