El nazismo, se ha dicho muchas veces, contenía dentro de sí el germen de su propio aniquilamiento. Lo que no se ha dicho tanto es que ese germen, además de ideología, estaba atiborrado de cocaína, oxicodona y metanfetamina, el adictivo psicoestimulante que se masificó en Alemania, y que llegaría a repartirse como caramelos cuando los nazis quisieron conquistar el mundo. Que la fuerza de destrucción del Tercer Reich fuese tan arrolladora como su fuerza autodestructiva se vuelve espectacularmente evidente en la investigación que el escritor alemán Norman Ohler hace en su libro High Hitler: un relato minucioso del uso y abuso de drogas sintéticas en la Alemania nazi, y del papel efectivo que la manipulación de la química neuronal jugó en las acciones de los soldados alemanes –y del propio Hitler– durante la Segunda Guerra Mundial.
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