En una época en la cual un poderoso mandatario de estado niega la Shoá (Holocausto del pueblo judío) es difícil oponerse a él, a sus seguidores y a sus obsecuentes; a todos aquellos que la amistad con el poder y el dinero los atrae sobremanera. La presidente brasileña Dilma Rousseff, quien asumió hace casi tres meses demostró que no es uno de ellos.