Babi Yar, la trastienda del Holocausto

23/Sep/2016

El Mundo, España, Por Xavier Colás

Babi Yar, la trastienda del Holocausto

El 26 de septiembre los nazis decidieron
exterminar a la población judía de Kiev. Más de 33.000 personas fueron
asesinadas en dos días. Eran llevados al borde del barranco desnudados y
asesinados. Ucrania y otros territorios soviéticos fueron el ‘laboratorio’ de
la Solución Final
Babi Yar es una herida ucraniana, una
hemorragia de hasta 100.000 almas que ya no pueden ser vengadas. Fue el primer
plato del Holocausto judío, cocinado con macabra eficiencia por los comandos de
ejecución nazis en sólo dos días a las afueras de Kiev, la capital de la actual
Ucrania. Este lugar será siempre un hoyo silencioso, donde entre hierbas
salvajes el genocidio se alió con la orografía: todavía se abre el mismo vacío
que entonces al borde de este barranco, el justo para que el cuerpo recién
ametrallado ruede cuesta abajo con el resto de infelices. El 22 de junio de
1941 las tropas de la Alemania nazi y sus aliados invadieron la Unión Soviética
en la denominada Operación Barbarroja: hay fotos de judíos ucranianos cavando
sus propias tumbas en Storow, Ucrania, ya en el mes de julio. El horror a
partir de entonces no dejó de ir en aumento.
Eran obligadas a cavar su propia tumba.
Debían ir acostándose desnudos sobre los cadáveres fusilados anteriormente pero
en sentido contrario
Babi Yar significa «barranco de la
abuela» y cerca de él estaban situados un psiquiátrico y una cárcel.
Imposible hallar un lugar mejor no lejos del centro de Kiev: sin testigos, sin
interrupciones. El aperitivo llegó el 27 de septiembre, cuando fueron
asesinados 752 pacientes de la clínica psiquiátrica: «Basura humana»,
fue la etiqueta que se les puso. El general Kurt Eberhard y el comandante de la
policía del ejército del Grupo Sur, Friedrich Jeckeln, tomaron la decisión de
borrar del mapa a los judíos de los alrededores.
La Shoah de las balas
En 1939 había 175.000 judíos en Kiev,
representaban el 20% de la población, aunque cuando llegaron los alemanes ya
habían huido muchos, dejando la cifra en algo más de 50.000. El autor ruso
Vasily Grossman escribió que hubo dos Shoah: la perpetrada mediante las balas y
la segunda mediante el gas. Babi Yar fue la puesta de largo del genocidio a
través del plomo. Ahí fueron claves los 3.000 hombres Einsatzgruppen, los
conjuntos de escuadrones de ejecución itinerantes especiales formados por
miembros de las SS, y otros integrantes de la policía secreta de la Alemania
nazi. Había cuatro en total, el Einsatzgruppe C fue asignado a Ucrania con el
Grupo de Ejércitos Sur. Contaba con los Sonderkommandos 4a y 4b, que se
encargaban de concentrar a la población que había que ejecutar, y los
Einsatzkommandos 5 y 6, que fusilaban a destajo. Las otras formaciones, las de
primera línea, no solían tomar parte en las masacres.
La situación entre los soldados del
Ejército rojo a cargo de la defensa de la ciudad era muchas veces de desamparo,
conduciendo a autolesiones
Con la guerra en marcha, el objetivo era la
limpieza étnica para asegurar la «seguridad política» de los
territorios conquistados. Los criterios se fueron ampliando desde la invasión
de Polonia, y cuando los ejércitos alemanes cruzaron la frontera el 22 de junio
de 1941 comenzó el exterminio de varones judíos. El 16 de julio de 1941 Hitler
reunió a sus colaboradores para explicarles que Ucrania sería una joya del
imperio nazi, administrada por las SS y otros cuerpos de seguridad.
A finales de agosto de 1941 estaba ya
bastante claro que Kiev acabaría en manos de los alemanes. Tras muchas dudas
por parte de Stalin, Mijail Kirponov, general a cargo de la zona, recibió la
orden de retirarse de Kiev el 17 de septiembre. El 19 los nazis habían llegado
a las afueras de la ciudad y algunos barrios cercanos al centro, y el día 21
los ciudadanos escucharon por radio una voz de la Sovinformbureau, la oficina
de información, diciendo que las tropas soviéticas dejaban la ciudad. Llevaban
semanas diciéndoles que eso jamás ocurriría.
En la capital muchos tenían familiares en
el Ejército rojo. Pero también muchas familias habían sido diezmadas por las
hambrunas y la colectivización forzada de los años 30, que habían causado más
de tres millones de muertos. La situación entre los soldados del Ejército rojo
a cargo de la defensa de la ciudad era muchas veces de desamparo, conduciendo a
autolesiones que, años después, llaman la atención entre tanta estadística: de
casi 500 heridos en varios hospitales de Kiev, nada menos que 460 presentaban
un balazo en el brazo izquierdo.
De la concentración a la eliminación
Había un antibolchevismo notable y muchos
ciudadanos de la capital dieron la bienvenida a los alemanes. Pensaron que les
librarían de la opresión del estalinismo. Otros se alegraron de que por fin
alguien pusiese ‘en su sitio’ a sus vecinos judíos, a los que la propaganda
soviética había acusado mediante rumores de ser los causantes de las hambrunas
que había provocado la colectivización agraria. También jugaba a favor de los
nazis el recuerdo de lo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, cuando los
alemanes ocuparon la ciudad y emitieron una orden para intentar evitar el
ataque a cualquier minoría, incluida la judía: «Alemania era una ‘nación
europea’, y por eso pensaban que una ocupación de los nazis no podía ser peor
que la de los bolcheviques», explica Victoria Khiterer, especialista en
historia de los judíos.
El relieve del barranco de Babi Yar
aportaba una solución perfecta. Les conducirían hasta el punto exacto donde los
iban a matar y les ordenaban quitarse la ropa
La inquietud había subido sin cesar desde
el anuncio de la incursión nazi. Pero las víctimas difícilmente podían imaginar
el calibre de lo que se avecinaba. «Babi Yar es la mayor masacre en un
periodo de tiempo tan corto», explica el historiador Per Anders Rudling.
Los especialistas se han preguntado por qué con el avance sobre Ucrania cambió
la política de los nazis respecto a los judíos: se pasó de concentrarlos a
asesinarlos a marchas forzadas. Una de las razones que se apuntan es que al
alcanzar la guerra una escala global los planes de enviar los judíos lejos de
Alemania (Madagascar era una de las opciones) se tornaron muy complicados.
Ucrania, Bielorrusia y otros territorios
soviéticos fueron así el ‘laboratorio’ del Holocausto. Se decidió matar a
todos: hombres, mujeres y viejos. Y niños también, porque de lo contrario
después de haber contemplado aquello podrían volver para vengarse cuando fuesen
mayores. En Kaunas (Lituania) se había aniquilado a 3.800 judíos. Después, en
Ucrania occidental, les llegaría el turno a 24.000. Las víctimas eran obligadas
a cavar su propia tumba. Si era una fosa común, debían ir acostándose desnudos
sobre los cadáveres fusilados anteriormente pero en sentido contrario: la
cabeza coincidiendo con los pies de los de abajo. Los nazis lo llamaban
«formación lata de sardinas».
Muchos de los soldados nazis estaban medio
borrachos para poder cumplir así su lúgubre tarea: matar a sangre fría a
civiles indefensos
Pero en el caso de Kiev el barranco de Babi
Yar el relieve aportaba una solución perfecta. Los guardias les conducirían hasta
el punto exacto donde los iban a matar y les ordenarían que se quitasen la
ropa. Mucha sería confiscada, aunque también los desnudarían para comprobar que
no llevaban consigo dinero o algún objeto valioso.
La orden del exterminio La impresión
generalizada, y errónea, era que se estaba preparando una deportación masiva.
Así que a la mañana siguiente, decenas de miles de judíos se presentaron en el
lugar indicado. Algunos llegaron con mucha anticipación para asegurarse de que
no les quitaban el sitio.
El bando del 28 de septiembre
«Todos los judíos residentes en Kiev y
sus alrededores deben presentarse mañana lunes a las ocho de la mañana en la
esquina de las calles Melnikovsky y Dokhturov. Deben portar sus documentos,
dinero, objetos de valor y también ropa de abrigo. Cualquier judío que no
cumpla estas instrucciones y que sea encontrado en algún otro lugar será
fusilado. Cualquier civil que entre en las propiedades evacuadas por los judíos
y robe sus pertenencias será fusilado».
Las dos calles confluyen cerca de un
cementerio: allí los niños lloraban y los adultos los intentaban tranquilizar.
La gran masa de gente se movía muy despacio, algunos se impacientaban. A la
altura de la verja del cementerio judío, unos pocos metros después, había que
dejar el equipaje: como si fuese a ir en un vagón especial. Pero desde esa
distancia ya se oían las ametralladoras, lo que levantaba las primeras
sospechas. Pero en la cara interior de la verja se había colocado un puesto de
control donde se pedía la identificación a todo el que intentase volver afuera.
Si era judío, debía regresar con el resto.
Eran colocados en el borde y se les
disparaba sin contemplaciones. Sus cuerpos rodaban hacia el fondo del barranco
Cada persona que llegaba a la primera línea
era colocada con otros formando grupos de diez. Había que pasar por un pasillo
formado por soldados alemanes que llevaban garrotes en las manos. Muchos
estaban medio borrachos para poder cumplir así su lúgubre tarea: matar a sangre
fría a civiles indefensos. Desnudados al borde del barranco «Schnell,
schnell!», [¡rápido, rápido!] gritaban, conduciendo a la gente hasta una
zona de hierba. Allí se pedía al cada uno de los miembros de grupo que se
desnudase y si alguien se mostraba reticente era apaleado de nuevo. Los guardias
estaban borrachos de furia, poseídos por el sadismo. Ante ellos sólo quedaba el
destino final, el barranco de Babi Yar. Los judíos eran colocados en el borde y
se les disparaba sin contemplaciones. Sus cuerpos rodaban hacia el fondo del
barranco. Anatoly Kuznetsov, en su libro ‘Un documento en forma de novela’,
recuerda el testimonio de una mujer judía que logró escapar y pudo describir
después la escena: «Miró hacia abajo y sintió un mareo, tenía la sensación
de estar muy alto. Bajo ella había un mar de cuerpos cubiertos de sangre».
Hay un informe de situación, el 101, del
Einsatzgruppe destacado en Kiev. Entre el 29 y el 30 de septiembre 33.771
judíos fueron ejecutados. Pero las matanzas fueron mayores, hasta 50.000 judíos
por lo menos durante esos días. Y seguirían en los meses siguientes con otras
minorías. A mediados de 1943 los alemanes estaban en retirada. Los soviéticos
avanzaban por el oeste, y los nazis pensaron en esconder su culpa. Se escogió a
100 prisioneros del campo de concentración de Syretsk, situado cerca de Babi
Yar. Caminando rumbo al barranco, estaban seguros de que los iban a matar. En
lugar de eso, les sirvieron la cena.
Rebuscar entre los muertos de la fosa
Les esperaba la labor más desagradable.
Primero excavar en la fosa común, en la que se habían alternado varias capas de
basura y las de muertos. Después, sacar los cadáveres (la mayoría de los cuales
llevaba dos años enterrados), que en algunos casos estaban enredados y eran
difíciles de separar: los nazis diseñaron un arpón especial que los enganchaba
tirando de la barbilla, pero algunas veces salían tres unidos que había que
cortar con hachas. Las capas de gente enterrada abajo del todo tuvieron que ser
dinamitadas. Después había que buscar si llevaban algo de oro o si todavía
llevaban alguna prenda puesta, pues la norma de desnudar a los que se iba a
fusilar se había relajado en los últimos grupos. Después los quemaron, hasta
2.000 cada vez, con los cuerpos colocados en capas. Los pies de los de arriba
coincidiendo con las cabezas de los de abajo. Cada dos capas de cuerpos, una de
leña. De todo el proceso todavía quedaron huesos de gran tamaño que fueron
machacados con losas del cementerio judío cercano. Había que destruir cualquier
evidencia, pero las llamas se veían desde el centro de Kiev. Una generación
entera las recordaría para siempre.
Las capas de gente enterrada abajo del todo
tuvieron que ser dinamitadas. Después había que buscar si llevaban algo de oro
Tras seis semanas trabajando, los
prisioneros encargados de esta tarea decidieron fugarse. Conservaron algunos
objetos que encontraron entre las ropas de los muertos que podían servir para
abrir los cierres de los grilletes y para atacar a los guardias. Prepararon la
fuga durante un tiempo, hasta que una noche un guardia les dijo que al día
siguiente iban a ser ejecutados. En la oscuridad de la noche, corrieron en masa
sin que el guardia que estaba a cargo de la ametralladora se atreviese a
disparar, puesto que sus propios compañeros estaban entre medias. Según ha
detallado Jennifer Rosenberg, historiadora especializada en el siglo XX, sólo
15 lograron escapar.
La matanza de prisioneros de guerra,
gitanos, enfermos
Babi Yar fue un sumidero que se fue
tragando todo lo que los nazis detestaban. Tras la masacre los nazis siguieron
matando en ese barranco hasta casi el día en el que se marcharon: prisioneros
de guerra soviéticos, gitanos, enfermos mentales y también integrantes de la
‘resistencia’ ucraniana.
Se calcula que pudieron haber muerto allí
entre 70.000 y 120.000 personas, aunque algunos elevan la cifra hasta 200.000.
El autor Ilya Ehrenburg describió el dramatismo de aquellos días en su novela
‘La tormenta’ en 1947: una niña suplicando sin éxito que la dejasen vivir, un
abuelo ametrallado por no entender bien las explicaciones, familias
despidiéndose de rodillas en el suelo, heridos enterrados vivos… En 1959
Viktor Nekrasov se lamentaba en las páginas de ‘Literaturnaya Gazeta’ de que no
se hiciese nada por recordar lo ocurrido en Babi Yar. Las autoridades barajaban
por aquellas fechas transformar el barranco en un estadio de deportes.
«Quisieron edificar, pero Dios protege esto», explica Vera, una
anciana de 70 años que cuida de una iglesia ortodoxa situada en la zona. Al
fondo del camino hay una sinagoga que ha sido víctima de actos vandálicos
varias veces: «Han dibujado esvásticas y cosas peores», dice meneando
la cabeza. Moscú siempre esquivó la dimensión antisemita de la matanza. Pero un
poema, titulado precisamente ‘Babi Yar’ y escrito por Yevgeny Yevtushenko,
denunció en 1961 que las autoridades estaban mirando para otro lado mientras la
generación que lo había vivido se hacía vieja rumiando en silencio.
Hasta el día de la liberación de Kiev por
el Ejército rojo, el 6 de noviembre de 1943, unos 200.000 murieron en Babi Yar
y sus alrededores
Babi Yar
por Yevgeny Yevtushenko
«…Y en torno a Babi Yar suena la
hierba que ha crecido salvaje desde entonces. Los árboles nos juzgan. Todo
grita pero el grito está hecho de silencio. Al descubrirme observo mi cabello.
También ha encanecido. También grito por los miles de muertos inocentes
masacrados aquí. En cada anciano y en cada niño al que mataron muero…»
A continuación llegó Dimitri Shostakovich
con su 13ª sinfonía, una vibrante pieza musical que, usando esa misma poesía,
estaba consagrada a inmortalizar esa tragedia. Se escuchó por primera vez en
Moscú en 1962. Tanto Yevtushenko como Shostakovich fueron reprendidos por las
autoridades soviéticas por su «cosmopolitismo». El gobierno de la
URSS erigió por fin un monumento en 1976 para recordar a «los ciudadanos
soviéticos» que perdieron sus vidas. Hubo que esperar a 1991, con la URSS
ya finiquitada, para que se recordase allí, 50 años después de la tragedia, la
masacre de judíos.
La ayuda ucraniana
Todavía hoy existe controversia.
«Recientemente el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, ha rendido homenaje
a los judíos y los nacionalistas ucranianos, pero mientras que los primeros
murieron por miles los otros murieron por decenas, tal vez centenas, y además
jugaron un importante papel ayudando a perpetrar aquellos crímenes»,
critica Per Anders Rudling, que ha dedicado parte de su vida a estudiar el
nacionalismo ucraniano. Natalia Antonova, que perdió a familias de sus abuelos,
opina en un café de Kiev: «Hay una ola de revisionismo imparable»:
Jessica Milstein es nieta de supervivientes del holocausto. Anna Tsesarsky su
abuela, logró sobrevivir a las atrocidades de aquel septiembre negro y todavía
hoy le resulta muy amargo remover aquellos recuerdos. Su hermano, su padre y su
tío se presentaron en el lugar señalado por los nazis, las noticias sobre las brutales
matanzas de judíos todavía no habían llegado a Kiev. En Kiev, recuerda, los
asesinatos se llevaron a cabo «con la ayuda de ucranianos». En
algunos casos era nacionalistas que creían así poder echar a los soviéticos,
aunque Hitler rechazaba de plano una Ucrania independiente. En otros casos era
solamente por la promesa de los guardias alemanes de que podrían robar las
pertenencias de los fusilados. Y mientras tanto la policía ucraniana ayudaba a
vigilar a los judíos que iban de camino a este matadero. Babi Yar fue un lugar
de ejecución durante meses. Hasta el día de la liberación de Kiev por el
Ejército rojo, el 6 de noviembre de 1943, unos 200.000 murieron en Babi Yar y
sus alrededores. No quedaron más que unos pocos centenares de judíos en la
ciudad. Y muchos se marcharon lejos. Anna Tsesarsky acabó en Estados Unidos. En
Denver, cada año se conmemora la matanza junto a un monumento. Jessica
Milstein, su nieta, ha heredado una misión en nombre de todos esos cuerpos
inertes enredados desnudos bajo la arena: la memoria. «Como
adolescente», explica mientras cuida a la matriarca, «pasé noches
enteras hablando de Babi Yar con mi abuela, cómo y por qué sucedió, por qué no
hay que olvidar ni dejar que suceda, y creo que la necesidad de contarlo es hoy
más fuerte que nunca». En el fondo de este barranco la tierra todavía
parece removida, agitada por todo lo que esconde.