Quisiera comenzar estas líneas con un comentario personal, pero que seguramente refleja lo que mucha gente en Israel sintió en aquella terrible noche del sábado 4 de noviembre de 1995, cuando fue asesinado el entonces Primer Ministro Itzjak Rabin. Jamás en mi vida pensé que podría llorar tanto, con el corazón desgarrado, por la muerte de alguien que no era de mis seres queridos a nivel personal, ni un familiar ni un amigo cercano. Jamás había concebido albergar esa sensación de orfandad y desesperación por la muerte de alguien que a nivel personal, íntimo, de hecho no era nada mío.