Ayer unos 300 jóvenes israelíes recordaron hoy en Sobibor, en el este de Polonia, a los judíos que hace 70 años escaparon del campo de concentración nazi ubicado en esta localidad, símbolo de la resistencia judía frente al Holocausto.
Ayer unos 300 jóvenes israelíes recordaron hoy en Sobibor, en el este de Polonia, a los judíos que hace 70 años escaparon del campo de concentración nazi ubicado en esta localidad, símbolo de la resistencia judía frente al Holocausto.
Tras haber sido rechazados por la Argentina, donde se ocultó por décadas, y por la ciudad de Roma, donde cometió sus delitos, los restos del criminal de guerra nazi Erich Priebke tampoco encontrarán descanso en su ciudad natal, Hennigsdorf, en el Nordeste de Alemania.
Sin lugar a dudas, la Shoá marcó, marca y marcará la subjetividad de millones de personas por décadas. Es lamentablemente, la prueba ineludible de un paradigma que demuestra la magnitud de la violencia extrema ejercida por el ser humano en pleno siglo XX. Resulta evidente que, frente a este episodio extremo de catástrofe social, no se pueden realizar abordajes lineales y simples.
Parece un chiste de Gila, pero es real. A principios de los años cincuenta, uno podía contactar con Josef Mengele -antiguo médico del campo de concentración de Auschwitz, criminal de guerra e icono maléfico de los experimentos genéticos nazis- llamándole por teléfono a su casa de Buenos Aires. Su número aparecía en la guía telefónica bajo el nombre de… José Mengele. O el exilio dorado latinoamericano de los matarifes nazis, cuyas paradojas refleja ahora la directora argentina Lucía Puenzo en El médico alemán, que se estrena hoy en nuestros cines. El filme, una coproducción española que representará a Argentina en los Oscar, mezcla realidad y ficción para describir el viaje de Mengele a la Patagonia en 1959, donde acabará experimentando con los hijos de una familia que le aloja en su hostal.