Los judíos de Chequia protestaron por llamar al equipo infantil de voleibol con el nombre del veneno que los nazis usaron para matar judíos y gitanos en cámaras de gas durante el Holocausto.
Los judíos de Chequia protestaron por llamar al equipo infantil de voleibol con el nombre del veneno que los nazis usaron para matar judíos y gitanos en cámaras de gas durante el Holocausto.
Un grupo de arqueólogos armados con martillos derribaron parte de la estructura de una antigua edificación nazi hasta dar con una cápsula que llevaba 82 años enterrada en la ciudad polaca de Zlocieniec.
Benjamin Ferencz tiene 96 años. Su memoria asombra, cuando menciona fechas y nombres de la mitad del siglo pasado. Es un hombre pequeño, apenas rozando el metro y medio de altura, pero un gigante de la justicia: es el último fiscal vivo de los juicios de Nuremberg y un defensor de la ley penal internacional que está a punto de donar millones al Museo del Holocausto de Estados Unidos para promover la paz mundial.
Entre los 55.000 espectadores que se encontraban en el Poststadion de Berlín estaba Adolf Hitler, en el palco de honor, que asistía a su primer partido de fútbol como Führer, flanqueado por Rudolf Hess, Joseph Goebbels y Hermann Göring, la trinidad sagrada del Tercer Reich. El aparato esperaba que sus chicos repitieran el 9-0 que le habían endosado a Luxemburgo en el partido de apertura de los primeros Juegos Olímpicos celebrados en casa. Eran los cuartos de final del torneo. Los contrincantes, llegados de una Noruega prepetrolera, todavía pobre entre los vecinos nórdicos, no podían pronosticar lo contrario. Pero la ansiada victoria del colosal anfitrión acabó en amarga derrota a manos del humilde visitante. Los dos goles vikingos obligaron a abandonar el estadio a la jerarquía nazi antes del final del partido. Aquel 0-2 ante Noruega resultaba humillante.