Durante cuarenta años de escritura solitaria, los años documentados en su Diario de la galera (Acantilado, 2003), encerrado en un piso de 28 metros cuadrados, Imre Kertész trató de penetrar “el telón de acero que separa la formulación de la experiencia”. El paso por el campo de concentración, novelado en Sin destino, constituyó solo la gran toma de conciencia. De hecho, no podía escribir novelas sobre el Holocausto, repitió Kertész una y otra vez…