Esas palabras eran familiares. Las palabras que estaba escuchando en ese mismo momento las había escuchado en otro tiempo, en otro lugar. No las comprendía pero sabía que habían estado allí, antes de aquel amargo ahora. Hanna, ¿me escuchas? Hanna…
Después llegaron los gritos, aquellos gritos que se habían convertido en rutina. Generalmente me ponían nerviosa, cerraba los ojos porque creía que así no los escucharía, que mi mente me llevaría otra vez a pensar en esas palabras que deseaba descifrar, pero los gritos eran ladridos humanos en aquella noche fría. Trataba de taparme los oídos para no oírlos, pero los tonos de las voces eran agudos y penetraban a través de los dedos que querían proteger mi alma. Los gritos eran órdenes: “¡Silencio! ¡Raus! ¡Recuento!” ¡Tantas veces quise gritar!… pero mi voz quedó enmudecida. Los gritos se enredaban en los llantos de todas nosotras, en el pelo rapado, en aquella trenza que, como gesto de bienvenida a aquel lugar, había sido cortada con brutalidad.
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