Llega a su fin en Oriente Medio una larga y convulsionada etapa de relaciones estratégicas, que podríamos designar como «nasserista» en referencia al controversial líder egipcio. Dicho período se caracterizó por la preeminencia del enfrentamiento árabe-israelí y la cuestión palestina, la función del nacionalismo como cemento interno de los Estados árabes, la relativa subordinación de tradicionales tensiones religiosas y étnicas, y el papel crucial de poderes externos a la región en su curso geopolítico. La nueva realidad presenta otros ejes de enfrentamiento. Por un lado el fin del nasserismo, que a su manera todavía encarnaban las dictaduras en Egipto, Irak, Libia y Siria, lejos de significar el salto a una etapa de libertad ha abierto las puertas a la desintegración y la anarquía.