Un desastre evitado por un pelo. Lo ha admitido el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, comentando el asalto a la embajada del estado hebreo en la capital egipcia, El Cairo, que concluyó este fin de semana con, al menos tres muertos y centenares de heridos y de arrestados. La agresión contra la sede diplomática, que según Netanyahu “simboliza la paz entre nosotros y Egipto” (The Guardian, 11 de septiembre), comenzó después de la tradicional oración del viernes y la ya tradicional manifestación de protesta en la centralísima plaza Tahrir, cuando algunos centenares de manifestantes se dirigieron contra la embajada e intentaron derruir el nuevo muro de protección construido en torno al edificio.