HACE algún tiempo, tuve ocasión de participar en una cena en la que estaba una persona que podría haber ocupado una jefatura de Estado europea. Por alguna razón que no recuerdo, la conversación derivó al Holocausto, lo cual provocó un rato de tensión en un ambiente que hasta entonces, con los rostros bronceados propios de la estación, había sido ligero y divertido. La persona en cuestión dijo dos cosas que me parecieron arraigadas en la cultura europea contemporánea.