En ocasiones se siente que Francia, una adelantada de la cultura de Occidente, tiene, para bien o para mal, reacciones que anticipan lo que más tarde sucederá en el resto de Occidente. Buena prueba de ello fue la revolución de 1789, la primera de un serie de movimientos que anunciaron el advenimiento del mundo burgués, la revolución de 1968 y sus secuelas, o actualmente, la irrupción de los «chalecos amarillos», una amenaza populista en ciernes para la salud de las instituciones democráticas. Al igual que en otro plano, no menos preocupante, lo mismo ocurre con las recientes manifestaciones de antisemitismo que asolan el país.