Testimonio de Minna Mendel de Pincus, sobreviviente de la Shoá

Testimonio de Minna Mendel de Pincus, sobreviviente de la Shoá

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Puedo hablar del 9 de Noviembre, pero Uds. no lo pueden sentir. Y yo, no puedo describir el infierno.

Puedo recordar nomás.

Mi nombre es Minna Mendel de Pincus, y nací en un pequeño pueblo en Alemania, en 1918 justo al final de la Primera Guerra Mundial, y en plena época de recesión.

Vengo de una familia judía acomodada, y muy observante. Según mis abuelos, mi familia había llegado a Alemania en tiempos de los romanos.

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Palabras familiares

Palabras familiares

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Esas palabras eran familiares. Las palabras que estaba escuchando en ese mismo momento las había escuchado en otro tiempo, en otro lugar. No las comprendía pero sabía que habían estado allí, antes de aquel amargo ahora. Hanna, ¿me escuchas? Hanna…
Después llegaron los gritos, aquellos gritos que se habían convertido en rutina. Generalmente me ponían nerviosa, cerraba los ojos porque creía que así no los escucharía, que mi mente me llevaría otra vez a pensar en esas palabras que deseaba descifrar, pero los gritos eran ladridos humanos en aquella noche fría. Trataba de taparme los oídos para no oírlos, pero los tonos de las voces eran agudos y penetraban a través de los dedos que querían proteger mi alma. Los gritos eran órdenes: “¡Silencio! ¡Raus! ¡Recuento!” ¡Tantas veces quise gritar!… pero mi voz quedó enmudecida. Los gritos se enredaban en los llantos de todas nosotras, en el pelo rapado, en aquella trenza que, como gesto de bienvenida a aquel lugar, había sido cortada con brutalidad.

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Las lecciones de la Noche de los Cristales Rotos

Las lecciones de la Noche de los Cristales Rotos

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Hace 65 años, el mundo se enfrentó a una de las grandes pruebas morales de la historia. Y fracasó miserablemente. El 9 de noviembre de 1938, Adolf Hitler desató los impulsos más oscuros de la humanidad en un ataque brutal que se desencadenó en Alemania y Austria. Se lo denominó “Kristallnacht” o “La Noche de los Cristales Rotos”, en referencia a todos los cristales despedazados brillando en las calles. Más de mil sinagogas fueron quemadas, las vidrieras de los negocios judíos destrozadas y las tiendas saqueadas. Miles de judíos fueron detenidos y llevados a campos de concentración, y unos 400 fueron asesinados. Los bomberos fueron espectadores de brazos cruzados y sólo se aseguraron de que los incendios no se extendieran más allá de las sinagogas. La policía ayudó a los alborotadores.

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