En el atardecer del 16 de julio de 1942, un escritor abre en París el paquete con los primeros ejemplares del libro al cual encomienda su gloria; del libro que habrá, al cabo, de cimentar su ignominia. La obra lleva el título percutiente de Les décombres, los escombros. El escritor está a punto de cumplir los 39 y sospecha haber escrito, para la guerra en curso, el paralelo exacto de la negrura con la cual Louis-Ferdinand Céline diera retrato a la del 14. Acertará. En cierto modo. En cierto funesto modo.