La corchea y la esvástica
Cada vez que escucho a Wagner me dan ganas de invadir Polonia», le dice Woody Allen a Diane Keaton a la salida de la ópera de Nueva York, en uno de los mejores chistes de la película Misterioso asesinato en Manhattan. Richard Wagner fue un furibundo antisemita y el régimen nazi tomó sus composiciones como estandartes musicales, tanto en la victoria como en la derrota. Adolf Hitler hizo que se representaran sus obras en la París ocupada y también en el teatro de Berlín, en la época de los bombardeos aliados, cuando «en invierno un viento helado se colaba por las ventanas de vidrios rotos», según recordó en sus memorias Albert Speer, arquitecto y ministro de confianza del Führer.