Marlene Dietrich vio implosionar los valores de solidaridad de su patria desde Hollywood. Se fue en el treinta, luego del éxito que fue El ángel azul, a engrosar su carrera en la meca del cine. Cuando quiso volver, ya era tarde: la persecución a los judíos —muchos amigos suyos— ya había comenzado. Ella era una gran figura y el nazismo lo sabía. Joseph Goebbels, el ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich, lanzó una campaña en la prensa contra ella para que volviera a su país. Los diarios oficialistas la acusaban de haber abandonado su patria. Marlene quería volver, pero su marido la convenció de que no, que hacerlo era una locura. Entonces se instaló en París. Allí recibió a artistas refugiados, judíos que escaparon como pudieron y a exiliados políticos. No podía creer el antisemitismo. Lo procesó, lo entendió y se propuso hacer algo: ayudar, como sea. Con dinero, con pasajes o con hospedaje se ofreció como una amiga a todos los perseguidos por el régimen nazi.
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