El antisemitismo no es meramente un rechazo al diferente, ni una reacción popular a tal o cual práctica de un prestamista judío del Medioevo, el pensamiento de Woody Allen o las políticas de Benjamin Netanyahu. Tampoco es una maldición divina. El antisemitismo es en gran parte el efecto creado por la propaganda diseñada y difundida de manera intencionada por organismos oficiales políticos y/o religiosos a lo largo de la historia, que buscaron beneficiarse con estas narrativas. Es lo que hoy llamaríamos una campaña de desinformación.