Siempre ha estado ahí, pero siendo algo socialmente reprobable, el antisemitismo se refugiaba en la nocturnidad y la alevosía. Su campo de acción era la profanación de tumbas judías, los ataques a sinagogas y otros actos vandálicos. O, si se atrevía a dar la cara, lo hacía escudándose en el anonimato de una masa exaltada, como un grupo de chalecos amarillos que, encontrando en una calle de París a Alain Finkielkraut, se ensañó con el filósofo de origen judío con insultos como “Cerdo sionista de mierda”, “Que te jodan” o “Francia es nuestra”. En poco tiempo el antisemitismo ha dado un salto. Ahora se manifiesta a plena luz del día, da la cara y lo hace por boca de políticos con nombres y apellidos, algunos son representantes electos en parlamentos y ayuntamientos y vomitan su bilis desde espacios de democracia, o son militantes de formaciones no necesariamente ultras, fascistas o racistas.