Israel no se parece a ningún lugar en el que haya estado. Algunos fragmentos sí –el café de la esquina, la autopista, los edificios modernos. El conjunto, sin embargo, es incomparable a nada que haya visto. Cruzas una avenida en Jerusalén y entras a otro siglo. En un lado de la calle: shorts, sandalias y el pelo suelto y al aire. Del otro lado: las cabezas de los hombres cubiertas con sombreros negros y las de las mujeres tapadas con pañuelos o pelucas. De ambos lados de la avenida: bullicio burbujeante, gestos cargados de fuerza y gente que te mira a los ojos.
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