La estafa patriótica

La estafa patriótica

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El 5 de mayo de 1940, cuando las hordas nazis caen sobre Holanda y la ocupan a su modo (sangre, muerte, asesinatos en masa de judíos, hombres y mujeres obligados a trabajos forzados), no pueden encontrar un terreno menos hostil. El Reino de los Países bajos no ha guerreado en los últimos ciento veinticinco años. Sus soldados son apenas un símbolo. Ese pueblo eligió luchar por su libertad del único modo posible: sin armas –no las tenía–, con inteligencia, astucia, sin violencia, ejerciendo resistencia pasiva en cada rincón.

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Quien reemplaza la tinta con veneno, solo puede trasmitir odio

Quien reemplaza la tinta con veneno, solo puede trasmitir odio

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Hace 100 años, al finalizar la Primera Guerra Mundial, en Europa se vivía un clima similar. Imperios caídos, fronteras móviles, crisis humanitaria y discursos extremos, Revolución Rusa y ascenso de un comunismo real y ya no teórico en un continente devastado. En ese contexto, un militar alemán, de nombre Adolf Gemlich, consulta a una unidad de propaganda sobre «la cuestión judía». El capitán a cargo deriva la respuesta a uno de sus oficiales quien dirige la misma por carta a Gemlich. Ese oficial se llamaba Adolf Hitler. Ese 16 de septiembre de 1919, seis años antes de publicar Mi Lucha, Hitler deja por primera vez expresadas sus aberrantes y crueles propuestas, que 26 años más tarde contabilizarían 6 millones de judíos asesinados.

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Los Klarsfeld, “cazadores de nazis”

Los Klarsfeld, “cazadores de nazis”

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Beate y Serge Klarsfeld suelen ser presentados como “cazadores de nazis”. Pero esta pareja es mucho más que eso: representan una buena parte de la historia de la Europa de la desnazificación, que aún hoy con el resurgimiento de la ultraderecha en el viejo continente cobra más significado que nunca.

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Los engaños de Hitler

Los engaños de Hitler

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Aquel 1 de septiembre de 1939, a eso de las cinco menos cuarto de la madrugada, un despreocupado guardia de fronteras se convirtió en el primer testigo del comienzo de la Segunda Guerra Mundial cuando, al salir de su puesto de control, se dio de bruces con decenas de soldados germanos. Sin mediar palabra, estos le arrojaron al suelo y levantaron (como quedó inmortalizado en una de las instantáneas más famosas de la historia) la barrera que separaba la frontera polaca de la alemana. Tras ellos entraron las divisiones Panzer del Tercer Reich en territorio enemigo. Lo que no sabían esos combatientes es que, junto con aquella valla, acababan de abrir también la puerta a un conflicto que se cobró la vida de entre 50 y 80 millones de personas. Casi un diez por ciento de ellas, asesinadas en los campos de concentración organizados por Adolf Hitler bajo el tétrico paraguas de la «Solución Final» (la aniquilación sistemática del pueblo judío).

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